Lecciones para el alma triste y angustiada.

Este sermón trata acerca de las lecciones que podemos aprender y aplicar a nuestra vida a partir del relato de Jesús en Getsemaní. Y éste va dirigido principalmente a cristianos cuya alma está triste o angustiada justo en este momento.

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Si el destino está escrito, entonces…

La doctrina bíblica del decreto de Dios enseña que «Dios ha decretado desde la eternidad, libre e inalterablemente, todo lo que ha de ocurrir en el tiempo y todo para Su gloria». Y uno de los pasajes bíblicos sobre la cual está basada esta doctrina es Isaías 46:9-11, que dice:

“Acordaos de las cosas anteriores ya pasadas, porque yo soy Dios, y no hay otro; yo soy Dios, y no hay ninguno como yo, que declaro el fin desde el principio y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho. Yo digo: “Mi propósito será establecido, y todo lo que quiero realizaré.” Yo llamo del oriente un ave de rapiña, y de tierra lejana al hombre de mi propósito. En verdad he hablado, ciertamente haré que suceda; lo he planeado, así lo haré”.

Creo que todo cristiano que ha sido convencido por la Biblia acerca de esta doctrina ha pasado al menos una noche sin dormir pensando en ésta y sus implicaciones. Personalmente, lo que me mantenía despierto era el adverbio “inalterablemente” –el hecho de que el decreto de Dios no puede ser cambiado–. Hay tres objeciones que podrían levantarse ahora y que me gustaría responder:

“¡NO IMPORTA LO QUE YO HAGA!”

La misma Biblia que nos enseña el decreto de Dios es la misma Biblia que nos dice que el hombre es responsable por sus acciones. Sí importa lo que hacemos o dejamos de hacer. Por ejemplo, somos responsables de predicar el evangelio para la salvación de los impíos (1 Co. 1:21); somos responsables de orar para que las cosas pasen (Stg. 5:17, 18). Continuar leyendo Si el destino está escrito, entonces…

Una de las mejores noticias que he recibido.

Chica orando

A lo largo de mi vida he recibido muchas buenas noticias. El evangelio de Jesucristo encabeza la lista. Pero ahora quisiera compartir una noticia que se encuentra entre los primeros lugares de mi lista de buenas noticias, esperando que ésta también sea para ti una de las mejores noticias que has recibido. En la última parte de Santiago 5:16 leemos lo siguiente:

“La oración eficaz [o ferviente] del justo puede lograr mucho”.

Muchos leen este versículo y concluyen que sólo los “grandes hombres de Dios” tienen la capacidad de hacer ciertos tipos de oraciones que serán respondidas por Dios. Pero eso es contrario a la maravillosa verdad que este pasaje bíblico quiere transmitir.

UN CRISTIANO COMÚN

En primer lugar, el justo del cual se habla en este pasaje no es una persona perfecta; sino que es una persona que confía en Jesucristo y está siendo progresivamente conformada a la imagen de Jesucristo –lo cual es cierto para todo cristiano verdadero–.

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¿Cómo perdonar?

Hace ya algunos años tuve un compañero irritante. Los que me conocen saben que rara vez me muestro a mí mismo enfadado o molesto. Así que cuando digo que este compañero era irritante, él era realmente irritante para mí. Sus palabras eran burlonas y sus acciones eran molestas. Y yo era muchas veces el objeto de sus deliberados “ataques”. Él profesaba ser cristiano y muchas veces se acercaba a mí para pedir perdón, pero muchas veces me preguntaba cómo debería responderle –aunque ya sabía la respuesta por la Biblia–.

Hasta una noche en la cual, mientras meditaba en todo esto, Dios me hizo ver que yo era mi compañero irritante. Yo era aquel que con mis palabras y mis acciones pecaba contra Dios. Yo era aquel que cometía pecados, por más pequeños que fueran, los cuales le daban a Dios deseos de vomitar. Yo soy aquel que profeso ser cristiano y voy constantemente a Dios diciendo “me arrepiento”. Entonces, le di gracias a Dios porque Él fue –y sigue siendo– más rápido en perdonar que yo. Y desde ese día, mi actitud hacia mi compañero cambió.

En Efesios 4:32 Dios nos manda: “Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo”. Debemos perdonar, y perdonar como Dios nos perdonó en Cristo. Y tener esto último presente en nuestra mente es muy útil al momento de perdonar: puede que te hayan ofendido deliberadamente, pero tú le has hecho lo mismo a Dios y Él te perdonó en Cristo; puede que el que te haya ofendido no sea tu amigo, pero tú eras enemigo de Dios y Él te perdonó en Cristo; puede que la ofensa haya sido grave, pero tu ofensa a Dios fue más grave y Él te perdonó en Cristo; puede que ésta no sea la segunda ni la tercera vez en la cual esa persona te dice “perdón”, pero tú has ofendido a Dios miles de veces y Él te perdonó –y te sigue perdonando– en Cristo.

En Cristo, Dios perdonó todos tus pecados, Él no te guarda rencor ni te castiga por ellos. ¿Quién eres tú, y que tan graves son las ofensas que comenten contra ti, para que hagas menos que perdonar? C. J. Mahaney dice:

“Cuando me enojo o me niego a perdonar a otros, estoy suponiendo que los pecados de los demás son más graves que mis pecados contra Dios. La cruz cambia mi perspectiva, porque a través de la cruz me doy cuenta de que ningún pecado que se cometa en mi contra puede ser tan grave como los incontables pecados que cometí en contra de Dios. En el momento en que nos percatamos de cuánto Dios nos ha perdonado, no nos resulta difícil perdonar a los demás” (Vivamos centrados en la cruz, p. 142).