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«Castillo fuerte»: la historia.

MartĂn Lutero naciĂł el 10 de noviembre de 1483 en Eisleben, Alemania. Su madre, Margarette, fue una catĂłlica romana devota y su padre, Hans, era un minero de cobre.
El padre de Lutero deseĂł y preparĂł a Lutero para que fuera un abogado, posiblemente para dar prestigio a su familia. MartĂn Lutero estudiĂł en la Universidad de Erfurt (1502-1505), en donde obtuvo una licenciatura y una maestrĂa en Artes. DespuĂ©s, tal como su padre siempre quiso, se inscribiĂł en la Facultad de Derecho de la universidad. Sin embargo, en 1505 Lutero se encontrĂł atrapado en una tormenta elĂ©ctrica. Un rayo cayĂł cerca de Ă©l, quien cayĂł al suelo y, entonces, clamĂł: “¡AyĂşdame, Santa Ana! ¡Me convertirĂ© en monje!”. Y asĂ lo hizo, el 17 de julio de 1505, entrĂł en el monasterio agustino de Erfurt.
Lutero se convirtiĂł en monje, despuĂ©s en sacerdote y despuĂ©s en profesor de teologĂa. Durante muchos años de su vida, Lutero intentĂł ganar la aceptaciĂłn de Dios por medio de sus obras (ayunos, vigilias, oraciones, etc.). Pero al mismo tiempo, Ă©l sentĂa que no podĂa hacer lo suficiente para ganar la aceptaciĂłn de Dios. Continuar leyendo «Castillo fuerte»: la historia.
¿Por qué aprender de los hombres si ya tengo la Biblia?
La Biblia constituye «la única regla suficiente, segura e infalible de todo conocimiento, fe y obediencia salvadores». ¿Por qué, entonces, aprender de los hombres –sea directa o indirectamente–? ¿Por qué sentarnos a escuchar un sermón cada domingo? ¿Por qué asistir a conferencias en donde se enseña la Biblia? ¿Por qué tener confesiones de fe? ¿Por qué leer otros libros de autores cristianos?
Leemos en 1 Corintios 12:28 lo siguiente: “Y en la iglesia, Dios ha designado: primeramente, apĂłstoles; en segundo lugar, profetas; en tercer lugar, maestros; luego, milagros; despuĂ©s, dones de sanidad, ayudas, administraciones, diversas clases de lenguas”. SegĂşn este versĂculo, los maestros en la iglesia no han sido puestos por ellos mismos, sino por Dios. Los maestros son instrumentos de Dios para la edificaciĂłn de la iglesia.
Algo similar se dice en Efesios 4:11 y 12: “Y El dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”. Nótese otra vez, la idea de tener pastores y maestros para la edificación de la iglesia no fue una idea de los hombres, sino de Dios.
ÂżCĂłmo los maestros edifican a la iglesia? Al ser usados por Dios para instruir, explicar, aclarar la Palabra de Dios ya revelada. Eso implica que en ocasiones, despuĂ©s de ser instruidos por un maestro, obtendremos conocimientos que antes no tenĂamos o confirmaremos lo que ya sabĂamos; en otras ocasiones cambiaremos de parecer con respecto a un determinado tema.
La presencia de maestros en la iglesia no atenta contra la suficiencia de la Biblia. Ningún maestro está al mismo nivel que la Biblia y mucho menos por encima de ésta. Por lo tanto, todo lo que salga de su boca debe estar basado y saturado por la Biblia; y los que escuchan deben examinar la Biblia para confirmar que se está diciendo la verdad. No hemos de abrazar una enseñanza porque quien la dijo fue un maestro popular. Ni hemos de rechazar una enseñanza porque quien la dijo fue un maestro de otra denominación (religiosa). Más bien, abrazaremos o rechazaremos una enseñanza porque hemos sido convencidos por la Biblia, la Palabra de Dios.
Bridges sobre “La providencia de Dios”.
La providencia de Dios es su constante cuidado y gobierno absoluto sobre toda su creación para su gloria y el bien de su pueblo. Observe de nuevo, los términos ilimitados: Preocupación constante, gobierno absoluto, toda creación. Nada escapa a su cuidado y control, incluso el virus más pequeño.
Pero observe tambiĂ©n el doble objetivo de la providencia de Dios: Su gloria y el bien de su pueblo. Estos dos propĂłsitos nunca se oponen, pues siempre guardan relaciĂłn. Dios nunca busca su gloria a expensas del bien de su pueblo, ni busca nuestro bien a expensas de su gloria. Él ha diseñado su propĂłsito eterno para que su gloria y nuestro bien estĂ©n estrechamente unidos. ¡QuĂ© consuelo y tranquilidad debe ser para nosotros! Si vamos a aprender a confiar en Dios en la adversidad, tambiĂ©n debemos creer que asĂ como Dios no permitirĂa que nada arruinara su gloria, tampoco permitirá que nada dañe el bien que está ejerciendo en y por nosotros.
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La autora Margaret Clarkson, quien ha sufrido toda la vida dijo: “Que Dios en realidad es tan bueno como poderoso, es uno de los principios básicos de la creencia cristiana”. Admitimos que con frecuencia somos incapaces de reconciliar la soberanĂa y bondad de Dios frente a una gran tragedia o adversidad personal; pero tambiĂ©n creemos que, aunque a menudo no entendemos los caminos de Dios, Él está obrando soberanamente en todas nuestras circunstancias.
No es fácil creer en la doctrina de la providencia de Dios, especialmente en estos dĂas cuando parece que Ă©sta ha caĂdo en tiempos difĂciles. Como el profesor G. C. Berkouwer dijo en su libro La Providencia de Dios: “La realidad asalta esta confortante y optimista confesiĂłn. ÂżPodrĂan los terrores catastrĂłficos de nuestro siglo, con los sufrimientos desproporcionados que afligen a los individuos, a las familias y a los pueblos, ser un reflejo de la guĂa de Dios? ÂżLa honestidad pura no nos obliga a dejar de buscar escape en un mundo armonioso y super-sensible? ÂżNo nos pide la honestidad limitarnos Ăşnicamente a lo que está ante nuestros ojos y, enfrentar sin ilusiones el orden del dĂa?”.
Todos, creyentes y no creyentes, experimentamos ansiedad, frustraciĂłn, dolor y decepciĂłn. Algunos sufren intenso dolor fĂsico y lo que llamamos “tragedias”. Pero lo que deberĂa distinguir el sufrimiento de los creyentes del sufrimiento de los que no lo son, es la confianza en que nuestra adversidad está bajo el control de un Dios todopoderoso y amoroso. Nuestro sufrimiento tiene significado y propĂłsito en su plan eterno, y El trae a nuestras vidas sĂłlo lo que es para su gloria y nuestro bien.
Este artĂculo es un extracto tomado de: Jerry Bridges. Confiando en Dios aunque la vida duela (Colombia: Centros de Literatura Cristiana, 1998), pp. 27-35.