“Castillo fuerte”: la meditación.

Cuando escuchamos todo lo que Martín Lutero hizo a pesar de todas las dificultades que encontró en su camino, nos preguntamos: ¿de dónde vino la fuerza de Lutero? Su fuerza no vino de sí mismo. Si leemos la biografía de Lutero, nos daremos cuenta de que él fue un hombre con temores, debilidades e incluso pecados –tal como el resto de los mortales–.

La fuerza de Lutero venía de fuera de sí mismo, venía de Dios. Y él lo dijo claramente en su himno “Castillo fuerte”, el cual está basado en Salmos 46. Este salmo dice en su primer versículo:

“Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Sal. 46:1).

En medio de la tormenta, Dios es el refugio en el cual podemos escondernos. En medio de las tribulaciones, Dios está pronto a socorrernos. Y tanto Su disposición para socorrernos como Su socorro mismo son más seguros que el de los recursos que podamos tener o que los poderosos de este mundo. Las riquezas vuelan y las personas no siempre están presentes o pueden asistirnos, pero Dios siempre está allí para ayudarnos. Dios, el glorioso guerrero que nunca ha perdido una batalla está a nuestro favor y no a nuestra contra.

Nada ni nadie puede tocarnos a menos que Dios así lo quiera. Y aun cuando Dios permita que seamos afectados por las tribulaciones, estas no pueden separarnos de Dios ni quitarnos la herencia eterna que Dios tiene para nosotros. Y es por todo eso que podemos decir “¡no temeremos!”, a pesar de cuán temible sea la tribulación por la cual estemos pasando.

1ra parte; 2da parte; 3ra parte

«Castillo fuerte»: la historia.

Martín Lutero

Martín Lutero nació el 10 de noviembre de 1483 en Eisleben, Alemania. Su madre, Margarette, fue una católica romana devota y su padre, Hans, era un minero de cobre.

El padre de Lutero deseó y preparó a Lutero para que fuera un abogado, posiblemente para dar prestigio a su familia. Martín Lutero estudió en la Universidad de Erfurt (1502-1505), en donde obtuvo una licenciatura y una maestría en Artes. Después, tal como su padre siempre quiso, se inscribió en la Facultad de Derecho de la universidad. Sin embargo, en 1505 Lutero se encontró atrapado en una tormenta eléctrica. Un rayo cayó cerca de él, quien cayó al suelo y, entonces, clamó: “¡Ayúdame, Santa Ana! ¡Me convertiré en monje!”. Y así lo hizo, el 17 de julio de 1505, entró en el monasterio agustino de Erfurt.

Lutero se convirtió en monje, después en sacerdote y después en profesor de teología. Durante muchos años de su vida, Lutero intentó ganar la aceptación de Dios por medio de sus obras (ayunos, vigilias, oraciones, etc.). Pero al mismo tiempo, él sentía que no podía hacer lo suficiente para ganar la aceptación de Dios. Continuar leyendo «Castillo fuerte»: la historia.

¿Por qué aprender de los hombres si ya tengo la Biblia?

La Biblia constituye «la única regla suficiente, segura e infalible de todo conocimiento, fe y obediencia salvadores». ¿Por qué, entonces, aprender de los hombres –sea directa o indirectamente–? ¿Por qué sentarnos a escuchar un sermón cada domingo? ¿Por qué asistir a conferencias en donde se enseña la Biblia? ¿Por qué tener confesiones de fe? ¿Por qué leer otros libros de autores cristianos?

Leemos en 1 Corintios 12:28 lo siguiente: “Y en la iglesia, Dios ha designado: primeramente, apóstoles; en segundo lugar, profetas; en tercer lugar, maestros; luego, milagros; después, dones de sanidad, ayudas, administraciones, diversas clases de lenguas”. Según este versículo, los maestros en la iglesia no han sido puestos por ellos mismos, sino por Dios. Los maestros son instrumentos de Dios para la edificación de la iglesia.

Algo similar se dice en Efesios 4:11 y 12: “Y El dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”. Nótese otra vez, la idea de tener pastores y maestros para la edificación de la iglesia no fue una idea de los hombres, sino de Dios.

¿Cómo los maestros edifican a la iglesia? Al ser usados por Dios para instruir, explicar, aclarar la Palabra de Dios ya revelada. Eso implica que en ocasiones, después de ser instruidos por un maestro, obtendremos conocimientos que antes no teníamos o confirmaremos lo que ya sabíamos; en otras ocasiones cambiaremos de parecer con respecto a un determinado tema.

La presencia de maestros en la iglesia no atenta contra la suficiencia de la Biblia. Ningún maestro está al mismo nivel que la Biblia y mucho menos por encima de ésta. Por lo tanto, todo lo que salga de su boca debe estar basado y saturado por la Biblia; y los que escuchan deben examinar la Biblia para confirmar que se está diciendo la verdad. No hemos de abrazar una enseñanza porque quien la dijo fue un maestro popular. Ni hemos de rechazar una enseñanza porque quien la dijo fue un maestro de otra denominación (religiosa). Más bien, abrazaremos o rechazaremos una enseñanza porque hemos sido convencidos por la Biblia, la Palabra de Dios.

Whitney sobre “Servicio motivado por gratitud”.

El profeta Samuel exhortaba al pueblo de Dios al servicio por medio de estas palabras: «Asegúrense de temer al Señor y de servirlo fielmente. Piensen en todas las cosas maravillosas que él ha hecho por ustedes» (1 Samuel 12:24). Cuando servir a Dios parece una carga, recordar «las cosas maravillosas que él ha hecho por ustedes» evapora el agobio.

¿Usted recuerda cómo es no conocer a Cristo, no tener a Dios ni esperanza? ¿Recuerda cómo se sentía ser culpable ante Dios y no tener perdón? ¿Recuerda el terror de saber que había ofendido a Dios y que su ira ardía contra usted? ¿Recuerda el horror de saber que solo un paso lo separaba del infierno? Ahora, ¿recuerda la experiencia de ver a Jesucristo con los ojos de la fe y de comprender por primera vez quién es él de verdad y qué ha hecho a través de su vida, su muerte y su resurrección? ¿Recuerda el gozo de la primera vez que fue consciente del perdón y de la liberación del juicio y el infierno? ¿Recuerda la primera vez que tuvo la incomparable percepción de la certeza del cielo y la vida eterna? Cuando el fuego del servicio a Dios disminuya, considere las cosas maravillosas que el Señor ha hecho por usted.

Dios no ha hecho nada más grande por nadie, ni podría hacer nada mayor por usted, que lo que ha hecho al acercarlo hacia él mismo. Imagínese si él pusiera diez millones de dólares en su cuenta bancaria cada mañana por el resto de su vida, pero no lo salvara. Imagínese que él le diera el cuerpo más agraciado y la cara más hermosa que haya existido jamás, un cuerpo que no envejeciera en mil años, pero que al morir, lo dejara fuera del cielo y lo enviara a vivir la eternidad en el infierno. ¿Qué cosa le ha dado Dios a alguien que pueda compararse con la salvación que le dio a usted como creyente? ¿No ve que Dios jamás podría hacer algo por usted u obsequiarle algo mayor que el regalo de entregarse a sí mismo? Si no podemos ser siervos agradecidos de Aquel quien es todo y en quien tenemos todo, ¿qué nos hará agradecidos?

Este artículo es un extracto tomado de: Donald Whitney. Disciplinas espirituales para la vida cristiana (Illinois, EE. UU.: Tyndale House Publishers, 2016), pp. 157-158.