La fidelidad y la justicia de Dios en perdonar [1 Juan 1:9]

Aunque todo cristiano ha sido salvado del dominio del pecado (es decir, éste ya no es su señor; véase Ro. 6:2), el pecado todavía está presente en todo cristiano1. Aunque el pecado ya no es la práctica del cristiano (1 Jn. 3:8), el cristiano todavía peca –esto lo sabemos tanto por experiencia como por la Palabra–: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros… Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a El mentiroso y su palabra no está en nosotros” (1 Juan 1:8, 10).

La diferencia entre el cristiano (un “pecador redimido” o uno “simultáneamente justo y pecador” como lo diría Lutero) y el no-cristiano es que cuando el cristiano peca, es guiado por el Espíritu al arrepentimiento para perdón de pecados. 1 Juan 1:9 dice: “Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad”. En este versículo se dice que si confesamos a Dios nuestros pecados, seremos perdonados y limpiados. Ahora, no quiero que pasemos por alto lo siguiente: “El es fiel y justo”. ¿Por qué describir aquí a Dios precisamente como fiel y justo? ¿Qué tiene que ver la fidelidad y la justicia de Dios en nuestro perdón? Continuar leyendo La fidelidad y la justicia de Dios en perdonar [1 Juan 1:9]

De ningún modo lo echaré fuera –¡bendita seguridad!

Muchos maestros o líderes de las religiones en este mundo han mostrado a sus seguidores un camino a seguir, pero no le han garantizado salvación. No es así con Jesucristo, el Hijo de Dios. El Señor Jesucristo no vino a mostrar un camino, sino que Él mismo es el camino –y Su resurrección lo confirmó– y todos los que van a Él tendrán, sin duda alguna, salvación. Uno de los pasajes bíblicos en los cuales encontramos esta verdad es Juan 6:37b que dice:

“al que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera”.

Las palabras de Jesucristo no son: “a los justos que vienen a mí”; ni: “a los que tienen algo bueno que ofrecer”. Por lo tanto, estas palabras son para todos, para todos los pecadores –sí, incluso los más terribles pecadores–. Las palabras de Jesucristo tampoco son: “sólo al que viene a mí por primera vez”. Sí, las palabras de Jesucristo están dirigidas a aquellos que van por primera vez (no-cristianos todavía), pero no únicamente a ellos; estas palabras también son para aquellos que han ido a Él anteriormente (ya cristianos). Las palabras de Jesucristo son: “al que viene a mí” –punto–. Allí no hay ninguna condición aparte de dar la espalda al pecado (arrepentimiento) e ir confiadamente (fe) a Jesucristo. Por lo tanto, no importa si eres un gran pecador y no importa si vas por primera vez o por milésima vez. Mientras vayas a Él, está promesa segura es para ti: “de ningún modo lo echaré fuera”.

Aquellos que se oponían a Jesucristo lo llamaron “amigo de pecadores” (Mt. 11:19) y decían que Él «recibe a los pecadores y come con ellos» (Lc. 15:2). Y Jesucristo mismo afirmó: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lc. 5:32).

J. C. Ryle dijo: “Quizá nuestra vida anterior haya sido muy mala. Quizá nuestra fe actual sea muy débil. Quizá nuestro arrepentimiento y nuestras oraciones sean muy pobres. Quizá nuestro conocimiento de la religión sea muy escaso. ¿Pero venimos a Cristo? Esa es la cuestión. De ser así, esta promesa nos pertenece. Cristo no nos echará fuera. Podemos recordarle valientemente su propia palabra”.

1ra parte; 2da parte

El hombre miente y se arrepiente, Dios no [Sermón]

Dios no es como los hombres que mienten y se arrepienten. Y para no responder en incredulidad al Dios que nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, debemos mirar con ojos de fe no sólo a las promesas en sí mismas, sino también al carácter de Aquel que prometió: Dios es fiel e inmutable.

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Gilbert sobre “¿Qué es el evangelio?”.

DIOS –¿QUIÉN NOS HIZO Y A QUIÉN DEBEMOS RENDIR CUENTAS? 

Es a Dios a quién deben rendir cuentas. Después de sus puntos introductores en Romanos 1:1-17, Pablo comienza su presentación del evangelio declarando que “la ira de Dios ha sido manifestada desde el cielo” (v. 18). Con sus primeras palabras, Pablo insiste que la humanidad no es autónoma. No nos hicimos a nosotros mismos, y no somos auto-dependientes ni auto-justificables. No, es Dios quien creó el mundo y todo lo que hay en él, incluyendo a la humanidad. Y porque él nos creó, Dios tiene el derecho de demandar nuestra adoración hacia él. Mire lo que Pablo dice en el verso 21: “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido”.

Esta es la acusación de Pablo a la humanidad: Han pecado al no haber honrado ni dado gracias a Dios. Es nuestra obligación, como gente creada y adueñada por Dios, el darle el honor y la gloria que le pertenecen, y vivir, hablar, actuar, y pensar de una manera tal que reconozca y acepte su autoridad sobre nosotros. Somos hechos por él, le pertenecemos, dependemos de él, y por lo tanto debemos rendirle cuentas. Ese es el primer punto que Pablo elabora mientras explica las buenas nuevas del cristianismo.

HOMBRE –¿CUÁL ES NUESTRO PROBLEMA?

Su problema es que se han rebelado contra Dios. No honraron a Dios ni le dieron gracias como era debido. Su necio corazón fue entenebrecido “y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles” (v. 23). Esa es una imagen muy repugnante, ¿No es cierto? Que los seres humanos consideren a su Creador y después decidan que una imagen de madera o de metal de una rana o de un pájaro o inclusive de ellos mismos es más gloriosa, más satisfactoria, es el colmo del insulto y la rebelión contra Dios. Esta es la raíz y la esencia del pecado, y sus resultados son de igual manera horribles.

En los siguientes tres capítulos, Pablo enfatiza este punto constantemente, acusando a toda la humanidad como pecadores delante de Dios. En el capítulo 1 su enfoque es en los Gentiles, y luego en el capítulo 2 acusa con la misma fuerza a los judíos. Es como si Pablo supiera que el más santurrón de los judíos estaría aplaudiendo sus azotes a los Gentiles, así que da media vuelta y en Romanos 2:1 apunta su dedo acusador a los que aplauden: “Por lo cual eres inexcusable”. Así como los Gentiles, dice Pablo que los judíos han roto la ley de Dios y están bajo su juicio. Continuar leyendo Gilbert sobre “¿Qué es el evangelio?”.