Spurgeon sobre “Aquellos que critican la elección”.

Hay quienes dicen: «Dios es cruel cuando elige a uno y pasa por alto a otro.» Entonces, yo les preguntaría: ¿Hay alguien el día de hoy que desea ser santo, que desea ser regenerado, que desea abandonar el pecado y caminar en santidad? «Sí, hay,» dice alguien, «Yo quiero.» Entonces Dios te ha elegido a ti. Sin embargo otro dice: «No; yo no quiero ser santo; no quiero dejar mis pasiones ni mis vicios.» ¿Por qué te quejas, entonces, de que Dios no te haya elegido a ti? Pues si hubieras sido elegido, no te gustaría, según lo estás confesando. Si Dios te hubiera elegido hoy a la santidad, tú dices que no te importa. ¿Acaso no estás reconociendo que prefieres la borrachera a la sobriedad, la deshonestidad a la honestidad?

Amas los placeres de este mundo más que la religión; ¿entonces, por qué te quejas que Dios no te haya elegido para la religión? Si amas la religión, Él te ha elegido para la religión. Si la deseas, Él te ha elegido para ella. Si no la deseas, ¿qué derecho tienes de decir que Dios debió haberte dado aquello que no deseas? Suponiendo que tuviera en mi mano algo que tú no valoras, y que yo dijera que se lo voy a dar a tal o cual persona, tú no tendrías ningún derecho de quejarte de que no te lo estoy dando a ti. No podrías ser tan necio de quejarte porque alguien más ha obtenido aquello que a ti no te importa para nada. Continuar leyendo Spurgeon sobre “Aquellos que critican la elección”.

Una excursión apasionante.

Misael Susaña nos invita a acompañarle en una excursión apasionante. “Excursión” porque haremos un recorrido por Isaías 53:4-6. “Apasionante” porque tiene como fin hacer memoria de Jesucristo, estudiar brevemente los sufrimientos que Él experimentó.

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Spurgeon sobre “El día del juicio”.

La campana del tiempo ha tañido el último día. Ahora viene el funeral de las almas condenadas. Tu cuerpo se acaba de levantar de la tumba, y te desatas la mortaja encerada, y miras hacia arriba. ¿Qué es lo que veo? ¡Oh!, ¿qué es lo que oigo? Oigo una explosión tremenda y terrible, que sacude los pilares del cielo, y hace que el firmamento se tambalee de espanto; la trompeta, la trompeta, la trompeta del arcángel sacude los últimos límites de la creación. Miras y quedas pasmado. Súbitamente se escucha una voz, y unos dan alaridos, y otros cantan himnos, Él viene, Él viene, Él viene; todo ojo le verá. Allí está; el trono descansa sobre una nube, blanca como el alabastro. Allí está sentado. «Es Él, el Hombre que murió en el Calvario (veo Sus manos traspasadas), pero, ¡ah, cuán cambiado está! No tiene una corona de espinas. Estuvo ante el tribunal de Pilato, pero ahora la tierra entera debe estar ante Su tribunal. Pero ¡escuchen! La trompeta suena otra vez: el Juez abre el libro, hay un silencio en el cielo, un solemne silencio: el universo está quieto. «Junta a mis escogidos y a mis redimidos de los cuatro vientos del cielo.» Rápidamente son juntados. Y como el brillo de un relámpago, el ala de ángel divide a la multitud. Aquí están los justos todos congregados; y, pecador, allá estás tú, a la izquierda, dejado fuera, entregado a soportar la sentencia ardiente de la ira eterna. ¡Escucha! Las arpas del cielo tocan dulces melodías; pero a ti no te traen ningún gozo, mientras los ángeles están repitiendo la bienvenida del Salvador a Sus santos. «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.» Ustedes han tenido ese momento de respiro, y ahora Su rostro está acumulando nubes de ira, y el trueno está en Su frente; te mira a ti que le has despreciado, a ti que te burlaste de Su gracia, que despreciaste Su misericordia, a ti que quebrantaste Su día de descanso, a ti que te mofaste de Su cruz, a ti que no aceptaste que reinara sobre ti; y con una voz más fuerte que diez mil truenos, Él clama: «Apartaos de mí, malditos.» Y luego… no, no continuaré. No hablaré de las llamas inextinguibles. No voy a hablar de los padecimientos del cuerpo, ni de las torturas del espíritu. Pero el infierno es terrible; la condenación es aflictiva. ¡Oh, escapa! ¡Escapa! ¡Escapa, para que, allí donde estás, no tengas que aprender tal vez qué significan los horrores de la eternidad, en el golfo de la eterna perdición!

Este artículo es un extracto tomado de: Charles Spurgeon. Un llamado a los inconversos. Traducción de Allan Román.

Dios nos preserva en momentos difíciles.

Nosotros perseveramos en la gracia salvífica, Dios nos preserva en esta gracia. Nosotros somos responsables de perseverar (Mt. 24:13). Pero no es menos cierto que Dios es quien nos preserva últimamente. Y quiero resaltar está última verdad en este artículo.

En Juan 18:8b (en el contexto de la traición y arresto de Jesús) Jesús le dijo a los que fueron a arrestarlo: “por tanto, si me buscáis a mí, dejad ir a éstos”. ¿Con qué propósito Jesús mandó que dejaran ir a Sus discípulos? El versículo 9 nos provee la respuesta: “para que se cumpliera la palabra que había dicho: De los que me diste, no perdí ninguno”. Es decir que si [Jesús no hubiera intervenido y] los discípulos hubieran sido arrestados en ese momento, algunos o muchos o todos se hubieran perdido1.

Lo interesante de este pasaje bíblico es que antes que desmentir la perseverancia de los santos, más bien la confirma: el enemigo se levantó con la intención de que los discípulos se perdieran, pero Jesús frustró sus planes (es decir, impidió que Sus discípulos se pierdan). J. C. Ryle dijo acerca del Señor: “Aplacará los vientos y tempestades con sus manos y no permitirá que los creyentes sean destruidos por completo, por muchos golpes y adversidades que sufran. Vigila atentamente a todos sus hijos e, igual que un sabio doctor, administra la cantidad exacta de pruebas que son capaces de sufrir… Nuestro Señor nos observa hasta en los momentos más difíciles y nuestra seguridad final está garantizada”.

Aquí vemos a Jesús intercediendo a favor de Sus débiles discípulos, como tú y yo, para que no sean tentados más allá de lo que podían soportar en ese momento. Y esa es una de las maneras en las cuales Dios preserva a los Suyos (véase también Mateo 24:22). ¿Por qué podemos afirmar que los cristianos verdaderos nunca se apartarán? No porque ellos sean fuertes por sí mismos, no porque nunca habrá circunstancias que atenten contra ellos; sino porque Dios no permitirá que se aparten, Dios los preservará.

Cuando vemos nuestra debilidad, esta verdad (Dios nos preserva) nos consuela y estimula: nos consuela porque nos asegura que, tal como dice un himno, «Su gracia siempre me libró / y me guiará feliz»; y nos estimula a perseverar ya que, aunque somos débiles, el Dios todopoderoso está por nosotros.


1 J. C. Ryle comentó acerca de este pasaje lo siguiente: “La protección de nuestro Señor a sus discípulos no solo incluía el fin, sino también los medios. Uno de los medios para protegerlos del naufragio absoluto de su fe era protegerlos de una tentación superior a sus fuerzas… Así pues, les proporciona una vía de escape y frustra los planes de sus enemigos para que los “dejaran ir”. De esta manera cumplió lo que había dicho en oración. No dejó que ninguno de ellos se perdiera”.