Las promesas de Dios son «preciosas y grandĂsimas». Para la mente natural, esas promesas son demasiado buenas para ser verdad; Ă©sta no cree que sean verdad, sino una locura. Lamentablemente, no son pocas las veces que aun nosotros los cristianos no creemos las promesas de Dios. Al actuar como incrĂ©dulos ofendemos grandemente a Dios, pues le tratamos como un mentiroso; además, estamos actuando como necios al dejar de creer en Aquel que siempre es fiel.
En Lucas 1:5 leemos lo siguiente: “Hubo en los dĂas de Herodes, rey de Judea, cierto sacerdote llamado ZacarĂas, del grupo de AbĂas, que tenĂa por mujer una de las hijas de AarĂłn que se llamaba Elisabet”. Mientras ZacarĂas ejercĂa su ministerio sacerdotal, un ángel del Señor se le apareciĂł, trayendo consigo la siguiente promesa de Dios: “No temas, ZacarĂas, porque tu peticiĂłn ha sido oĂda, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y lo llamarás Juan” (Lucas 1:13).
Ahora, el problema era que Ă©l y su esposa no tenĂan hijos debido a que Elisabet era estĂ©ril y ambos ya eran de edad avanzada (1:7). A lo que ZacarĂas, descrito anteriormente como justo delante de Dios (1:6), respondiĂł con incredulidad: “¿CĂłmo podrĂ© saber esto? Porque yo soy anciano y mi mujer es de edad avanzada” (v. 18). Lo cual fue una ofensa grave a Dios, por lo que el ángel le respondiĂł: “Yo soy Gabriel, que estoy en la presencia de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte estas buenas nuevas. Y he aquĂ, te quedarás mudo, y no podrás hablar hasta el dĂa en que todo esto acontezca, por cuanto no creĂste mis palabras, las cuales se cumplirán a su debido tiempo” (1:19, 20). ÂżDemasiado bueno para ser verdad? La primera parte del versĂculo 24 responde: “Y despuĂ©s de estos dĂas, Elisabet su mujer concibió”.
Dios ha prometido salvación por medio de la fe y no por las obras (Efesios 2:8, 9); vida eterna (Tito 1:2); perdón de absolutamente todos los pecados (1 Juan 1:9); suplir nuestras necesidades (Mateo 6:31); jamás abandonarnos (Deuteronomio 31:8); que nada nos separará de Su amor (Romanos 8:38, 39). Por la fe hemos de creer en todas esas promesas como ciertas y decir “demasiado bueno, pero es verdad”, debido al carácter fiel de Aquel que las prometió –Dios no miente–.