Un enemigo en casa.

“Al pensar en el ‘corazón’”, dice Joshua Harris, “nos vienen a la mente simpáticos recortes de color rojo del día de los enamorados. Pero si a menudo examináramos nuestro corazón con honestidad, encontraríamos mentiras, egoísmo, lujuria, envidia y orgullo. ¡Y esa es la lista abreviada! El efecto sería similar a encontrar la foto de tu dulce abuelita en la lista de los diez criminales más buscados del país”1. Las últimas palabras de Harris son graciosas, pero la descripción que él hace del corazón es real y lamentable.

Es la misma Palabra de Dios la que nos habla del corazón de esa manera, por ejemplo, Jeremías 17:9 dice: “Más engañoso que todo, es el corazón, y sin remedio; ¿quién lo comprenderá?”. Nótese que este versículo no sólo dice que el corazón es sin remedio o extremadamente perverso, sino también que es engañoso. Es pertinente recordar que no se está hablando de algo fuera de nosotros. Más bien, se está hablando tanto de tu corazón como del mío. Este corazón que la Palabra de Dios describe como engañoso y perverso está dentro de ti, te acompañará a donde quiera que vayas; eres tú mismo –no el órgano que bombea sangre–. Sabe que hay un enemigo en casa.

Y como si todo esto fuera poco se agrega que el corazón es engañoso «más… que todo». No hay nadie ni nada más engañoso que tu propio corazón. Esto es confirmado por la pregunta que leemos al final del versículo: “¿quién lo comprenderá?”. ¡Qué terrible descripción del corazón! Hay muchos que no aceptan que su corazón sea engañoso y perverso por una simple razón: su corazón los está engañando. El corazón engaña al orgulloso cuando lo convence de que lo que está haciendo es sólo dar a conocer sus habilidades; el corazón engaña a la chismosa cuando la convence de que lo que está haciendo es sólo compartir información; el corazón engaña al fornicario cuando lo convence de que lo que está haciendo es incrementar sus conocimientos del cuerpo humano; el corazón engaña a la mentirosa cuando la convence de que lo que está haciendo es no decir toda la verdad. Continuar leyendo Un enemigo en casa.

PSC13: El poder de Su Palabra.

JOHN MACARTHUR: LA SUFICIENCIA DE LAS ESCRITURAS

STEVEN LAWSON: TRAED EL LIBRO (I)

STEVEN LAWSON: TRAED EL LIBRO (II)

STEVEN LAWSON: TRAED EL LIBRO (III)

Puede ver todas las sesiones de esta conferencia aquí: www.youtube.com/playlist?list=PLMvvgc4F6CvVQYv3Kwt-38tdhlFE60xtz

Edwards sobre “Los atributos de Dios están de tu lado”.

A todos los verdaderos cristianos:

Tú has escuchado qué ser superlativamente excelente es tu Dios. Sus excelencias son motivo de gozo y consuelo para ti; puedes sentarte y meditar en ellas con placer y deleite. Los pensamientos acerca de la grandeza, el poder, la santidad, y la justicia de Dios son motivo de terror para el impío, y serán motivo de terrible asombro para ellos por siempre; pero éstos son consoladores y causa de gozo para ti. Los más terribles y espantosos atributos de Dios no necesitan ser terribles para ti, sino consoladores. Puedes pensar en su gran poder, en su terrible majestad, en su justicia vindicativa, con gozo, así como pensar en su misericordia y bondad; puedes pensar con gozo en que Él es un fuego consumidor, así como pensar en que Él es la Rosa de Sarón y el Lirio de los Valles, porque todos sus atributos están en de tu lado; su justicia y santidad, así como su misericordia, amor, y compasión. Puedes pensar en su descenso del cielo para juicio en su terrible majestad, y todo el mundo cayendo en pedazos ante Él con terremotos y truenos y relámpagos, y los demonios y los hombres impíos temblando en horror inexpresable y en asombro ante la vista de Él, con tanto consuelo como puedes pensar en Él colgando en la cruz. Has sido librado de la ira de este terrible Ser, estás en Cristo, un refugio seguro contra todo peligro, y donde nunca necesitas temer la sensación de su venganza. Su ira será derramada sobre sus enemigos, pero tú estás seguro y no necesitas temer: estás fuera del camino de ese torrente de azufre que enciende el fuego del infierno, y te has acercado al monte de Sión, la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial, a miríadas de ángeles, a la asamblea general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos, y a Dios el Juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos ya perfectos, y a Jesús el mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la sangre de Abel. Continuar leyendo Edwards sobre “Los atributos de Dios están de tu lado”.

Estudia la Palabra, practícala y enséñala.

Esdras fue un sacerdote y escriba que subió de Babilonia a Jerusalén para realizar su ministerio. Parte de su ministerio era interpretar la Ley de Dios, y en esto Dios le había dado la gracia de ser un experto (Esd. 7:6, 11). En Esdras 7:10 encontramos un modelo de cómo debería ser todo maestro de la Palabra de Dios: “Ya que Esdras había dedicado su corazón a estudiar la ley del Señor, y a practicarla, y a enseñar sus estatutos y ordenanzas en Israel”. Esdras se dedicó de todo corazón, hizo una firme determinación, resolvió lo siguiente:

  1. Estudiar la ley del Señor. El objeto de estudio de Esdras fue la Palabra de Dios revelada hasta ese momento, y esto fue un estudio diligente. Esdras no fue como muchos hoy en día que, sin un estudio diligente previo, se sitúan detrás de un púlpito esperando que Dios le revele un mensaje. Más bien, él estudiaba diligentemente la Palabra de Dios, su mente iba a ella una y otra vez, la examinaba con cuidado, investigaba la voluntad que Dios había revelado tanto para él como para el pueblo de Israel.
  2. Practicarla. Esdras no buscaba meramente llenar su cabeza de conocimiento teológico. Esto lo sabemos porque él no sólo estudió la Palabra de Dios, sino que también resolvió practicarla. Una vez conocida cuál era la voluntad de Dios, lo primero que Esdras buscó no fue que el pueblo pusiera en práctica la Palabra, sino que él mismo la pusiera en práctica –él sería obediente–. Así, el pueblo vería no una división entre lo que Esdras enseñaba y practicaba, sino una práctica que adornaba su enseñanza.
  3. Enseñar sus estatutos y ordenanzas. Aunque lo primero que Esdras buscó fue que él mismo pusiera en práctica la Palabra de Dios, también enseñó la Palabra al pueblo. La Palabra de Dios fue lo que él enseñó, no las suyas, ni filosofías ni psicología –sólo la Palabra de Dios–. Esdras no enseñó las cosas que el pueblo quería oír o las cosas que a ellos les gustaban, sino que enseñó todo el consejo de Dios: habló acerca del pecado del hombre y habló de la misericordia de Dios, habló acerca de los imperativos y habló de los indicativos.

Nótese el orden que debería ser seguido: «[1] estudiar la ley del Señor, y a [2] practicarla, y a [3] enseñar«. Si primero no estudiamos la Palabra de Dios, no podremos practicarla ni enseñarla a otros o nuestra practica y enseñanza no será fiel. Si llenamos nuestra cabeza de conocimiento teológico que no practicamos, entonces seremos iguales a los escribas y fariseos que Jesucristo acusó de ser hipócritas. Y si nos atrevemos a enseñar lo que no practicamos, nuestras vidas obstaculizarán lo que enseñamos. Recuerda: estudia la Palabra, practícala y enséñala.

Nótese también como esta firme determinación de Esdras producida por la gracia de Dios: “fui fortalecido según estaba la mano del Señor mi Dios sobre mí” (Esd. 7:28); fue recompensada por la misma gracia –principalmente en la esfera espiritual, aunque también en la física–: “y el rey le concedió todo lo que pedía porque la mano del Señor su Dios estaba sobre él… la mano bondadosa de su Dios estaba sobre él” (7:6, 9).