La visión que hace feliz.

En Mateo 5 encontramos las muy conocidas bienaventuranzas que Jesús pronunció mientras enseñaba en un monte. Y entre ellas se encuentra la siguiente:

“Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios” (Mateo 5:8).

Ser bienaventurado significa ser dichoso, feliz. Y la razón de esta felicidad es que los de limpio corazón verán a Dios; dicho de otra manera, los de limpio corazón son felices porque verán a Dios.

¿Quiénes son los de limpio corazón? Son aquellos que han puesto su fe en Jesucristo y han sido limpiados por Él (Jn. 13:10; Hch. 15:9). Ellos no son como esos fariseos que sólo limpian la parte de afuera del vaso (Mt. 23:26), enfocándose solamente en lo externo; ni como esos que tienen apariencia de piedad, pero niegan su poder (2 Ti. 3:5). Ellos no son como esos que dicen odiar a muerte al pecado cuando están entre la iglesia, pero lo acarician cuando están en la privacidad de sus habitaciones. Ellos son los de fe no fingida (1 Ti. 1:5). Ellos ahora tienen un sincero deseo por Dios y un firme propósito y esfuerzo de agradarle en todo. Ellos todavía no son perfectos, pero sin duda alguna algún día lo serán (Ef. 5:26, 27).

El hecho de que todavía pecamos es evidencia de que todavía no somos perfectos. En nuestro corazón todavía vive una concupiscencia (pasión pecaminosa) que nos lleva y seduce a pecar (Stg. 1:14). Y la Biblia no niega que el pecado es placentero, pero la Biblia nos dice toda la verdad: que el pecado es engañoso, su placer es de corta duración y su fin es muerte (Heb. 3:13; 11:25; Ro. 6:21).

Sin embargo, los de limpio corazón son felices porque verán a Dios. Y esa felicidad es más completa y más duradera que la que el pecado puede ofrecer porque como dijo el salmista acerca de Dios: “en tu presencia hay plenitud de gozo; en tu diestra, deleites para siempre” (Sal. 16:11).

Y mientras vivimos en el ya nuestros corazones han sido limpiados y el todavía nuestros corazones no han sido limpiados perfectamente, oramos como el salmista: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Sal. 51:10); si pecamos, confesamos a Dios nuestros pecados y confiamos en que “la sangre de Jesús su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7) y nos esforzamos en guardamos sin mancha del mundo (Stg. 1:27).

¿Me amas?

Después de la muerte y la resurrección de Jesucristo, Él se manifestó a algunos de Sus discípulos que estaban pescando junto al mar de Tiberias y desayunó con ellos. Después de desayunar, Jesucristo le hizo las siguientes preguntas a Pedro:

“Entonces, cuando habían acabado de desayunar, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Pedro le dijo: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Apacienta mis corderos. Y volvió a decirle por segunda vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro le dijo: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo por tercera vez: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro se entristeció porque la tercera vez le dijo: ¿Me quieres? Y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas” (Juan 21:15-17).

Algunos piensan que lo que entristeció a Pedro fue la cantidad de veces que Jesús preguntó: Jesús hizo la misma pregunta (¿me amas?) a Pedro tres veces, la misma cantidad de veces que Pedro lo negó.

Otros piensan que lo que entristeció a Pedro fue específicamente la tercera pregunta de Jesús: mientras que las dos primeras veces en las que Jesús preguntó Él hizo la pregunta con el griego agapao (considerado por algunos como el amor más excelente), la última vez Él hizo la pregunta con el griego fileo (considerado por algunos como un amor inferior al mencionado anteriormente). Continuar leyendo ¿Me amas?

5 verdades sobre el endurecimiento del corazón.

Con el propósito de que velemos para que nuestro corazón no se endurezca, he aquí cinco verdades sobre el endurecimiento del corazón a partir de la vida Faraón:

1. Dios es soberano y el hombre es responsable. Repetidas veces la Biblia nos dice que fue Faraón quien endureció su corazón (Éxodo 7:13, 22; 8:32; 9:7). Lo cual dice que Faraón fue responsable del endurecimiento de su corazón. Pero también la Biblia nos dice que fue Dios quien endureció el corazón de Faraón (Éx. 9:12; 10:20, 27). Lo cual nos hace ver que la soberanía de Dios se extendió aun al endurecimiento del corazón de Faraón1.

2. El endurecimiento sucede cuando no se cree ni se obedece la Palabra a pesar de haberse conocido las obras de Dios. Faraón vio como la vara de Aarón se convirtió en culebra, vio la plaga de sangre, vio la plaga de ranas, vio la plaga de piojos, vio la plaga de moscas, vio la plaga en el ganado, vio la plaga de úlceras, vio la plaga de granizo, vio la plaga de langostas, vio la plaga de tinieblas (Éxodo 7-10). Sin embargo, Faraón ni creyó la Palabra de Dios ni obedeció al mandato divino de dejar ir al pueblo de Israel.

3. Un corazón endurecido no es tan sensible como lo era o como otros lo son. Hubo un momento en el cual hasta los hechiceros del mismo Faraón reconocieron que las plagas venían de Dios, pero Faraón no los escuchó (Éxodo 8:19). Y hubo un momento en el cual los siervos de Faraón le dijeron que dejara ir al pueblo de Israel (Éx. 10:7), pero él no quiso dejarlos ir.

4. El endurecimiento es más un proceso que un evento. La Biblia relata que no fue una vez que Faraón endureció su corazón, sino muchas veces: cada vez que él vio las obras de Dios, pero no creyó ni obedeció la Palabra de Dios (Éxodo 7-10). Un corazón que se endurece se vuelve menos sensible y un corazón menos sensible se endurece más.

5. El corazón se endurece más cuando las bondades de Dios son tomadas como razones para seguir pecando. La bondad de Dios está destinada a que nos arrepintamos, no a que las usemos como boletos para seguir pecando. Faraón reconoció su pecado algunas veces e incluso dijo que dejaría ir al pueblo de Israel. Pero cuando Faraón veía que Dios quitaba la plaga de Egipto, él ya no veía razón para dejar ir al pueblo de Israel (Éxodo 8:15; 9:34). Faraón, al igual que el hombre cuyo corazón está endurecido, se preocupaba más por las consecuencias negativas del pecado que por el Dios contra el cual se peca.


1 La soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre siempre han sido un misterio –¿cómo puede el hombre ser responsable y Dios ser soberano al mismo tiempo?–. Algunos eruditos de la Biblia dicen que la manera en la cual Dios endureció el corazón de Faraón fue dejándolo o no impidiendo que éste se volviera duro.