ÂżQuĂ© es la mundanalidad?

Los cristianos suelen hablar de la mundanalidad como algo negativo —¡y lo es!—. El apóstol Juan, inspirado por Dios, nos enseña que los hijos de Dios no deben amar al mundo (1 Juan 2:15), sino vencerlo mediante la fe (1 Juan 5:4). Pero esto nos lleva a una pregunta fundamental: ¿qué significa “mundo” en este contexto?

“Mundo” es la traducción de la palabra griega “kósmos” que significa literalmente sistema ordenado:

LO QUE NO SIGNIFICA

Puede referirse a la creación de Dios. Pero aquí Juan no se refiere a la creación de Dios, como si los hijos de Dios no fueran a la playa. Matthew Henry estaba en lo correcto cuando dijo: “El mundo físico es bueno y debe ser admirado como la obra de Dios y como un espejo en el cual Sus perfecciones brillan”.

La palabra también puede referirse a la gente que habita en este planeta. Pero aquí Juan tampoco se refiere a las personas, como si los hijos de Dios vivieran aislados de los inconversos. Pablo dijo que, si no queremos la compañía de inconversos, tenemos que salir de este mundo (1 Co. 5:10).

LO QUE SĂŤ SIGNIFICA

Con “mundo”, Juan quiere significar el sistema organizado de maldad con sus principios y prácticas, bajo la autoridad de Satanás, que incluye sus enseñanzas, ideas, valores, actitudes, actividades que son contrarias a Dios y atraen a las personas para que se alejen de El.

El mundo te hace ver como normal las enseñanzas que no vienen de Dios y como extrañas las enseñanzas de la Biblia. El mundo te hace ver el pecado como atractivo y la santidad como fea. El mundo está enseñando que la homosexualidad es amor y que el aborto es progreso. El mundo ha hecho que muchos no vean ningún problema con el sexo fuera del matrimonio. Es el mundo que promueve modas provocativas y no modestas.

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ÂżPor quĂ© admiro a Superman, pero amo a JesĂşs?

Pocas personas saben que Superman es mi superhéroe favorito —al menos dentro del Universo DC—. Recuerdo cuando salió el primer adelanto de la nueva película dirigida por James Gunn: jamás en mi vida había repetido un video tantas veces como lo hice con ese mini-tráiler.

El pasado 11 de julio de 2025 se estrenó Superman en los cines de Estados Unidos. Durante su primer fin de semana, la película recaudó 217 millones de dólares a nivel global, y para el 20 de julio ya acumulaba aproximadamente 408 millones en taquilla mundial. Hasta la fecha, cuenta con un 83 % de aprobación por parte de los críticos y un impresionante 92 % de la audiencia en Rotten Tomatoes.

AdmiraciĂłn

No me sorprende saber que no soy el único que admira a Superman. Después de todo, él representa la esperanza —de hecho, el símbolo en su pecho significa justamente eso en kryptoniano—. Es compasivo, busca hacer el bien a quienes lo rodean, incluso si eso implica sacrificios personales. A pesar de su enorme poder, elige contenerse; actúa con humildad y un profundo sentido de justicia.

Sin embargo, Superman no deja de ser un personaje ficticio creado en 1938 por Jerry Siegel (guionista) y Joe Shuster (dibujante).

AdoraciĂłn

Ahora bien, yo no solo admiro a Jesús… yo lo adoro: lo amo, lo alabo, obedezco Su Palabra y confío en Él. ¿Por qué? Porque, mientras que Superman es un personaje ficticio, Jesús es real. Y eso cambia todo.

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ÂżTe han robado el asombro estas dos mentiras?

“Miren cuán gran amor nos ha otorgado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios. Y eso somos…” (1 Juan 3:1).

El pastor John MacArthur dice que aquí Juan expresa una “explosión de asombro” y una “admiración atónita”. Otros eruditos hablan de una “exhibición maravillosa” (JFB). Y otros comentaristas mencionan “una exclamación cargada de maravilla y asombro”.

Un comentario de la Biblia Textual señala que Juan, literalmente, está diciendo: “¡Miren de qué país es este amor!”. Es decir, este amor no es ordinario, es extraordinario. No lleva la etiqueta “Hecho en China”, sino una que dice: “Hecho en el cielo”.

Este amor es único. Es especial. Es grande. Es el amor de Dios Padre y es para ti, si has recibido a Jesucristo y has creído en Su nombre (Juan 1:12). Y el apóstol Juan nos apunta a la demostración del amor de Dios: Él nos llama —y nos ha hecho— Sus hijos.

Y si esa verdad no nos emociona tanto como emocionaba a Juan, si al leerla sólo decimos “Eso ya lo sabía”, si escuchamos eso y seguimos como si nada, entonces hay algo mal en nosotros. ¡Hay un serio problema con nosotros!

Hay dos mentiras comunes que muchos creen y que este pasaje de 1 Juan desmiente con claridad. Ambas tienen el potencial de robarnos el asombro ante el hecho glorioso de que Dios nos amĂł y nos hizo Sus hijos.

Mentira #1:

“Todo el mundo es hijo de Dios”.

Si tú crees que el estado natural de todo ser humano al nacer es ser hijo de Dios, entonces lo que Juan está diciendo aquí no te asombrará.

Pero nota lo que dice el versículo 2: “ahora somos hijos de Dios”. Esa palabra “ahora” implica que hubo un tiempo en el que no lo éramos. La Biblia enseña que todos somos criaturas de Dios, pero no todos somos hijos de Dios. Nadie nace siendo hijo de Dios. Al contrario, Efesios 2:3 dice que somos “por naturaleza hijos de ira”.

Pero Dios te amĂł cuando merecĂ­as Su ira. Dios te hizo Su hijo cuando eras Su enemigo. Dios te halĂł hacia el cielo cuando estabas cayendo al infierno.

¡Miren qué clase de amor!

Mentira #2:

“Yo merezco ser hijo de Dios”.

Esa es otra mentira que nos puede hacer perder el asombro por el hecho de ser somos hijos amados de Dios. Yo no tengo que dar gracias por algo que yo compré o me gané.

Pero no obviemos lo que dice el versículo 1 con respecto al amor de Dios. Juan dice que ese amor se “nos ha otorgado (por) el Padre”. El amor de Dios y el derecho a ser llamados Sus hijos no se ganan; no se otorga después de pasar un examen; no se compran con dinero ni con buenas obras.

El amor de Dios y el derecho a ser llamados Sus hijos es un regalo de Dios para nosotros en Jesucristo: Él dejó el cielo. Vivió la vida perfectamente obediente que tú y yo debimos haber vivido, pero no vivimos. Murió la muerte cruel que tú y yo merecíamos por nuestros pecados, para que no tengamos que ser castigados. Y resucitó triunfante para darnos este regalo.

¡Miren qué clase de amor!