El milagro Ăşltimo.

El pastor Misael Susaña predica sobre la resurrección de Jesús como el milagro más asombroso de todos, responde a algunas objeciones en contra de la resurrección y nos enseña qué tiene que ver ésta con cada uno de nosotros.

Gloria, soberanĂ­a y bondad de Dios.

Juan 9 relata que Jesús estaba pasando por el camino y vio a un ciego que estaba sentado, mendigando (v. 8). Y se nos dice que este ciego tenía esa condición desde su nacimiento. ¡Qué triste y seria era su enfermedad! No era una simulación. No era una enfermedad que con el tiempo se podía curar –él nació ciego, pasó toda su niñez ciego y ya era adulto y todavía estaba ciego–. Tampoco era una enfermedad que se podía mejorar con un medicamento o tratamiento.

NO POR UN PECADO

Los discĂ­pulos de JesĂşs se dirigieron a Él como “Rabí”, que significa “maestro”. Ellos tenĂ­an una pregunta difĂ­cil que sĂłlo podĂ­a ser respondida por un maestro con un vasto conocimiento de la revelaciĂłn divina. “¿QuiĂ©n pecĂł…?” –ellos preguntaron–. Su pregunta no fue si la ceguera de este hombre era debido a un pecado, ellos suponĂ­an que sĂ­. Ellos estaban preguntando si el pecado que habĂ­a causado esta enfermedad –segĂşn ellos– habĂ­a sido cometido por este hombre o por sus padres.

Recordemos que en Juan 5, Jesús le había dicho al paralítico de Betesda: “Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te suceda algo peor” (v. 14). De ese pasaje aprendemos que una enfermedad puede ser el resultado de algún pecado específico cometido.

Pero debemos cuidarnos de llegar a esa conclusión rápidamente cuando veamos una enfermedad en otras personas o en nosotros mismos. No importa lo grave que ésta sea. ¿Por qué? Porque, en esta ocasión, Jesús les enseñó a Sus discípulos –y a nosotros– que una enfermedad no siempre es el resultado directo de algún pecado específico cometido:

“Ni este pecĂł, ni sus padres; sino que está ciego para que las obras de Dios se manifiesten en Ă©l” (v. 3).

SĂŤ PARA LA GLORIA DE DIOS

Dios había escogido a este hombre para ser como una pantalla a través de la cual las personas verían las obras gloriosas de Dios. Obras que Dios haría en este ciego, a través de Jesús, a quien Él envió. Es decir que el encuentro de Jesús con este hombre ciego no fue coincidencia, sino que ya había sido planeado por Dios y estaba ahora siendo ejecutado por Jesús.

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Lecciones en la escasez y la abundancia.

El milagro de la alimentación de las [más de] 5 mil personas tuvo el propósito de que creamos que Jesús es Dios y Salvador, y así obtengamos vida eterna. También, en el relato de este milagro que se encuentra en Juan 6, encontramos dos lecciones que es importante que recordemos a lo largo de todo este año que recién inicia.

EN LA ESCASEZ

“«Hagan que la gente se siente», dijo JesĂşs. Y habĂ­a mucha hierba en aquel lugar; asĂ­ que se sentaron. El nĂşmero de los hombres era de unos cinco mil. Entonces JesĂşs tomĂł los panes, y habiendo dado gracias, los repartiĂł a los que estaban sentados; y lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que querĂ­an” (Juan 6:10, 11).

Después de hacer que la gente se recostara sobre la hierba, Jesús tomó los panes y dio gracias. Dar gracias a Dios al comer era una costumbre para los judíos (Mateo 26:27; Lucas 22:19). Esa es una costumbre que debe ser adoptada por algunos que no la tienen o retomada por otros que la han abandonado. Dar gracias a Dios al comer es un reconocimiento de que Él es nuestro proveedor y que Él ha sido fiel en suplir nuestra necesidad de alimento.

Ahora pregunto: ¿cuándo vino la gratitud? ¿Antes o después del milagro? Jesús dio gracias cuando sólo había 5 panes y dos pececillos. Aquí Jesús nos enseña en la escasez: la más pequeña de las bendiciones que tenemos sigue siendo un regalo de Dios que no merecemos, por lo que debemos estar profundamente agradecidos. También, no tenemos que esperar a que Dios nos dé más para agradecer; agradezcamos lo poco que tenemos, aun si Dios decide no darnos más.

Después de todo ya tenemos a Jesús quien es el pan de vida que sacia eternamente nuestra alma. Como dice Sam Allberry: “En los tiempos de Jesús (y en algunos lugares hoy) el pan era la materia prima. Las personas lo comían todo el tiempo, no porque a ellos les encantaba el pan, sino porque, para muchos de ellos, el pan era todo lo que había para comer. No tener pan significaba no tener vida… Si no tenías pan, morías. Era tan simple como eso. Así que, cuando Jesús dice que El es el pan de vida, El está diciendo que es a nuestra alma lo que el pan es a nuestro estómago hambriento. El está diciendo que es el único que puede satisfacernos en el nivel más profundo. Es una manera de decir que todas las otras cosas que somos tentados a pensar que son cruciales para conseguir que nuestra alma esté bien (sexo, matrimonio, romance, amistad profunda) no son cruciales. No es que esas cosas no importan, sino que ellas no importan tanto como pensamos”.

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