Como Dios tuvo una manera, un propósito y seguridad en la destrucción de las naciones para Israel; asà también Dios tiene una manera, un propósito y seguridad en la destrucción del pecado remanente en la vida del cristiano.
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Oh ven, bendito Emanuel.
Los pequeños cambios positivos.
La semana pasada asistà a la conferencia Sé hombre, una conferencia dirigida a hombres cristianos. En esta conferencia se nos señaló nuestro pecado, pero también a Jesucristo como nuestro Salvador; se nos señaló la dirección a la que debemos ir, pero también a Jesucristo como nuestro supremo modelo.
Ahora, debemos cuidarnos de que en nuestro entusiasmo post-conferencia nos enfoquemos tanto en el gran cambio positivo que olvidemos y descuidemos los pequeños cambios positivos que conforman ese gran cambio positivo. Kevin DeYoung dice:
“La santidad es la suma de un millĂłn de pequeñas cosas: el evitar los pequeños males y manĂas, el poner a un lado pequeñas mundanalidades y pequeños actos de compromiso, el mortificar pequeñas inconsistencias y pequeñas indiscreciones, el prestar atenciĂłn a pequeños deberes y pequeñas resoluciones, el trabajar duro en pequeñas auto-negaciones y pequeños auto-refrenos, el cultivar pequeñas benevolencias y pequeñas paciencias” (The hole in our holiness, p. 145).
Como vemos en Deuteronomio 7:17-26, Dios habĂa determinado echar a las naciones de delante de Israel poco a poco, pero con un propĂłsito y con seguridad; asĂ tambiĂ©n Dios ha determinado echar el pecado remanente del cristiano poco a poco, pero con un propĂłsito y con seguridad. Dicho de otra manera, la santificaciĂłn (la erradicaciĂłn de la presencia del pecado y la conformaciĂłn a la imagen de Jesucristo más y más) es un proceso, la glorificaciĂłn (la perfecta conformaciĂłn a la imagen de Jesucristo) es segura.
Sin embargo, muchas veces nuestras resoluciones dan a entender que hemos olvidado eso. No me malinterpreten, esto no es una llamamiento a conformarnos donde estamos ni tampoco estoy diciendo que no es saludable tener el deseo de no volver a pecar nunca más. Mi llamamiento es, en primer lugar, a saber que el gran cambio positivo está conformado por pequeños cambios positivos. Entonces, en dependencia de Dios, hacer esos pequeños cambios positivos. ¿Cuáles son esos pequeños cambios positivos que llevarán al gran cambio? ¿Cuáles son esas provisiones que debes destruir para no alimentar las lujurias de la carne? ¿Cuáles son esas virtudes del carácter de Jesucristo que debes perseguir?
De última hora: ¡Moisés ha muerto!
El libro de JosuĂ© comienza con noticias abrumadoras (muy preocupantes): “despuĂ©s de la muerte de MoisĂ©s” (JosuĂ© 1:1). ÂżPor quĂ© digo noticias abrumadoras? Porque Dios utilizĂł a MoisĂ©s para liberar al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto y llevarlos a la tierra prometida, «una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel» (Éx. 3:7, 8). MoisĂ©s era el lĂder del pueblo, era un profeta Ăşnico a quien el Señor conocĂa cara a cara; a travĂ©s de Ă©l, Dios hizo señales y prodigios ante los egipcios, y hechos grandiosos y terribles ante los ojos de todo Israel (Dt. 34:10-12). Pero antes de que el muy numeroso pueblo de Israel poseyera la tierra prometida, MoisĂ©s muere.

Entonces, Dios dijo lo siguiente a JosuĂ©: “Mi siervo MoisĂ©s ha muerto; ahora pues, levántate, cruza este Jordán, tĂş y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel… tĂş darás a este pueblo posesiĂłn de la tierra que jurĂ© a sus padres que les darĂa” (vv. 2, 6). Dios estaba consciente de que MoisĂ©s habĂa muerto, sin embargo, Él no le preguntĂł a JosuĂ© quĂ© harĂan ahora que MoisĂ©s no estaba, Él no le dijo al pueblo que “regresaran a sus casas” porque ya no valĂa la pena seguir adelante. Dios no entrĂł en pánico ante la muerte de Su siervo MoisĂ©s. NĂłtese que inmediatamente despuĂ©s de decir que MoisĂ©s habĂa muerto, Dios le dice a JosuĂ©: “levántate, cruza… tĂş darás a este pueblo posesiĂłn de la tierra”. Es como si Dios hubiera dicho: “¿MuriĂł MoisĂ©s? Bien, ¡JosuĂ©, manos a la obra!”. MoisĂ©s, “el gran lĂder” segĂşn muchos, habĂa muerto, pero no la obra de Dios.
No creamos que somos “la gran cosa” (dicho de otra manera: lo máximo; la última Coca-Cola del desierto), ni creamos que otro hombre es “la gran cosa”. Dios es un gran Dios, cuya gloria es ser el [único] indispensable; y nuestro privilegio es formar parte, como Sus instrumentos, de lo que Él está haciendo.