Jesucristo se goza sobremanera.

A muchas personas les resulta difícil imaginarse a Jesucristo alegre; les es casi imposible ver al «varón de dolores y experimentado en aflicción» con gozo. Sin embargo, y sin negar Sus sufrimientos, Jesucristo fue una persona gozosa. ¿Cómo llego a esa conclusión? Parte del fruto del Espíritu es gozo (Gl. 5:22) y ya que Jesucristo vivió toda Su vida por el Espíritu, entonces Jesucristo fue una persona gozosa.

Pero eso no es todo, en Lucas 10:21 se relata lo siguiente: “En aquella misma hora El se regocijó mucho en el Espíritu Santo, y dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios y a inteligentes, y las revelaste a niños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado”. En este versículo se relata explícitamente que Jesucristo se gozó, y más aún, se gozó sobremanera. El verbo griego que se utiliza aquí para regocijar(se), usado pocas veces en el Nuevo Testamento, es “agaliáo”; compuesto por “ágan” que significa mucho y “jálomai” que significa saltar. El verbo en español que mejor transmite esa idea es exultar (i.e. Saltar de mucha alegría). ¡Mira a Jesucristo lleno de gozo! ¡Míralo gozarse sobremanera! ¡Mira como borbotaron alabanzas a Dios Padre desde el gozoso espíritu de Jesucristo! Continuar leyendo Jesucristo se goza sobremanera.

Madres, un hermoso regalo de un Dios más hermoso.

En este mes (Mayo) en el cual muchos celebran el día de las madres quiero honrar a las madres, en particular a la mía, como un hermoso regalo y honrar al Dios aún más hermoso que nos ha dado a las madres. Consideremos juntos a Isaías 49:15, que dice:

“¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré”.

Bebe y madreEsa fue la respuesta de Dios a Su pueblo, el cual decía: “El SEÑOR me ha abandonado, el Señor se ha olvidado de mí” (v. 14). Dios quería asegurarle a Su pueblo que independientemente de las circunstancias en las cuales ellos se encontraran, Él no los había abandonado ni olvidado. Y para lograr eso Dios tomó como ejemplo la compasión que tiene una madre por su hijo. ¿Por qué este ejemplo y no otro? Porque el amor de una madre por sus hijos si no es el más grande, es uno de los más grandes que puede tener una persona que habita en esta tierra para con otra persona de esta tierra.

Volvamos a la pregunta: “¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas?”. Respuesta: A duras penas una madre se olvidaría de sus hijos y no tendría compasión de ellos –difícilmente haga tal cosa, es casi imposible–. No es de extrañar que los compañeros hagan tal cosa, tal vez los amigos e incluso algunos familiares hagan eso, pero no una madre. Así es una madre: a ella misma le atormenta ver a sus hijos atormentados, busca el beneficio de sus hijos a expensas del suyo o como si el beneficio fuera directamente de ella1, se goza como ninguna otra persona de esta tierra al hacer bien a sus hijos. Pasa un día y pasa otro, mas sus hijos aún están en su memoria y su amor por ellos no se ha extinguido. Una madre no puede desprenderse fácilmente de sus hijos (en el sentido de olvidarlos y no amarlos), su corazón está atado fuertemente a ellos. Así que, mamá, por tu hermoso corazón y por manifestar tu amor de diversas maneras, hoy te digo: No ignoro tu mucho amor… ¡Gracias, sabe que yo también te amo!

Ahora, si el regalo es bueno, mucho más Aquel que lo dio; si el corazón de una madre es hermoso, aún más el corazón de Aquel que es bueno por naturaleza. Eso se confirma con lo que dice la segunda parte del versículo (Isaías 49:15b): “Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré”. La compasión divina excede con creces a la compasión de una madre. Aunque a duras penas una madre se olvidara de sus hijos y no tuviera compasión de ellos, Dios nunca olvidará a los Suyos –aunque a veces parezca así a nuestros sentidos–. Si lo primero (que una madre olvide a su hijo) es casi imposible que suceda, lo segundo (que Dios olvide a los Suyos) es absolutamente imposible que suceda. Dios, por Su gracia en Jesucristo, nunca dejará de tener compasión o de amar a los Suyos. ¡Oh Dios nuestro, cuánto te amamos!


1 Véase Mateo 15:21-28, donde la mujer cananea cuya hija estaba endemoniada no dijo: “Ten misericordia de mi hija… socorre a mi hija”; sino: “Señor, Hijo de David, ten misericordia de … ¡Señor, socórreme [a mí]!”. Su bienestar era el bienestar de su hija.

Él no se apartará, ni yo tampoco.

Me era difícil conciliar el sueño cuando me acostaba pensando acerca de la eternidad. Y es que yo, que vivo en el tiempo, no podía imaginar un estado sin tiempo o una clase de tiempo que dura para siempre. Sin embargo, confieso que eso no era lo que más me preocupaba, sino pensamientos que venían a mi mente tales como: “¿Qué si después de nueve trillones de años Dios se cansa de mí, dice que no debió haberme salvado y me destruye? ¿O qué si después de siete trillones de años yo soy el que me aparto en rebeldía contra Dios?”. Pero, en esos momentos hablaba a mí alma con varios pasajes de la Palabra de Dios y he aquí uno de los pasajes bíblicos más contundentes para mí:

“Haré con ellos un pacto eterno, por el que no me apartaré de ellos, para hacerles bien, e infundiré mi temor en sus corazones para que no se aparten de mí” (Jer. 32:40).

En este versículo se comienza hablando de un pacto, el nuevo pacto, y es descrito como eterno. Es decir que este pacto va más allá del aquí y el ahora, se extiende más allá de cincuenta o cien años, es eterno. En este pacto, el Dios que es fiel a Su Palabra, que nunca ha dejado de cumplir Sus promesas, el Dios que compromete Su gloria, Su nombre, a sí mismo, promete dos cosas.

Lo primero que Dios promete es: “no me apartaré de ellos, para hacerles bien”. Dios nunca se apartará de los Suyos, nunca se arrepentirá de salvarlos, nunca se volverá atrás de hacerles bien; más bien Él se alegrará al hacerles bien (vers. 41), hará del hacerles bien Su gozo. Y después de nueve trillones de años, Su alegría en los Suyos al hacerles el bien no habrá disminuido ni un poco, ni pensamiento alguno de volverse atrás pasará por Su mente.

Lo segundo que Dios promete es: “infundiré mi temor en sus corazones para que no se aparten de mí”. Dios dice que pondrá Su temor dentro los Suyos con el propósito de que ellos nunca se parten de Él –dicho de otra manera, con el propósito de que ellos no dejen de recibir la bendición de estar en la presencia de Dios–. Al parecer yo pensaba, aunque no lo expresara con palabras, poder permanecer cincuenta o cien años, pero siete trillones de años… no lo sabía. Pero lo cierto es que, como nos enseña este pasaje bíblico y otros pasajes más, en última instancia yo persevero no por mi resolución, sino por la resolución de Dios de preservarme; en última instancia el poder que me hace perseverar no es el mío, sino el de Dios. Por tanto, tú, yo y el resto de los Suyos podemos estar seguros de que el poder que nos hace perseverar hoy es el mismo que nos mantendrá firmes aun después de siete trillones de años. ¡Aleluya!

Roca de la eternidad.

Roca de la eternidad,
fuiste abierta Tú por mí.
Sé mi Escondedero fiel,
sólo encuentro paz en Ti.
Rico, limpio manantial,
en el cual lavado fui.

Aunque sea siempre fiel,
aunque llore sin cesar,
del pecado no podré
justificación lograr;
sólo en Ti teniendo fe
el perdón podré alcanzar.

Nada traigo para Ti,
mas tu cruz es mi sostén,
desprovisto y en escasez,
hallo en Ti la paz y el bien;
sucio y vil acudo a Ti,
a ser puro y limpio al fin.

Mientras haya de vivir,
y al instante de expirar;
cuando vaya a responder
en tu augusto tribunal,
sé mi escondedero fiel,
Roca de la eternidad.

Letra: Augustus M. Toplady, 1775, trad. T. M. Westrup. Música: Thomas M. Hastings, 1830.