Ese amor real, grande y que tanto necesitamos se encuentra en la Cruz de Jesucristo. Y es cuando hemos experimentado ese amor, que entonces lo daremos a quienes están a nuestro alrededor.
Categoría: Estudios & Sermones
Ryle sobre “Diferencia entre justificación y santificación”.
¿EN QUÉ SENTIDO, PUES, SON IGUALES LA JUSTIFICACIÓN Y SANTIFICACIÓN?
(a) Ambas proceden originalmente de la gracia de Dios. Es únicamente por su gracia que el creyente es justificado o santificado.
(b) Ambas son parte de la gran obra de salvación que Cristo, en el pacto eterno, ha realizado para bien de su pueblo. Cristo es la fuente de vida, de la cual fluyen, tanto el perdón como la santidad. La raíz de cada una es Cristo.
(c) Ambas están en una misma persona. Aquellos que son justificados, siempre son santificados y aquellos que son santificados, son siempre justificados. Dios ha unido en una sola persona la justificación y la santificación, y no pueden ser separadas.
(d) Ambas comienzan al mismo tiempo. El momento en que una persona comienza a ser una persona justificada, comienza también a ser santificada. Quizá no lo perciba, pero ésta es la realidad.
(e) Ambas son necesarias para la salvación. Nadie ha llegado al cielo sin un corazón renovado, al igual que perdonado; sin la gracia del Espíritu, al igual que la sangre de Cristo; sin idoneidad para la gloria eterna, al igual que un título. Una es tan necesaria como la otra.
Estos son los puntos en que coinciden la justificación y santificación.
CONSIDEREMOS AHORA LO OPUESTO Y VEAMOS EN QUÉ SENTIDO DIFIEREN
(a) La justificación, es Dios declarando justos a aquellos que reciben a Cristo, basándose en que la justicia de Cristo es imputada a la cuenta de aquellos que lo reciben. La santificación es, de hecho, hacer justo al hombre en su interior, aunque sea en un grado muy débil. Continuar leyendo Ryle sobre “Diferencia entre justificación y santificación”.
¿Qué se hace con el pecado?
LO QUE NOSOTROS DEBEMOS HACER
Debemos entristecernos por él: “Porque la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte” (2 Corintios 7:10).
Debemos confesarlo: “Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad” (Juan 1:9).
Debemos pedirle a Dios que lo perdone: “Te manifesté mi pecado, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor; y tú perdonaste la culpa de mi pecado” (Salmos 32:5).
Debemos pedirle a Dios que nos libre de él: “Líbrame de delitos de sangre, oh Dios, Dios de mi salvación; entonces mi lengua cantará con gozo tu justicia” (Salmos 51:14).
Debemos abandonarlo: “El que encubre sus pecados no prosperará, mas el que los confiesa y los abandona hallará misericordia” (Proverbios 28:13).
LO QUE DIOS HACE
Dios los perdona: “El es el que perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus enfermedades” (Salmos 103:3).
Dios no los recuerda: “Yo, yo soy el que borro tus transgresiones por amor a mí mismo, y no recordaré tus pecados” (Isaías 43:25).
Dios nos salva de él: “Y dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). Esto incluye:
- Salvación del dominio del pecado: “sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado con El, para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado” (Romanos 6:6).
- Salvación del poder del pecado: “estando convencido precisamente de esto: que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús” (Filipenses 1:6).
- Salvación de la presencia del pecado: “a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada” (Efesios 5:27).
Cuando Jesús dice “te lo dije”.
En un momento de presunción, el apóstol Pedro le dijo al Señor Jesucristo que él estaba dispuesto a morir por Él. A lo que Jesús le respondió diciendo que éste (Pedro) lo negaría tres veces. Y Lucas relata algo único acerca de lo que sucedió después:
“Entonces el Señor se volvió y miró a Pedro. Y recordó Pedro la palabra del Señor, cómo le había dicho: Antes que el gallo cante hoy, me negarás tres veces” (Lc. 22:61).
El relato único de Lucas es que el Señor «se volvió y miró [detenidamente] a Pedro». Y el contexto nos ayuda a entender que esa mirada no fue una simple mirada. ¿Cuándo el Señor dirigió esta mirada a Pedro? Inmediatamente después de que Pedro lo negara por tercera vez y el gallo cantara. Pero también, antes de que Pedro llorara amargamente.
Todo eso nos dice dos cosas acerca de la mirada del Señor: (1) esta mirada hizo que Pedro recordara lo que el Señor Jesús le había dicho unas horas antes; y (2) ese parece ser el propósito de la mirada del Señor –apuntar al pecado de Pedro–.
Ahora, a lo largo de toda la Biblia nosotros podemos ver que el propósito de Dios al apuntar a nuestro pecado no es de mal (condenación), sino de bien (restauración); no se trata solamente de que nos entristezcamos, se trata de que nos arrepintamos para así ser perdonados.
Así que, esta mirada del Señor no vino de un corazón que se alegraba en que Pedro fallara; tampoco era para frotar el dedo sobre la llaga. Esta mirada del Señor vino de un corazón compasivo que buscaba que Pedro reconociera su pecado, se arrepintiera por éste y experimentara el perdón. Y eso fue lo que sucedió.
Hoy, el Señor continúa mirando a (apuntando al pecado de) los Suyos. Y aunque al principio es algo amargo (ver y sentir nuestra pecaminosidad), no olvidemos esto: que el Señor nos ama tanto que no nos dejará impenitentes en nuestro pecado (Pro. 3:11, 12). Más bien, Él lo apuntará para que nos arrepintamos y experimentemos la dicha del perdón.