Uno de los llamamientos más repetitivos de Dios a Su pueblo, a travĂ©s del profeta IsaĂas, fue que confiaran en Él (IsaĂas 12:2; 31:1; 32:17; 50:10). Y es que nuestro pecado (para deshonra de Dios) y nuestra necedad (para perjuicio nuestro) es confiar en hombres y en cosas en vez de en Dios.
En IsaĂas 26:3 leemos lo siguiente: “Al de firme propĂłsito guardarás en perfecta paz, porque en ti confĂa”. El versĂculo comienza hablando de aquel de firme propĂłsito, pero ÂżquiĂ©n es Ă©ste? En el mismo versĂculo podemos encontrar la respuesta. NĂłtese que Ă©l es alguien que confĂa en Dios. Es decir que aquĂ se está hablando de alguien cuyo firme propĂłsito es confiar en Dios. Y ese propĂłsito es firme porque no cambia con el pasar del tiempo, sino que permanece. Es por eso que la Biblia Reina Valera 1960 traduce esta lĂnea de la siguiente manera: “aquel cuyo pensamiento en ti persevera”.
Y es a aquel cuyo pensamiento persevera en Dios con fe que se le promete ser guardado en paz, en perfecta paz. Dios guardará nuestro corazĂłn sin importar cuán grande sea la aflicciĂłn externa. Somos como ese niño que estaba tranquilo, mientras todos los demás pasajeros estaban aterrorizados, en un aviĂłn que pasaba por turbulencia; porque Ă©l sabĂa que su padre era el piloto. Este pasaje nos recuerda que la paz interior no viene como resultado de negar las circunstancias difĂciles que nos rodean; sino que la paz viene como resultado de pensar en todo lo que Dios es para nosotros –especialmente en la persona de Jesucristo– y creer.
Dios ha sido, para todos los que confĂan en Él, «baluarte para el desvalido, baluarte para el necesitado en su angustia, refugio contra la tormenta, sombra contra el calor» (IsaĂas 25:4) y Él no cambiará.
Termino con el siguiente llamamiento del profeta: “Confiad en el Señor para siempre, porque en Dios el Señor, tenemos una Roca eterna”. El profeta compara a Dios con una roca para ilustrar la firmeza de Dios y la seguridad de todos aquellos que están en Él. Y como si todo eso fuera poco, se añade “eterna”: siglos y siglos pasarán, pero Dios seguirá siendo el mismo. Confiemos, por lo tanto, en Él; todo lo demás es arena movediza.
