Debido a que el Señor es nuestro pastor, como cristianos podemos estar seguros de que nada necesario nos faltará –principalmente ninguna de las cosas que se prometen en Salmos 23.
Categoría: Estudios & Sermones
El reino de Jesucristo está cerca.
Cuando Jesucristo nació, Roma era dueña de Palestina; también, muchos en Israel eran pobres y muchos estaban enfermos. En esa época los judíos pensaban que el Mesías establecería un reino terrenal que derrocaría al imperio romano. Los judíos se equivocaron al pensar que el Mesías reinaría de tal forma en Su primera venida. Pero el Mesías ciertamente reinará de una manera universal y eterna: “Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de su padre David; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lucas 1:32, 33).
En un sentido este reino ya ha venido, pero en otro sentido (escatológico o futuro) todavía no. Jesucristo, en Su primera venida, inauguró este reino: “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio” (Marcos 1:15; véase también Mateo 12:28). Greg Gilbert dice –hablando acerca del sentido en el que el reino ya ha llegado:
“El rey Jesús va a la soledad del desierto para enfrentarse a Satanás (aquel que tantos años antes había tentado a Adán y arrojado el mundo a la corrupción), ¡y lo derrota de forma decisiva! Toca los ojos de una persona que había nacido ciega y la luz entra por primera vez. Se queda viendo hacia la triste oscuridad de una tumba y clama: “¡Lázaro, ven fuera!” y la muerte comienza a sentir como la opresión que ejerce sobre la humanidad se debilita al tiempo que este hombre muerto sale caminando. Y claro que después, sobre todo, el mismo pecado fue derrotado cuando Jesús clamó en la cruz “Consumado es”. Y la cautividad a la muerte terminó completamente cuando aquel ángel dijo (seguramente con una sonrisa en sus labios): “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?, no está aquí, ha resucitado” (Lucas 24:5-6). Paso a paso y golpe a golpe, Jesús estaba deshaciendo de forma completa los efectos de la caída. El rey legítimo del mundo había venido y todo lo que era obstáculo para el establecimiento de ese reino (pecado, muerte, el infierno, Satanás) estaba siendo derrotado de forma decisiva” (¿Qué es el evangelio?, p. 65).
Lloyd-Jones sobre “Tres frutos del nuevo nacimiento”.
“Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él” (1 Juan 5:1).
El primer fruto del nuevo nacimiento es que yo creo que “Jesús es el Cristo”. Y obviamente, creer eso no es algo intelectual o algo que sólo hago con mi mente. Si yo creo, encomiendo toda mi vida a Él. Si yo creo, sé que soy libertado porque Cristo ha hecho eso por mí. Veo que aparte de Él estoy perdido, desecho y condenado. Esto es una profunda acción; es un compromiso; es el descansar de todo lo que soy en ese hecho.
El segundo fruto del nuevo nacimiento es amor a Dios. La manera en la cual Juan lo pone es: “todo aquel que ama al que engendró…”. Los cristianos ven que son pecadores merecedores del infierno y que hubieran llegado allí a no ser por Su gran amor al enviar a Su Hijo. Ellos ven el amor de Dios por ellos, y entonces aman a Dios; ellos ven que le deben todo a Él. Me parece que ésta es una de las cosas más fundamentales acerca de los hombres y mujeres cristianas. Sin importar cuán buena sea la vida que ellos estén viviendo ahora como santos, ellos todavía se sienten como pecadores merecedores del infierno, y que ellos le deben todo a la gracia de Dios; es el amor de Dios solo lo que ha hecho lo que ellos son. Ellos pierden su sentido de terror y un sentido de enemistad con Dios y son llenos de un sentido de profunda gratitud hacia Él.
Y el fruto final es, por su puesto, que nosotros amamos a nuestros hermanos: “todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él”. Miramos a los otros creyentes, y vemos en ellos la misma disposición que tenemos. Vemos que ellos le deben todo a la gracia de Dios, al igual que nosotros. Vemos que a pesar de su pecaminosidad Dios envió a Su Hijo a morir por ellos, tal como lo hizo por nosotros; y estamos conscientes de esta unión. Aunque hay muchas cosas acerca de ellos que no nos gustan, decimos “ese es mi hermano, mi hermana”.
Este artículo es un extracto tomado de: Martyn Lloyd-Jones. Life in God [Vida en Dios], pp. 19-20. Traducción de Misael Susaña.
3 verdades sobre la alabanza.
Bendecir a Dios significa decir cosas buenas acerca de Dios. Pero cuando decimos cosas buenas acerca de Dios no lo hacemos buscando que Dios luzca como alguien que Él no es, sino que reconocemos todo lo que Dios realmente es –el ser en el cual sólo encontramos gloria, hermosura, excelencia y virtud.
Una vez dicho eso, quiero que veamos tres verdades acerca de la alabanza a partir de los primeros versículos de Salmos 103:
1. ES DIRIGIDA A DIOS
“Bendice, alma mía, al Señor” (v. 1a).
Esta es la verdad más obvia y más esencial de la alabanza: la alabanza es dirigida sólo a Dios. Eso quiere decir que la alabanza no va dirigida ni al líder de adoración ni a la congregación. La alabanza es acerca de Dios y para Dios.
2. ES CON TODO NUESTRO SER
“y bendiga todo mi ser su santo nombre” (v. 1b).
En algunas iglesias locales la alabanza a Dios parece ser solamente intelectual (i.e. Teología fría). En otras iglesias locales la alabanza a Dios parece ser solamente emocional (i.e. emocionalismo o emociones sin fundamento). Pero según el salmista (inspirado por Dios) la alabanza a Dios no debe ser con una parte de nuestro ser, sino con todo nuestro ser (intelecto, emociones y voluntad). Alguien dijo que la adoración (dentro de la cual está la alabanza) es la respuesta de todo nuestro ser a todo lo que Dios es.
3. ES IMPULSADA POR UNA MEDITACIÓN EN SUS BENEFICIOS
“y no olvides ninguno de sus beneficios” (v. 2b).
Es lícito alabar a Dios por la salud (v. 3b), la protección física (v. 4a), etc. Pero también la alabanza a Dios es impulsada por una meditación en los beneficios que tenemos en Jesucristo como el perdón de pecados (v. 3a), la promesa segura de que seremos resucitados y que tendremos cuerpos glorificados, entre otros beneficios espirituales y eternos. Y la Palabra de Dios es útil para enseñarnos tales beneficios.
Nuestro Dios es digno de mucho más que una alabanza fría y distante. Nuestro Dios es digno de mucho más que palabras lindas desconectadas del corazón. Nuestro Dios es digno de la más excelente alabanza con todo nuestro ser. Trae a tu mente los beneficios que has recibido de Dios. Deja que tus emociones se calienten a la luz de la Palabra de Dios. Y alaba.