¿Es el cristianismo una religión injusta?

Hace un tiempo una compañera publicó en su red social una imagen que se burlaba de la “lógica” cristiana: en la izquierda había alguien que mato, violó, robó, pero se arrepintió un día antes de morir y se fue al cielo; en la derecha había alguien honesto, buena persona, que hacía obras de caridad, pero que no creía en religiones y se fue al infierno. Eso es lo que piensan muchas personas del cristianismo. Ahora, veamos dos razones por las cuales el cristianismo no es una religión injusta:

NO HAY BUENAS PERSONAS

Lo primero que hay que entender es que no hay buenas personas. Eso no quiere decir que las personas no pueden hacer cosas buenas, sí pueden (Mt. 7:11). Pero por sí mismas, aparte de la gracia de Dios, no pueden hacer nada bueno; además, lo bueno que hacen no es lo suficientemente bueno como para ganarse el cielo (Is. 64:6).

Tal vez tú nunca hayas matado a alguien; pero si te has enojado desmedidamente contra alguien, Jesús te dice que eres «reo del infierno de fuego» (Mt. 5:22). Tal vez tú nunca te hayas acostado con una mujer que no es tu esposa; pero si has mirado y codiciado a una mujer que no es tu esposa, Jesús te dice que ya «has cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt. 5:28). Continuar leyendo ¿Es el cristianismo una religión injusta?

Amados, amémonos unos a otros.

“Amados, si Dios así nos amó, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1 Juan 4:11).

El llamamiento de este versículo va dirigido a todos los cristianos. Y aquí a ellos se les llama «amados». ¿Amados por quién? En última instancia, a los amados por Dios.

¿Cómo Dios nos ha amado? Según el contexto, Dios nos ha amado con un gran amor: Dios nos ha amado tanto como para enviar a Su Hijo unigénito; Dios nos ha amado tanto como para someter a Su Hijo al castigo que viles pecadores merecían para que ellos fueran reconciliados.

Y si Dios nos ha amado con tan grande amor, entonces debemos amar a nuestros hermanos en Cristo. El amor de Dios por nosotros nos envuelve y nos aprieta de tal manera que tenemos que amar a nuestros hermanos. Al mismo tiempo, este amor nos desarma de todo argumento que nosotros podamos tener para no amar a nuestros hermanos. Si Dios, siendo tan grande, amó a alguien tan bajo como yo; ¿quién soy yo para no amar a mi hermano que es como yo?

Tú no tienes excusa para no ser paciente con tu hermano, porque la paciencia de Dios contigo ha sido mucha. Tú no tienes excusa para no ser bondadoso con tu hermano, porque Dios ha sido bondadoso contigo a pesar de tu maldad. Tú no tienes excusa para buscar únicamente tus propios intereses, porque Cristo no buscó lo Suyo propio. Tú no tienes excusa para no perdonar a tu hermano, porque Dios te ha perdonado todos tus pecados.

Aquí te doy la clave para amar a tu hermano: mientras oras a Dios para que Él haga abundar tu amor por tu hermano, media en ese amor único que Dios tiene por ti y que se mostró en la cruz de Jesucristo. Y cuando seas herido por una ofensa de tu hermano; recuerda cuánta fue la tristeza en el corazón de Dios cuando tú le ofendiste, pregúntate dónde hubieras estado si Dios hiciera contigo lo que merecía tu ofensa, recuerda que Él no lo hizo, y ama.

Termino con las siguientes palabras de C. J. Mahaney: “Cuando me enojo o me niego a perdonar a otros, estoy suponiendo que los pecados de los demás son más graves que mis pecados contra Dios… Ningún pecado que se cometa en mi contra puede ser tan grave como los incontables pecados que cometí en contra de Dios. En el momento en que nos percatamos de cuánto Dios nos ha perdonado, no nos resulta difícil perdonar a los demás” (Vivamos centrados en la cruz, p. 142).

Dios y la tentación.

Mujer con manzana en la mano.

Aunque el decreto de Dios abarca los pecados de los hombres, Dios no es autor del pecado ni se complace en él. Y aunque no sabemos del todo cómo reconciliar ambas verdades, las afirmamos porque la Biblia –que es la verdad– las enseña. Santiago 1:13 nos enseña: “Que nadie diga cuando es tentado: Soy tentado por Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal y El mismo no tienta a nadie”.

Si las tentaciones no vienen de Dios, ¿de dónde vienen? Los versículos 13 y 14 nos responden: “Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado; y cuando el pecado es consumado, engendra la muerte”. Las tentaciones vienen de las pasiones pecaminosas que hay en nuestro corazón. Ellas son las que nos “llevan” y nos “seducen” para que pequemos, no Dios.

Dios no puede ser tentado. Dios nunca ha pensado en el pecado como una opción. Dios no tiene pasiones pecaminosas. Dios nunca se encuentra luchando en su interior entre hacer lo bueno o lo malo. Más bien, Él es «Santo, Santo, Santo» (Is. 6:3) y «muy limpios son [Sus] ojos para mirar el mal» (Hab. 1:13).

Ese mismo Dios, en la persona de Jesucristo, se hizo completamente hombre y fue tentado en todo, pero sin pecado (Heb. 4:15). Jesús no tuvo pasiones pecaminosas como las tenemos nosotros. Pero eso no hizo que las tentaciones que Él experimentó fueran ligeras. Recordemos que Adán tampoco tenía pasiones pecaminosas, pero aun así pecó. Y Jesús, aunque tentado en todo, nunca pecó. Por lo tanto, Jesús es poderoso para –y está dispuesto a– socorrer a los que son tentados. Acerquémonos a Él, antes de la tentación, para ser ayudados a no ceder. Pero al mismo tiempo, Él se sacrificó en la cruz para así perdonar a aquellos que han cedido a las tentaciones. Acerquémonos a Él, después de la tentación –si hemos pecado–, en arrepentimiento y fe.

En resumen, Dios no puede ser tentado y Él no tienta. Pero Dios puede socorrer y Él perdona.