¡Cuidado con pervertir el evangelio!

En la carta a los Gálatas, el apóstol Pablo le recordó a los cristianos que el perdón de pecados y el ser tratados como justos por Dios es un regalo que Dios nos da por la fe sola en Jesucristo solo. Y aunque esa no era la primera vez que las iglesias en Galacia escuchaban esa buena noticia, era necesario recordarla porque se habían levantado algunos enseñando que era necesario circuncidarse para ser salvados.

El apóstol Pablo dejó claro que esos falsos maestros pervertían el evangelio «por agradar a los hombres» (Gál. 1:10), «para no ser perseguidos a causa de la cruz de Cristo» (Gál. 6:12). Ahora, decir que lo que nos salva son nuestras buenas obras y no la obra de Jesucristo o que es la obra de Jesucristo más la nuestra no son la única manera en la cual el evangelio puede ser pervertido. Hoy en día, en el cual las naciones tienen leyes que invitan a abrazar el pecado como algo normal y a ver las cosas de Dios como algo extraño, nosotros seremos tentados a pervertir el evangelio para agradar a los hombres y evitar la persecución. ¿Cómo podríamos nosotros ser tentados a pervertir el evangelio hoy en día?

  • Al minimizar las malas noticias (todos somos pecadores merecedores de la condenación en el infierno) que preceden a la buenas noticias (Jesucristo salva pecadores).
  • Al decir que se puede ser salvo sin un arrepentimiento sincero y una fe bíblica en Jesucristo.

Gálatas 1:9 y 10 tiene algo que decirnos:

“Como hemos dicho antes, también repito ahora: Si alguno os anuncia un evangelio contrario al que recibisteis, sea anatema. Porque ¿busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo”.

En el versículo 9, Pablo (inspirado por Dios) dijo que es maldito todo aquel que pervierta el evangelio, sin importar quien sea –sea él mismo o un ángel–. Esa declaración es fuerte, pero no deberíamos esperar nada menos porque el evangelio es el mensaje más importante y urgente, del cual depende el destino eterno del hombre (varón y hembra).

En el versículo 10, Pablo dice que como siervo de Jesucristo, él no trata de agradar a los hombres, sino a Jesucristo. Nosotros hemos sido comprados con la preciosa sangre de Jesucristo (más valiosa que toda la plata y el oro de este mundo); Él es nuestro Señor y a Él debemos agradar.

La bondad de Dios ilustrada.

En 2 Samuel 9 se relata la bondad de David hacia Mefiboset; bondad que todos los cristianos debemos mostrar hacia aquellos que la necesitan a nuestro alrededor –aunque no la merezcan–. Ahora, no es menos cierto que lo que David hizo aquí no fue nada más que reflejar una bondad que Dios mismo había tenido hacia él. Dicho en palabras del Salmo 34:8, David había gustado y ahora estaba proclamando cuán bueno es Dios. Es por eso que David describe esta bondad que él iba a mostrar como «la bondad de Dios» (v. 3).

Lisiado de piePrimero, vemos en este pasaje la iniciativa del rey. No fueron ni los siervos de David, ni el siervo de la casa de Saúl ni Mefiboset quien le pidió a David que mostrara tal bondad. Más bien, fue el rey David quien tuvo la iniciativa de mostrar bondad aunque él no estaba en la obligación de hacerlo. Asimismo, Dios fue quien tuvo la iniciativa, desde la eternidad, de mostrar Su bondad hacia nosotros (aunque Él no nos necesita).

Segundo, vemos en este pasaje como el rey trae a Mefiboset ante su presencia. Debido a una caída cuando era niño (2 Sam. 4:4), Mefiboset estaba lisiado de ambos pies. Si no le era imposible, a Mefiboset le era sumamente difícil ir a donde el rey. Es debido a eso que David no mandó a decirle que venga, sino que «mandó traerlo». Asimismo, debido a nuestro pecado, ninguno de nosotros quiere ni puede ir a Dios de manera natural, Dios es quien nos atrae a Jesucristo en Su gracia (Jn. 6:44). Continuar leyendo La bondad de Dios ilustrada.

El clamor de la sangre de Jesús.

En Génesis 3 se relata la entrada del pecado al mundo, debido a la desobediencia del hombre; en Génesis 4 vemos al pecado en acción al Caín matar a su hermano Abel. Dios, entonces, le dice a Caín: “¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Génesis 4:10). Dios dice que la voz de la sangre de Abel, más que hablar, clama. ¿Qué clamaba la voz de la sangre de Abel? Clamaba por justicia, retribución, castigo para Caín. Esto es confirmado por el contexto: es debido al clamor de la voz de la sangre de Abel que Dios pronunció las siguientes palabras contra Caín: “Ahora pues, maldito eres de la tierra, que ha abierto su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Cuando cultives el suelo, no te dará más su vigor; vagabundo y errante serás en la tierra” (Gén. 4:11, 12; véase también Apocalipsis 6:10). Dios en Su justicia no podía hacerse de oídos sordos ante tal clamor y por eso maldijo a Caín.

Al igual que la sangre de Abel, la sangre de Jesucristo fue derramada por manos de hombres impíos. Pero el clamor de la voz la sangre de Jesucristo es muy diferente al de Abel: “y a Jesús, el mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la sangre de Abel” (Heb. 12:24). La voz de la sangre de Jesucristo no clama por maldición, sino por bendición; no clama por justicia (pues ya ésta fue satisfecha), sino por misericordia (la cual también es satisfecha); no clama por retribución, sino por gracia. Y es debido a que Dios es justo que Él no se hará de oídos sordos ante este clamor de Jesucristo a favor de nosotros que confiamos en Él y nos arrepentimos de nuestros pecados. Dicho de otra manera, Dios no nos hará pagar por lo que ya Jesucristo pagó por nosotros. El himnos “Ven, alma mía, ven”, escrito por Charles Wesley, lo dice de la siguiente manera:

“Las llagas de la cruz
suplican sin cesar;
Elevan oración,
con fuerza han de clamar:
¡Señor, perdona al pecador!
¡Señor, perdona al pecador!
¡No lo dejes morir! ¡Oh, No!”.

Owen sobre «La mortificación del pecado».

“Porque si viviereis conforme á la carne, moriréis; mas si por el Espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8:13).

Primeramente, el texto comienza con la palabra “si”. Pablo usa este “si” para indicar la conexión entre la mortificación de las obras de la carne y la vida. Esto es como decir a un hombre enfermo: “Si tomas la medicina, pronto te sentirás mejor”. Al hombre enfermo se le está prometiendo un mejoramiento en su salud, a condición de que siga las indicaciones que se le dan. En una manera semejante el “si” de nuestro texto nos dice que Dios ha señalado “la mortificación de las obras de la carne” como el medio infalible para alcanzar “la vida”. Existe una relación inquebrantable entre la verdadera mortificación del pecado y la vida eterna. “Si… mortificáis las obras de la carne, viviréis”. Aquí está entonces el motivo para obedecer el deber que Pablo prescribe.

Segundo, la palabra “vosotros” nos dice a quienes este deber y promesa tiene aplicación. “Vosotros” se refiere a los creyentes descritos en el primer versículo como “los que están en Cristo Jesús”. Se refiere a aquellos que “no estáis en la carne, sino en el espíritu” (vers. 9). Se refiere a aquellos en quienes mora el Espíritu (vers. 10-11). Es tonto e ignorante esperar que alguien que no sea un creyente verdadero, cumpla con este deber. Si pensamos cuidadosamente acerca de a quienes Pablo está escribiendo y qué es lo que les dice que hagan, podemos hacer la siguiente declaración: Los creyentes verdaderos, quienes definitivamente son libres del poder condenatorio del pecado (y de su esclavitud), no obstante, deben ocuparse a lo largo de sus vidas con la mortificación del poder del pecado que todavía permanece en ellos. Continuar leyendo Owen sobre «La mortificación del pecado».