La noche en la cual Jesús nació, un grupo de pastores de ovejas presenciaron una multitud de ángeles que alababan a Dios con las siguientes palabras: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes El se complace” (Lucas 2:14). El nacimiento de Jesús significó «gloria a Dios» y «paz entre los hombres en quienes Él se complace». Ningún otro evento hizo realidad ambas cosas al mismo tiempo.
La venida del Hijo de Dios (JesĂşs) al mundo dio gloria a Dios o demostrĂł las virtudes de Dios como nunca antes. Atributos como la sabidurĂa, la justicia y la bondad de Dios se demostraron al JesĂşs vivir la vida en perfecta obediencia a la ley de Dios –que nosotros no vivimos–, al sufrir la muerte como castigo por el pecado –para que nosotros no tengamos que sufrirla– y al resucitar como evidencia de que el pago efectuado fue recibido.
La venida del Hijo de Dios (JesĂşs) al mundo tambiĂ©n dio paz a los hombres en quienes Dios se complace, a los Suyos, a los que se arrepienten y creen. Debido al pecado de los hombres, existe una separaciĂłn entre los hombres y Dios. Pero JesĂşs vino a hacer que el hombre estĂ© bien con Dios, a crear una relaciĂłn armoniosa (sin conflicto) entre Dios y el hombre. Y eso Él lo hizo al tomar el castigo que nosotros merecĂamos y darnos la paz que Él obtuvo.
La gloria es de Dios porque Él es el autor de esta gran salvación y el beneficio es del hombre porque él es el receptor de esta gran salvación:
“Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes El se complace”.