En este sermĂłn, el pastor Misael Susaña nos enseña: (1) que la mentira es un pecado, (2) que Dios es la antĂtesis de la mentira, (3) que la mentira es un pecado muy grave y (4) que Dios nos da el poder para no hablar mentira.
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ÂżTe han robado el asombro estas dos mentiras?
“Miren cuán gran amor nos ha otorgado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios. Y eso somos…” (1 Juan 3:1).
El pastor John MacArthur dice que aquà Juan expresa una “explosión de asombro” y una “admiración atónita”. Otros eruditos hablan de una “exhibición maravillosa” (JFB). Y otros comentaristas mencionan “una exclamación cargada de maravilla y asombro”.
Un comentario de la Biblia Textual señala que Juan, literalmente, está diciendo: “¡Miren de quĂ© paĂs es este amor!”. Es decir, este amor no es ordinario, es extraordinario. No lleva la etiqueta “Hecho en China”, sino una que dice: “Hecho en el cielo”.
Este amor es Ăşnico. Es especial. Es grande. Es el amor de Dios Padre y es para ti, si has recibido a Jesucristo y has creĂdo en Su nombre (Juan 1:12). Y el apĂłstol Juan nos apunta a la demostraciĂłn del amor de Dios: Él nos llama —y nos ha hecho— Sus hijos.
Y si esa verdad no nos emociona tanto como emocionaba a Juan, si al leerla sĂłlo decimos “Eso ya lo sabĂa”, si escuchamos eso y seguimos como si nada, entonces hay algo mal en nosotros. ¡Hay un serio problema con nosotros!
Hay dos mentiras comunes que muchos creen y que este pasaje de 1 Juan desmiente con claridad. Ambas tienen el potencial de robarnos el asombro ante el hecho glorioso de que Dios nos amĂł y nos hizo Sus hijos.
Mentira #1:
“Todo el mundo es hijo de Dios”.
Si tú crees que el estado natural de todo ser humano al nacer es ser hijo de Dios, entonces lo que Juan está diciendo aquà no te asombrará.
Pero nota lo que dice el versĂculo 2: “ahora somos hijos de Dios”. Esa palabra “ahora” implica que hubo un tiempo en el que no lo Ă©ramos. La Biblia enseña que todos somos criaturas de Dios, pero no todos somos hijos de Dios. Nadie nace siendo hijo de Dios. Al contrario, Efesios 2:3 dice que somos “por naturaleza hijos de ira”.
Pero Dios te amĂł cuando merecĂas Su ira. Dios te hizo Su hijo cuando eras Su enemigo. Dios te halĂł hacia el cielo cuando estabas cayendo al infierno.
¡Miren qué clase de amor!
Mentira #2:
“Yo merezco ser hijo de Dios”.
Esa es otra mentira que nos puede hacer perder el asombro por el hecho de ser somos hijos amados de Dios. Yo no tengo que dar gracias por algo que yo compré o me gané.
Pero no obviemos lo que dice el versĂculo 1 con respecto al amor de Dios. Juan dice que ese amor se “nos ha otorgado (por) el Padre”. El amor de Dios y el derecho a ser llamados Sus hijos no se ganan; no se otorga despuĂ©s de pasar un examen; no se compran con dinero ni con buenas obras.
El amor de Dios y el derecho a ser llamados Sus hijos es un regalo de Dios para nosotros en Jesucristo: Él dejĂł el cielo. ViviĂł la vida perfectamente obediente que tĂş y yo debimos haber vivido, pero no vivimos. MuriĂł la muerte cruel que tĂş y yo merecĂamos por nuestros pecados, para que no tengamos que ser castigados. Y resucitĂł triunfante para darnos este regalo.
¡Miren qué clase de amor!
Signos vitales: confesiĂłn
Dios quiere que cada vez que veamos pecado en nosotros, lo confesemos y recibamos Su perdón. Y eso hará todo cristiano verdadero.
¡Qué Modelo! ¡Qué Salvador!
Marcos, en el capĂtulo 14 de su evangelio, relata como JesĂşs fue traicionado por Judas y arrestado. TambiĂ©n relata que al llevar a JesĂşs al sumo sacerdote, se reunieron allĂ todos los principales sacerdotes, los ancianos y los escribas.
Todo ese concilio, que era como la Corte Suprema de los judĂos, sĂłlo querĂa una cosa: destruir o darle muerte a JesĂşs. Es por eso, que la primera parte del versĂculo 55 dice: “Y los principales sacerdotes y todo el Concilio procuraban obtener algĂşn testimonio para dar muerte a JesĂşs”. Pero la Ăşltima parte de ese mismo versĂculo agrega inmediatamente: “no lo hallaban”. No pudieron encontrar en JesĂşs algĂşn delito por el cual ser condenado.
Y el relato nos dice que no faltaron personas que dieran falso testimonio contra JesĂşs, al contrario, se nos dice que “muchos” lo hicieron. Pero aun asĂ, sus testimonios no coincidĂan. La ley judĂa establecĂa que “al que ha de morir se le dará muerte por la declaraciĂłn de dos o tres testigos. No se le dará muerte por la declaraciĂłn de un solo testigo” (Deu. 17:6).
Los falsos testigos, en su intento de tener algo en contra de JesĂşs, tergiversaron Sus palabras. Ellos afirmaron que habĂan escuchado a JesĂşs decir: “Yo destruirĂ© este templo hecho por manos, y en tres dĂas edificarĂ© otro no hecho por manos”. ÂżHabĂa JesĂşs dicho eso? SĂ, pero Él se referĂa a Su cuerpo –no al templo fĂsico–. Pero Marcos vuelve a decir en su relato: “Y ni siquiera en esto coincidĂa el testimonio de ellos” (v. 59).
JesĂşs permaneciĂł en silencio ante todos aquellos que testificaban contra Él, hasta que el Sumo Sacerdote le preguntĂł: “¿Eres TĂş el Cristo, el Hijo del Bendito?” (v. 61). Fue entonces cuando JesĂşs abriĂł Su boca y dijo explĂcitamente: “Yo soy; y verán al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo con las nubes del cielo” (v. 62). Dejando asĂ claro que Él estaba completamente seguro de quiĂ©n era e invitándonos a todos nosotros a estar seguros de quien Él es.
Fue por esa respuesta que JesĂşs fue acusado de blasfemia y declarado digno de muerte. Ahora, debido a que JesĂşs verdaderamente era quien habĂa dicho ser –lo cual demostrĂł al resucitar despuĂ©s de tres dĂas–; Su respuesta no fue una blasfemia y Él seguĂa siendo inocente.
UN HOMBRE INTACHABLE
JesĂşs es el modelo perfecto de integridad, rectitud y de un carácter intachable. Todos sus enemigos se unieron para buscar algo en Sus palabras o acciones que pudieran usar en Su contra y condenarlo. Y debido a que JesĂşs estaba ante Sus enemigos y no ante otro grupo, la bĂşsqueda de algo en Su contra fue minuciosa, muchas mentiras fueron dichas y Sus Palabras fueron tergiversadas. Pero al final, JesĂşs seguĂa siendo irreprensible. A pesar de los dardos y flechas que Sus enemigos le lanzaron con la mayor precisiĂłn y con todas sus fuerzas, JesĂşs se mantuvo en pie.
Pero JesĂşs no es sĂłlo un modelo, Él es principalmente el Salvador. Si, como JesĂşs, estuviĂ©ramos parados delante de personas que se oponen a nosotros, no pasarĂa mucho tiempo para que ellos encontraran algo en nuestra contra. Y aun si fuera posible ser declarados inocentes delante de ellos, no serĂa asĂ si estuviĂ©ramos delante del Dios que es tres veces santo y conoce todo nuestros pensamientos y cada una de nuestras motivaciones. Pero JesĂşs viviĂł la vida perfecta que nosotros no vivimos y muriĂł la muerte que nosotros merecĂamos para asĂ salvarnos.
¡Qué Modelo a imitar y que Salvador en quién confiar tenemos en Jesús!