Spurgeon sobre “El día del juicio”.

La campana del tiempo ha tañido el último día. Ahora viene el funeral de las almas condenadas. Tu cuerpo se acaba de levantar de la tumba, y te desatas la mortaja encerada, y miras hacia arriba. ¿Qué es lo que veo? ¡Oh!, ¿qué es lo que oigo? Oigo una explosión tremenda y terrible, que sacude los pilares del cielo, y hace que el firmamento se tambalee de espanto; la trompeta, la trompeta, la trompeta del arcángel sacude los últimos límites de la creación. Miras y quedas pasmado. Súbitamente se escucha una voz, y unos dan alaridos, y otros cantan himnos, Él viene, Él viene, Él viene; todo ojo le verá. Allí está; el trono descansa sobre una nube, blanca como el alabastro. Allí está sentado. «Es Él, el Hombre que murió en el Calvario (veo Sus manos traspasadas), pero, ¡ah, cuán cambiado está! No tiene una corona de espinas. Estuvo ante el tribunal de Pilato, pero ahora la tierra entera debe estar ante Su tribunal. Pero ¡escuchen! La trompeta suena otra vez: el Juez abre el libro, hay un silencio en el cielo, un solemne silencio: el universo está quieto. «Junta a mis escogidos y a mis redimidos de los cuatro vientos del cielo.» Rápidamente son juntados. Y como el brillo de un relámpago, el ala de ángel divide a la multitud. Aquí están los justos todos congregados; y, pecador, allá estás tú, a la izquierda, dejado fuera, entregado a soportar la sentencia ardiente de la ira eterna. ¡Escucha! Las arpas del cielo tocan dulces melodías; pero a ti no te traen ningún gozo, mientras los ángeles están repitiendo la bienvenida del Salvador a Sus santos. «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.» Ustedes han tenido ese momento de respiro, y ahora Su rostro está acumulando nubes de ira, y el trueno está en Su frente; te mira a ti que le has despreciado, a ti que te burlaste de Su gracia, que despreciaste Su misericordia, a ti que quebrantaste Su día de descanso, a ti que te mofaste de Su cruz, a ti que no aceptaste que reinara sobre ti; y con una voz más fuerte que diez mil truenos, Él clama: «Apartaos de mí, malditos.» Y luego… no, no continuaré. No hablaré de las llamas inextinguibles. No voy a hablar de los padecimientos del cuerpo, ni de las torturas del espíritu. Pero el infierno es terrible; la condenación es aflictiva. ¡Oh, escapa! ¡Escapa! ¡Escapa, para que, allí donde estás, no tengas que aprender tal vez qué significan los horrores de la eternidad, en el golfo de la eterna perdición!

Este artículo es un extracto tomado de: Charles Spurgeon. Un llamado a los inconversos. Traducción de Allan Román.

Noticias alegres para la nación de la cruz.

El domingo pasado, el Estado Islámico (también conocido como ISIS por sus siglas en inglés) publicó un video que parece mostrar a sus militantes ejecutando a decenas de cristianos etíopes en Libia. “No tendrán seguridad, ni aún en sus sueños, hasta que acepten el Islam”, fue su amenaza, “a la nación de la cruz: estamos de vuelta”. A la luz de esto, quisiera resaltar algunas maravillosas verdades que encontramos en 1 Pedro 1:3-9.

Pero antes, veamos brevemente dos cosas. Primero, Pedro (inspirado por Dios) escribió a cristianos que «sin haberle visto [a Jesucristo], le amáis, y a quien ahora no veis, pero creéis en El, y os regocijáis grandemente con gozo inefable y lleno de gloria» (v. 8). Segundo, esos cristianos estaban siendo «afligidos con diversas pruebas» (v. 6), lo cual era una prueba de su fe, que al ser hallada genuina resulta «en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo» (v. 7).

UNA HERENCIA RESERVADA

“Para obtener una herencia incorruptible, inmaculada, y que no se marchitará, reservada en los cielos para vosotros” (v. 4).

Dios ha reservado una herencia para ti. Esa herencia es incorruptible, así que no puede deteriorarse. Es inmaculada, así que no puede ser manchada por el mal, más bien es sin defecto. No se marchitará como las flores, así que nunca desaparecerá. Está en los cielos, así que los hombres no podrán robártela ni apartarte de ella.

PROTEGIDOS POR DIOS

“Que sois protegidos por el poder de Dios mediante la fe, para la salvación que está preparada para ser revelada en el último tiempo” (v. 5).

En medio de las diversas pruebas con las cuales eres afligido, estás siendo protegido no por la policía, sino por el Dios omnipotente. Dios te protege de que te apartes de Él. Dios te protege de que no alcances la salvación preparada para ser revelada en el último tiempo: la transformación de nuestros cuerpos, la erradicación total y definitiva de la presencia del pecado, las recompensas del Dios de toda gracia. Esas son excelentes noticias, especialmente cuando vemos nuestra debilidad.

Termino con la última estrofa del himno Castillo fuerte es nuestro Dios:

Esa palabra del Señor,
Que el mundo no apetece,
Por el Espíritu de Dios
Muy firme permanece.
Nos pueden despojar
De bienes, nombre, hogar,
El cuerpo destruir,
Mas siempre ha de existir
De Dios el reino eterno.

De última hora: ¡Moisés ha muerto!

El libro de Josué comienza con noticias abrumadoras (muy preocupantes): “después de la muerte de Moisés” (Josué 1:1). ¿Por qué digo noticias abrumadoras? Porque Dios utilizó a Moisés para liberar al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto y llevarlos a la tierra prometida, «una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel» (Éx. 3:7, 8). Moisés era el líder del pueblo, era un profeta único a quien el Señor conocía cara a cara; a través de él, Dios hizo señales y prodigios ante los egipcios, y hechos grandiosos y terribles ante los ojos de todo Israel (Dt. 34:10-12). Pero antes de que el muy numeroso pueblo de Israel poseyera la tierra prometida, Moisés muere.

Quietos, sepan
«Estad quietos, y sabed que yo soy Dios; exaltado seré entre las naciones, exaltado seré en la tierra» (Salmos 46:10).

Entonces, Dios dijo lo siguiente a Josué: “Mi siervo Moisés ha muerto; ahora pues, levántate, cruza este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel… tú darás a este pueblo posesión de la tierra que juré a sus padres que les daría” (vv. 2, 6). Dios estaba consciente de que Moisés había muerto, sin embargo, Él no le preguntó a Josué qué harían ahora que Moisés no estaba, Él no le dijo al pueblo que “regresaran a sus casas” porque ya no valía la pena seguir adelante. Dios no entró en pánico ante la muerte de Su siervo Moisés. Nótese que inmediatamente después de decir que Moisés había muerto, Dios le dice a Josué: “levántate, cruza…  tú darás a este pueblo posesión de la tierra”. Es como si Dios hubiera dicho: “¿Murió Moisés? Bien, ¡Josué, manos a la obra!”. Moisés, “el gran líder” según muchos, había muerto, pero no la obra de Dios.

No creamos que somos “la gran cosa” (dicho de otra manera: lo máximo; la última Coca-Cola del desierto), ni creamos que otro hombre es “la gran cosa”. Dios es un gran Dios, cuya gloria es ser el [único] indispensable; y nuestro privilegio es formar parte, como Sus instrumentos, de lo que Él está haciendo.

Dios nos preserva en momentos difíciles.

Nosotros perseveramos en la gracia salvífica, Dios nos preserva en esta gracia. Nosotros somos responsables de perseverar (Mt. 24:13). Pero no es menos cierto que Dios es quien nos preserva últimamente. Y quiero resaltar está última verdad en este artículo.

En Juan 18:8b (en el contexto de la traición y arresto de Jesús) Jesús le dijo a los que fueron a arrestarlo: “por tanto, si me buscáis a mí, dejad ir a éstos”. ¿Con qué propósito Jesús mandó que dejaran ir a Sus discípulos? El versículo 9 nos provee la respuesta: “para que se cumpliera la palabra que había dicho: De los que me diste, no perdí ninguno”. Es decir que si [Jesús no hubiera intervenido y] los discípulos hubieran sido arrestados en ese momento, algunos o muchos o todos se hubieran perdido1.

Lo interesante de este pasaje bíblico es que antes que desmentir la perseverancia de los santos, más bien la confirma: el enemigo se levantó con la intención de que los discípulos se perdieran, pero Jesús frustró sus planes (es decir, impidió que Sus discípulos se pierdan). J. C. Ryle dijo acerca del Señor: “Aplacará los vientos y tempestades con sus manos y no permitirá que los creyentes sean destruidos por completo, por muchos golpes y adversidades que sufran. Vigila atentamente a todos sus hijos e, igual que un sabio doctor, administra la cantidad exacta de pruebas que son capaces de sufrir… Nuestro Señor nos observa hasta en los momentos más difíciles y nuestra seguridad final está garantizada”.

Aquí vemos a Jesús intercediendo a favor de Sus débiles discípulos, como tú y yo, para que no sean tentados más allá de lo que podían soportar en ese momento. Y esa es una de las maneras en las cuales Dios preserva a los Suyos (véase también Mateo 24:22). ¿Por qué podemos afirmar que los cristianos verdaderos nunca se apartarán? No porque ellos sean fuertes por sí mismos, no porque nunca habrá circunstancias que atenten contra ellos; sino porque Dios no permitirá que se aparten, Dios los preservará.

Cuando vemos nuestra debilidad, esta verdad (Dios nos preserva) nos consuela y estimula: nos consuela porque nos asegura que, tal como dice un himno, «Su gracia siempre me libró / y me guiará feliz»; y nos estimula a perseverar ya que, aunque somos débiles, el Dios todopoderoso está por nosotros.


1 J. C. Ryle comentó acerca de este pasaje lo siguiente: “La protección de nuestro Señor a sus discípulos no solo incluía el fin, sino también los medios. Uno de los medios para protegerlos del naufragio absoluto de su fe era protegerlos de una tentación superior a sus fuerzas… Así pues, les proporciona una vía de escape y frustra los planes de sus enemigos para que los “dejaran ir”. De esta manera cumplió lo que había dicho en oración. No dejó que ninguno de ellos se perdiera”.