Al cristiano cansado: espera un poco más.

En una entrevista hecha en el 2005 a John Piper, él dijo que había tratado con más personas a punto de renunciar a su fe cristiana debido a la lentitud de su santificación, más que debido a algún daño físico o alguna herida que haya venido a su vida. Ellos estaban cansados: cansados de la labor diaria de negarse a sí mismos, cansados de avanzar dos pasos y retroceder uno, cansados de pecar, cansados de pedirle a Dios que los perdone otra vez. Si tú estás entre ese grupo de cristianos, el Salmo 130 tiene algo que decirte.

En el versículo 5, el salmista dice que él espera. Aunque él se encuentra en una situación que lo tienta a desesperarse totalmente, él no pierde la fe, él espera. Él espera en Dios, que Él haga algo. Su alma espera en Su Palabra, que se cumpla lo prometido.

En el versículo 6, el salmista compara su espera a la espera de los centinelas o vigilantes. Y él espera a Dios muchísimo más que los vigilantes a la mañana. Él espera ansiosamente que Dios cumpla Su promesa.

En el versículo 7 vemos que el salmista no sólo espera en Dios, sino que también llama al pueblo de Dios a esperar en Él. Porque él sabe que Dios actuará, que Su Palabra se cumplirá.

Y es en el versículo 8 donde vemos lo que Dios ha prometido hacer: “El redimirá a Israel de todas sus iniquidades”. Dios ha prometido liberación de absolutamente todos los pecados. Y eso fue exactamente lo que paso años después de esa declaración: Dios mismo descendió del cielo y, en la persona de Jesús, nació como hombre para salvar, a través de Su vida, muerte y resurrección, a un pueblo que se hundía en pecado (Mat. 1:21). Jesucristo nos liberó de la culpa del pecado al pagar por nuestros pecados para que nosotros seamos perdonados.

Ahora, tan cierto como que Jesucristo vino y liberó a Su pueblo de la culpa del pecado, así Él vendrá por segunda vez y liberará a Su pueblo de la presencia del pecado: “a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada” (Ef. 5:25). Se acerca el día en el cual amarás a Dios completa y supremamente. Se acerca el día en el cual siempre harás lo que a Dios le agrada. Se acerca el día en el cual ya no habrá más tentación, no habrá más lucha, no habrá más pecado. Se acerca el día en el cual ya no tendrás que pedirle a Dios que te perdone otra vez, porque serás perfectamente como Jesucristo.

Así que, como dice el viejo himno, “en Dios esperaré, luchando en todo tiempo”. Sigue orando, sigue arrepintiéndote, sigue luchando; y sigue esperando en Dios. Aun cuando pienses que tu pecado es demasiado, sigue esperando en Dios.

Corramos la carrera.

Hebrews 12
“Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de El soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:1, 2. LBLA).

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Ilustración por Chris Powers, Full of Eyes. Todos los derechos reservados. Puedes apoyar su ministerio vía Patreon.

¿Cómo esperar con paciencia en el sufrimiento?

Job era un hombre «intachable, recto, temeroso de Dios y apartado del mal» (Job 1:1) a quien Satanás, por permiso de Dios, le quitó tanto las riquezas que tenía –incluyendo sus hijos– como su salud física (Job 1, 2). Los sufrimientos de Job fueron intensos y prolongados –al menos los físicos–, duraron más de lo que nosotros tardamos en leer todo el libro de Job. Los sufrimientos de Job eran tan grandes que su oración, su anhelo, era que Dios lo aplastara y acabara con su vida (Job 6:8, 9). Seguir viviendo, para él, era una tortura imposible de soportar.

Y es en este contexto que Job hace la siguiente pregunta: “¿Cuál es mi fuerza, para que yo espere, y cuál es mi fin, para que yo resista?” (Job 6:11). Job está preguntado: ¿qué me puede dar fuerza para ser paciente? ¿tiene todo esto un buen propósito para yo seguir viviendo? Job, en ese momento, no podía ver su fuerza ni su fin y por eso había arrojado la toalla. Hay una importante verdad que podemos aprender aquí: el saber y tener presente nuestra fuerza y el propósito del sufrimiento nos ayudará a soportar hasta el final en medio de la aflicción.

¿Y tú? ¿Sabes cuál es tu fuerza? ¿Sabes cuál es tu fin? Job nos dice donde no se encuentran: “¿Es mi fuerza la fuerza de las piedras, o es mi carne de bronce? ¿Es que mi ayuda no está dentro de mí, y está alejado de mí todo auxilio?” (vv. 12, 13). Job nos enseña que no busquemos nuestra fuerza y nuestro fin en nosotros mismos –pues no los vamos a encontrar–, sino fuera de nosotros mismos. Teniendo en cuenta toda la revelación de Dios en Su Palabra sabemos que nuestra fuerza está en Jesucristo y que nuestro fin es bueno.

Como dice Filipenses 4:13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. En medio de la aflicción cuentas con Jesucristo, con Su Espíritu que te da fuerza y con Sus promesas de bien para ti. Una de esas promesas es: “Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación” (2 Co. 4:17). Tu sufrimiento no puede compararse a la gloria que te espera en el cielo.

Otra promesa de Dios te recuerda que tu fin es bueno: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito” (Ro. 8:28). La aflicción por la que estás pasando no es un error, hay un propósito detrás de ésta. Y el propósito detrás de ésta es bueno –no es para tu perjuicio, sino para tu beneficio–. Tal vez ahora no entiendas como Dios puede sacar algo bueno de algo tan malo; pero recuerda que tu trabajo es confiar y el de Dios es hacer que todo coopere para tu bien –y Él es experto en hacer eso–.

Así que, ten presente estas verdades en medio de la aflicción y espera con paciencia.