Un Padre todo-sabio y todopoderoso.

Hay padres que tienen el poder para darle a sus hijos todo lo que ellos quieran. Pero eso no siempre es algo bueno. Si los padres, sin pensarlo dos veces, les dan a sus hijos absolutamente todo lo que ellos piden; en muchas ocasiones no estarán beneficiando a sus hijos, sino perjudicándolos. ¿Por qué? Porque no es cierto que todo lo que los hijos desean es lo que ellos realmente necesitan; no es cierto que todo los hijos quieren es necesario justo ahora; no es cierto que todo lo que los hijos piden beneficiará sus almas.

Por otro, hay padres que saben lo que es mejor para sus hijos y procuran dárselo, pero muchas veces se ven obstaculizados porque ellos no pueden darle a sus hijos todo lo que ellos piensan que realmente necesitan.

Ahora, nuestro Padre celestial, de quien los creyentes venimos a ser hijos gracias a la obra de Jesucristo, no tiene las debilidades que mencionamos anteriormente. Dios no es como ese padre que le da a sus hijos todo lo que ellos piden; porque Él sabe que a veces pedimos mal, para gastar en placeres fuera de Dios que al final nos llevarán a la destrucción (Stg. 4:3, 4).

Pero Dios tampoco es como ese padre que aunque sabe lo que es mejor para sus hijos, no tiene el poder para dárselo. Dios está comprometido a darle a Sus hijos todo lo que ellos necesitan en el momento en el que ellos realmente lo necesitan (Jn. 16:23). Y así lo hará, porque nada es demasiado difícil o imposible para Él.

Dios es el Padre todo-sabio y todopoderoso. En otras palabras, Dios sabe lo que es mejor para Sus hijos y tiene todo el poder para darle lo mejor a Sus hijos. ¿No estás agradecido de tener a ese Dios como tu padre?

La nación más grande, ¿cuál es?

Rascacielos

“Haz a América grande otra vez” es un eslogan de campaña que popularizó el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Estados Unidos es una gran nación en varios sentidos, por eso miles de personas quieren ser parte de ésta. Pero muchos norteamericanos reconocen que con el pasar del tiempo esta nación ha perdido ciertas cosas que la hacían grande y que deben recuperar.

Como cristianos, tenemos el gran privilegio de ser parte de la nación más grande –y no es EE. UU.–. Nosotros formamos parte del pueblo que Dios ha hecho Suyo y del pueblo que tiene a Dios como suyo. En Deuteronomio 4:7 y 8, Dios dice que debido a su relación con Él, las otras naciones verían a Israel como una gran nación:

“Porque, ¿qué nación grande hay que tenga un dios tan cerca de ella como está el Señor nuestro Dios siempre que le invocamos? ¿O qué nación grande hay que tenga estatutos y decretos tan justos como toda esta ley que hoy pongo delante de vosotros?”.

UN DIOS CERCANO

La primera razón, según el versículo 7, de por qué el pueblo de Dios es la nación más grande es porque su Dios es cercano. Tú no puedes simplemente decir que mañana vas a reunirte con el presidente y hacer que suceda. Tú no puedes simplemente ir al palacio presidencial y hablar con el presidente. Tener acceso al presidente es un privilegio que muy pocas personas tienen.

Pero no es así para el pueblo de Dios. Dios está cerca de Su pueblo, tan cerca que Sus oídos pueden escuchar claramente hasta el susurro que los Suyos dirigen a Él en oración. Y Él, teniendo todo el poder, se ha comprometido a suplir toda necesidad de Su pueblo.

UNA LEY JUSTA

La segunda razón, según el versículo 8, de por qué el pueblo de Dios es la nación más grande es porque tiene una ley justa. La ley que Dios ha dado a los Suyos es justa y, en consecuencia, es beneficiosa para el pueblo que la obedece. Al mismo tiempo, esta ley refleja la sabiduría y la inteligencia de Dios mismo. Esta ley, por lo tanto, es superior a todas las demás leyes de las otras naciones.

No hay otra ley “tan consonante con la equidad natural y los dictados sin prejuicios de la razón correcta, tan consistente consigo misma en todas sus partes y tan propicia para el bienestar y el provecho de la humanidad” (Matthew Henry).

Como pueblo de Dios, hagamos uso de estos grandes privilegios que tenemos al orar siempre y al obedecer Su Palabra.

Que todos vean tu progreso.

Debido a que el pecado todavía mora en el cristiano, y debido a la fuerza que el pecado todavía tiene, el cristiano tropieza y su progreso en la vida cristiana es lento. Ahora, eso no quiere decir que no haya victorias y que el progreso sea irreal. En 1 Timoteo 4:15 leemos: “Sé diligente en estos asuntos; entrégate de lleno a ellos, de modo que todos puedan ver que estás progresando” (NVI).

EL PROGRESO ES POSIBLE

El versículo (1 Timoteo 4:14) tiene una buena noticia implícita y es que el progreso en la vida cristiana es posible. El cristiano ha sido unido espiritualmente a Jesucristo: cuando Jesucristo murió, el cristiano murió al pecado y cuando Jesucristo resucitó, al cristiano se le dio vida para con Dios. Las cadenas que te ataban al pecado han sido rotas, ya eres libre para amar a Dios y hacer lo que a Él le agrada.

¡Anímate! Si eres un cristiano verdadero, es seguro que en el futuro conocerás más a Dios de lo que le conoces hoy, amarás más a Dios de lo que le amas hoy y obedecerás a Dios con más prontitud de lo que le obedeces hoy.

EL PROGRESO ES TU DEBER

Sí, el progreso en la vida cristiana es posible gracias a la obra de Jesucristo. Ahora, no es menos cierto que debes ser diligente y entregarte de lleno. Y lo primero no es un obstáculo para lo segundo, sino el combustible.

Ahora, ¿en qué debes ser diligente? ¿a qué debes entregarte de lleno? El contexto nos responde (vv. 12, 13): debes ser diligente y entregarte de lleno a que tu manera de hablar, tu conducta, tu amor, tu fe y pureza sean un ejemplo a los demás; también debes ser diligente y entregarte de lleno a leer la Biblia, a enseñarla y a animar a tus hermanos (tareas que son principalmente de un pastor, aunque no exclusivamente de éste).

EL PROGRESO EN MESES Y AÑOS

Según la Biblia, la santificación progresiva se parece más a un maratón que dura horas que a una carrera de unos segundos. El cambio toma su tiempo, no ocurre de la noche a la mañana. Por eso Hebreos 12:1 nos llama a correr la carrera que tenemos por delante con perseverancia. Y 1 Tesalonicenses 5:4 nos llama a ser pacientes con todos.

Kevin DeYoung dice: “no deberías tomar tu temperatura espiritual cada día. Necesitas buscar el progreso en meses y años, no en minutos y horas”. Aunque eso no significa que debemos descuidar los minutos y horas, ya que estos son los que llevan a meses y años. DeYoung sigue diciendo: “Por lo tanto, no te enredes a ti mismo preguntándote si el martes fue más piadoso que el miércoles. Mira a tu trayectoria en los últimos cinco meses, o mejor aún, en los últimos cinco años” (The hole in our holiness, p. 138).

CONCLUSIÓN

¿Estás progresando? ¿Pueden verlo tu esposa, tus hijos, tus amigos y tus hermanos en la iglesia? Debido a que el progreso es posible, sé diligente y entrégate de lleno. Ora confiadamente a Dios para que Él te haga progresar, sumérgete en Su Palabra, medita en la belleza de Jesucristo que ésta revela hasta que tu corazón rebose de amor por Él y obedécele con diligencia para que todos puedan ver que estás progresando.

Si el destino está escrito, entonces…

La doctrina bíblica del decreto de Dios enseña que «Dios ha decretado desde la eternidad, libre e inalterablemente, todo lo que ha de ocurrir en el tiempo y todo para Su gloria». Y uno de los pasajes bíblicos sobre la cual está basada esta doctrina es Isaías 46:9-11, que dice:

“Acordaos de las cosas anteriores ya pasadas, porque yo soy Dios, y no hay otro; yo soy Dios, y no hay ninguno como yo, que declaro el fin desde el principio y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho. Yo digo: “Mi propósito será establecido, y todo lo que quiero realizaré.” Yo llamo del oriente un ave de rapiña, y de tierra lejana al hombre de mi propósito. En verdad he hablado, ciertamente haré que suceda; lo he planeado, así lo haré”.

Creo que todo cristiano que ha sido convencido por la Biblia acerca de esta doctrina ha pasado al menos una noche sin dormir pensando en ésta y sus implicaciones. Personalmente, lo que me mantenía despierto era el adverbio “inalterablemente” –el hecho de que el decreto de Dios no puede ser cambiado–. Hay tres objeciones que podrían levantarse ahora y que me gustaría responder:

“¡NO IMPORTA LO QUE YO HAGA!”

La misma Biblia que nos enseña el decreto de Dios es la misma Biblia que nos dice que el hombre es responsable por sus acciones. Sí importa lo que hacemos o dejamos de hacer. Por ejemplo, somos responsables de predicar el evangelio para la salvación de los impíos (1 Co. 1:21); somos responsables de orar para que las cosas pasen (Stg. 5:17, 18). Sigue leyendo