«Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, PrĂncipe de Paz» (IsaĂas 9:6. RVR1960).
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Porque Dios es bueno.
Cuando hablamos del pecado en relación con el hombre (varón y hembra) decimos: el hombre no es pecador porque peca, sino que el hombre peca porque es pecador. Y lo que queremos significar con eso es que el hombre no nace moralmente bueno, el hombre tampoco nace moralmente neutro y comete algunos errores. Sino que el hombre nace con un corazón rebelde, inclinado hacia el pecado. Ahora, al hablar de la bondad en relación con Dios podemos usar la misma fórmula: Dios no es bueno porque hace/da buenas cosas, Dios hace/da buenas cosas porque Él es bueno.
En Mateo 7:11 Jesucristo dijo: “Pues si vosotros, siendo malos, sabĂ©is dar buenas dádivas a vuestros hijos, Âżcuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?”. Aunque este pasaje se encuentra en el contexto de la oraciĂłn, el principio se aplica al tema que estamos considerando. El punto de Jesucristo es que si los hombres, que son malos, por la gracia de Dios dan buenas cosas a sus hijos, muchĂsimo más Dios, que es bueno por naturaleza –Su bondad no procede de nadie más aparte de sĂ mismo–. Dios no hace algunas cosas buenas aquĂ, da algunas cosas buenas allĂ para parecer un Dios bueno a la vista de los hombres. Dios no aparenta ser bueno, Dios es bueno. Y glorificar a Dios no significa adornarle con cosas que Él no es o que no ha hecho, más bien, es reconocer quiĂ©n es Él y lo que ha hecho. Dios es siempre bueno, Él es bueno en todo lo que hace. Dejar de ser bueno por una dĂ©cima de segundo serĂa ir en contra de Su perfecta naturaleza –lo cual es imposible–.
El Salmo 86:5 nos dice que Dios es bueno por naturaleza: «Pues tĂş, Señor, eres bueno y perdonador, abundante en misericordia para con todos los que te invocan«. El Salmo 145:9 nos habla de la bondad de Dios sobre todas Sus criaturas: “El Señor es bueno para con todos, y su compasiĂłn, sobre todas sus obras”. El Salmo 119:68a nos dice que Dios es bueno y que hace cosas buenas: “Bueno eres tĂş, y bienhechor”. En el Salmo 34:8 se nos llama a experimentar de manera personal y a reconocer la bondad de Dios: “Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confĂa en Ă©l” (RVR1960). Y ya que Jesucristo ha dado a conocer a Dios Padre (Jn. 1:18), la bondad de Dios es demostrada como en ningĂşn otro lugar en la cruz del calvario, el lugar donde Jesucristo muriĂł para dar salvaciĂłn a pecadores que merecĂan condenaciĂłn.
Al recibir buenas dádivas de Dios, disfrutĂ©moslas, pero no nos quedemos embelesados en ellas mismas. Más bien, levantemos nuestros ojos y miremos a Dios. Porque si las dádivas son buenas, muchĂsimo más es Aquel que las dio.
Puede ser que en ocasiones el proceder de Dios no nos parezca el de alguien bueno, pero no podemos permitir que este parecer triunfe sobre la certĂsima verdad que hemos considerado: Dios es bueno. Termino con una cita que se le atribuye a Charles Spurgeon: “Cuando no puedas seguir el rastro de la mano de Dios, confĂa en Su [buen] corazĂłn”.
El mejor regalo de todos.
El versĂculo que vamos a considerar a continuaciĂłn no sĂłlo es un resumen del evangelio, sino que tambiĂ©n es uno de los versĂculos más conocidos, tanto por cristianos como por no cristianos, de toda la Biblia. Ahora, por ser este un versĂculo tan familiar, existe el peligro de que ya no nos asombremos ante el maravilloso mensaje de Ă©ste –algo terrible que no debe ser–. El versĂculo al que me refiero es Juan 3:16, el cual dice: “Porque de tal manera amĂł Dios al mundo, que dio a su Hijo unigĂ©nito, para que todo aquel que cree en El, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Es bueno para nosotros considerar este versĂculo en esta Ă©poca, una Ă©poca en la cual se dan y reciben muchos regalos, ya que este versĂculo nos habla del mejor regalo de todos.
Antes de considerar el regalo en sĂ, consideremos al dador del regalo y lo que le motivĂł a regalar: “Porque de tal manera amĂł Dios al mundo”. El dador es Dios Padre, Creador y Sustentador de todo el universo, y Su motivaciĂłn fue amor, tanto por personas del continente Europeo como por personas del continente Africano; amor tanto por Americanos como por Haitianos. Su motivaciĂłn fue amor por personas de distintas razas y naciones. Pero eso no es todo, segĂşn el versĂculo, ese amor no es pequeño, sino que es muy grande (“Pues Dios amĂł tanto al mundo”, NTV).
La grandeza de ese amor se confirma por el regalo que se dio: “que dio a su Hijo unigĂ©nito”. Dios dio, es decir, regalĂł. Es un regalo porque no es algo que compramos con nuestras obras pasadas, ni algo que intercambiamos con nuestras obras futuras. Es un regalo completamente gratuito que, una vez se ha soltado el pecado al que nos aferrábamos, ha de recibirse con las manos vacĂas y extendidas de la fe. Ahora, el regalo que Dios dio no fueron cosas con las que no podemos tener comuniĂłn y que se desgastan con el tiempo. El regalo que Dios dio fue una persona, y no a cualquier persona, sino la persona más importante: Su Hijo unigĂ©nito Jesucristo. Él es poseedor de todas las caracterĂsticas esenciales de Dios, toda la creaciĂłn está por debajo de Él. ÂżQuĂ© más, aparte de dar a Su Hijo Ăşnico, podrĂa Dios hacer para demostrar Su gran amor? Aun siendo Él (Jesucristo) lo más precioso y la persona de mayor estimaciĂłn para Dios Padre, Él (Dios Padre) lo dio.
Dios dio a Su Hijo unigĂ©nito Jesucristo: “para que todo aquel que cree en El, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Dios no dejĂł que todos se perdieran por causa de sus pecados, sino que dio a Su Hijo unigĂ©nito Jesucristo para salvaciĂłn de todo aquel que confĂa en Él como Salvador y Señor. Jesucristo con Su vida, muerte y resurrecciĂłn obtuvo vida eterna para ellos, una vida plena de comuniĂłn con Dios que se extenderá por toda la eternidad.
Éste es el mejor regalo de todos –Jesucristo como nuestro Salvador y Señor–. Si tenemos este regalo, aunque no tengamos nada más, lo tenemos todo; pero si no lo tenemos, aunque tengamos todo lo demás, no tenemos nada.
Madres, un hermoso regalo de un Dios más hermoso.
En este mes (Mayo) en el cual muchos celebran el dĂa de las madres quiero honrar a las madres, en particular a la mĂa, como un hermoso regalo y honrar al Dios aĂşn más hermoso que nos ha dado a las madres. Consideremos juntos a IsaĂas 49:15, que dice:
“¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré”.
Esa fue la respuesta de Dios a Su pueblo, el cual decĂa: “El SEĂ‘OR me ha abandonado, el Señor se ha olvidado de mĂ” (v. 14). Dios querĂa asegurarle a Su pueblo que independientemente de las circunstancias en las cuales ellos se encontraran, Él no los habĂa abandonado ni olvidado. Y para lograr eso Dios tomĂł como ejemplo la compasiĂłn que tiene una madre por su hijo. ÂżPor quĂ© este ejemplo y no otro? Porque el amor de una madre por sus hijos si no es el más grande, es uno de los más grandes que puede tener una persona que habita en esta tierra para con otra persona de esta tierra.
Volvamos a la pregunta: “¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas?”. Respuesta: A duras penas una madre se olvidarĂa de sus hijos y no tendrĂa compasiĂłn de ellos –difĂcilmente haga tal cosa, es casi imposible–. No es de extrañar que los compañeros hagan tal cosa, tal vez los amigos e incluso algunos familiares hagan eso, pero no una madre. AsĂ es una madre: a ella misma le atormenta ver a sus hijos atormentados, busca el beneficio de sus hijos a expensas del suyo o como si el beneficio fuera directamente de ella1, se goza como ninguna otra persona de esta tierra al hacer bien a sus hijos. Pasa un dĂa y pasa otro, mas sus hijos aĂşn están en su memoria y su amor por ellos no se ha extinguido. Una madre no puede desprenderse fácilmente de sus hijos (en el sentido de olvidarlos y no amarlos), su corazĂłn está atado fuertemente a ellos. AsĂ que, mamá, por tu hermoso corazĂłn y por manifestar tu amor de diversas maneras, hoy te digo: No ignoro tu mucho amor… ¡Gracias, sabe que yo tambiĂ©n te amo!
Ahora, si el regalo es bueno, mucho más Aquel que lo dio; si el corazĂłn de una madre es hermoso, aĂşn más el corazĂłn de Aquel que es bueno por naturaleza. Eso se confirma con lo que dice la segunda parte del versĂculo (IsaĂas 49:15b): “Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré”. La compasiĂłn divina excede con creces a la compasiĂłn de una madre. Aunque a duras penas una madre se olvidara de sus hijos y no tuviera compasiĂłn de ellos, Dios nunca olvidará a los Suyos –aunque a veces parezca asĂ a nuestros sentidos–. Si lo primero (que una madre olvide a su hijo) es casi imposible que suceda, lo segundo (que Dios olvide a los Suyos) es absolutamente imposible que suceda. Dios, por Su gracia en Jesucristo, nunca dejará de tener compasiĂłn o de amar a los Suyos. ¡Oh Dios nuestro, cuánto te amamos!
1 VĂ©ase Mateo 15:21-28, donde la mujer cananea cuya hija estaba endemoniada no dijo: “Ten misericordia de mi hija… socorre a mi hija”; sino: “Señor, Hijo de David, ten misericordia de mĂ… ¡Señor, socĂłrreme [a mĂ]!”. Su bienestar era el bienestar de su hija.