La homosexualidad no es el pecado.

Aunque la homosexualidad es un pecado, no es el Ăşnico pecado que excluye del reino de Dios y no es el pecado imperdonable. Jesucristo muriĂł por los pecados de los heterosexuales y de los homosexuales que se arrepienten.

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La Palabra de Dios es incomparable.

Salmos 119, el capítulo más largo de la Biblia, es un salmo que expone las excelencias de la Palabra de Dios. Y entre todas las cualidades de la Palabra de Dios que el salmista da, él dice en el versículo 18 lo siguiente: “Abre mis ojos, para que vea las maravillas de tu ley”.

La palabra “maravillas” significa algo incomparable, extraordinario. La misma palabra se utiliza en Éxodo 34:2 cuando Dios dijo que haría maravillas que no se habían hecho en toda la tierra. Y nótese que esta palabra –“maravillas”– se le adscribe a la Palabra de Dios. Es decir, la ley de Dios es maravillosa o la ley de Dios contiene maravillas. La oración del salmista no es que Dios haga a Su ley maravillosa, sino que Dios abra sus ojos para reconocer las maravillas que la ley ya contiene.

Es muy importante entender eso. La labor del predicador no es adornar la Palabra de Dios para hacerla más interesante –como si ésta fuera aburrida–. ¡No! La película Los Vengadores: endgame es aburrida en comparación con la Palabra de Dios. Y si no lo creemos así, necesitamos que Dios abra nuestros ojos espirituales.

La labor del predicador, durante la preparación del sermón, es orar que Dios abra sus ojos espirituales para ver. La labor del predicador, durante la presentación del sermón, es ser fiel a la Palabra de Dios –sin desviarse a la derecha o a la izquierda y sin agregarle o quitarle–. Porque la Palabra de Dios es maravillosa por sí misma.

Y la Palabra de Dios es en donde encontramos el maravilloso evangelio de Jesucristo. El himno Cordero de gloria lo expresa de la siguiente manera:

Dios al mundo descendiĂł;
mi castigo en sĂ­ tomĂł;
Pena y muerte él sufrió,
mas con poder resucitĂł.

Al Cordero gloria,
oh, qué excelsa historia;
El nos salva por su amor,
¡Dad al Cordero gloria!

“Te perdonĂ© toda aquella deuda”.

Cuando Pedro le preguntó a Jesús cuántas veces debía perdonar a su hermano que pecara contra él, Pedro pensaba que siete veces era una cantidad generosa. Pero Jesús le dijo que setenta veces siete. Y el punto de Jesús no es que debemos perdonar hasta 490 veces, el punto de Jesús es que siempre debemos estar dispuestos a perdonar a aquel que viene a nosotros pidiendo perdón, arrepentido.

El perdón de nosotros hacia nuestros semejantes está basado o motivado por el perdón de Dios hacia nosotros. Eso es lo que Jesús nos enseña en la parábola de los dos deudores (Mateo 18:23-35). Si Dios me ha perdonado una deuda tan grande a mí, ¿qué me detiene de perdonar una deuda tan pequeña a mi semejante?

El rey, por compasión, perdonó la deuda del siervo que le debía 10,000 talentos, pero éste último no perdonó la deuda del consiervo que le debía 100 denarios. En aquel tiempo, 100 denarios equivalían a 100 días de trabajo. ¿Piensas que esa era una deuda grande? No en comparación con la deuda del siervo para con el rey –y que le fue perdonada–. Un solo talento equivalía al trabajo de 15 a 20 años; es decir, que la deuda que el rey le perdonó al siervo era equivalente a 150,000 ó 200,000 años de trabajo. ¡Eso sí era mucho!

El rey de la parábola es Dios. Y la deuda perdonada es el perdón de todos nuestros pecados –algo que nosotros no hubiéramos podido lograr con nuestro propio esfuerzo–. Es cierto que nuestro pecado es grave, pero nunca será más que Su perdón. Tristemente pecamos diariamente, pero Su perdón es más que suficiente para toda una vida de pecado. Es imposible que tus pecados sequen el océano del perdón de Dios que fluye desde la cruz de Jesús.

Termino volviendo a repetir lo siguiente: si Dios me ha perdonado una deuda tan grande a mí, ¿qué me detiene de perdonar una deuda tan pequeña a mi semejante?

ÂżCĂłmo puede un Dios de amor enviar personas al infierno?

Recientemente, un ex-cantautor de una de las bandas de adoración más populares alrededor del mundo anunció que estaba genuinamente perdiendo su fe. Su anuncio incluyó una serie de cuestionamientos de los que, según él, nadie habla. Entre ellos: ¿Cómo puede Dios ser amor y aun así enviar a 4 billones de personas al infierno porque no creen? Ya que “nadie” habla de eso, hablaré brevemente de ello.

DIOS ES JUSTO

La Biblia dice claramente que Dios es amor: “El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn. 4:8). Pero eso no es todo lo que la Biblia dice acerca de Dios. La Biblia también dice que Dios es fuego consumidor y digno de ser temido (Heb. 12:28, 29). Dios es justo y castiga el pecado: “no tendrá por inocente al culpable; el que castiga la iniquidad” (Éx. 34:7).

Dios no se avergĂĽenza ni se disculpa de revelarse en Su Palabra de esa manera y nosotros no deberĂ­amos hacerlo tampoco.

SU AMOR Y SU JUSTICIA

El amor y la justicia no se excluyen mutuamente, más bien Su amor establece Su justicia. Cuando vez que alguien le está haciendo daño a eso que amas y no dices ni haces nada, hay razones para dudar de la sinceridad de tu amor.

Dios ama tanto Su gloria y Él ama tanto Su iglesia como para ser indiferente cuando los pecadores impenitentes atentan contra éstas. Él se enoja y tarde o temprano traerá juicio. 1 Corintios 13:6 dice, acerca del amor, lo siguiente: “no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad”.

MUCHOS SALVOS DEL INFIERNO

La pregunta no es “¿cómo puede Dios ser amor y aun así enviar a 4 billones de personas al infierno?”. La pregunta es “¿cómo puede Dios no ser amor cuando Él ha salvado a billones de pecadores del infierno?”.

El amor de Dios es libre. Él no lo debe a absolutamente nadie. Y todos, sin excepción, en este mundo somos pecadores que no merecemos ni la más pequeña de las bendiciones de Dios. Pero Dios en Su amor no ha enviado a toda la raza humana al infierno, a pesar de que eso es lo que se merecen. La Biblia nos dice que Jesús muriendo en la cruz en lugar de pecadores es la demostración del gran amor de Dios: “Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).