¿Por qué el inocente fue condenado?

Esposas

Cuando Jesús fue llevado al sumo sacerdote para ser interrogado, Jesús respondió que podían preguntarles a todos los que habían oído sus enseñanzas ya que Él había hablado abiertamente. Entonces, uno de los alguaciles le dio una bofetada a Jesús. Y Jesús dijo: “Si he hablado mal, da testimonio de lo que he hablado mal; pero si hablé bien, ¿por qué me pegas?”. Jesucristo era inocente, Él no había cometido ningún crimen ni en palabra ni en acción; por lo tanto, no merecía ser abofeteado ni castigado de ninguna otra forma. Jesucristo fue el único que nunca pecó y siempre hizo lo correcto delante de los ojos de Dios.

LAS AUTORIDADES

Las autoridades conocen las leyes más que el pueblo y, por lo tanto, son capaces de encontrar delitos en alguien fácilmente. Aun así, Pilato (procurador romano de Judea) dijo acerca de Jesús: “yo no encuentro ningún delito en El” (Jn. 19:6).

LOS CONOCIDOS

Los conocidos no son ni amigos que pueden estar a favor ni enemigos que pueden estar en contra, hasta cierto punto su testimonio es imparcial. Jesús fue crucificado entre dos ladrones. Aunque es muy probable que hubieran escuchado acerca de Jesús, ellos no andaban con Jesús. Y uno de ellos dijo: “Y nosotros a la verdad, justamente, porque recibimos lo que merecemos por nuestros hechos; pero [Jesús] nada malo ha hecho” (Lc. 23:41). Continuar leyendo ¿Por qué el inocente fue condenado?

La visión que hace feliz.

En Mateo 5 encontramos las muy conocidas bienaventuranzas que Jesús pronunció mientras enseñaba en un monte. Y entre ellas se encuentra la siguiente:

“Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios” (Mateo 5:8).

Ser bienaventurado significa ser dichoso, feliz. Y la razón de esta felicidad es que los de limpio corazón verán a Dios; dicho de otra manera, los de limpio corazón son felices porque verán a Dios.

¿Quiénes son los de limpio corazón? Son aquellos que han puesto su fe en Jesucristo y han sido limpiados por Él (Jn. 13:10; Hch. 15:9). Ellos no son como esos fariseos que sólo limpian la parte de afuera del vaso (Mt. 23:26), enfocándose solamente en lo externo; ni como esos que tienen apariencia de piedad, pero niegan su poder (2 Ti. 3:5). Ellos no son como esos que dicen odiar a muerte al pecado cuando están entre la iglesia, pero lo acarician cuando están en la privacidad de sus habitaciones. Ellos son los de fe no fingida (1 Ti. 1:5). Ellos ahora tienen un sincero deseo por Dios y un firme propósito y esfuerzo de agradarle en todo. Ellos todavía no son perfectos, pero sin duda alguna algún día lo serán (Ef. 5:26, 27).

El hecho de que todavía pecamos es evidencia de que todavía no somos perfectos. En nuestro corazón todavía vive una concupiscencia (pasión pecaminosa) que nos lleva y seduce a pecar (Stg. 1:14). Y la Biblia no niega que el pecado es placentero, pero la Biblia nos dice toda la verdad: que el pecado es engañoso, su placer es de corta duración y su fin es muerte (Heb. 3:13; 11:25; Ro. 6:21).

Sin embargo, los de limpio corazón son felices porque verán a Dios. Y esa felicidad es más completa y más duradera que la que el pecado puede ofrecer porque como dijo el salmista acerca de Dios: “en tu presencia hay plenitud de gozo; en tu diestra, deleites para siempre” (Sal. 16:11).

Y mientras vivimos en el ya nuestros corazones han sido limpiados y el todavía nuestros corazones no han sido limpiados perfectamente, oramos como el salmista: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Sal. 51:10); si pecamos, confesamos a Dios nuestros pecados y confiamos en que “la sangre de Jesús su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7) y nos esforzamos en guardamos sin mancha del mundo (Stg. 1:27).

Dios se mueve de manera misteriosa: la meditación.

En el Salmo 22 podemos ver lo que yo llamo “la lucha entre los sentimientos y la fe” en el corazón de David. O para ser más preciso, podemos ver la lucha entre los sentimientos que no están basados en la Palabra de Dios y la fe que sí está basada en la Palabra de Dios.

En el versículo 1, el salmista se lamenta: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor?”. David está experimentado sufrimiento social tanto de su pueblo (vv. 6-8) como de sus enemigos (vv. 12, 13, 16-18). David está sufriendo emocional y físicamente (vv. 14, 15). David siente que Dios lo ha abandonado, siente que Dios se ha alejado, siente que Dios ya no responde a sus oraciones (v. 2).

Sin embargo, aunque David se siente de esa manera, él no ha perdido su fe en Dios. David sigue confiando en Dios como el Dios que está con y para él, por eso David dice: “Dios mío, Dios mío”. En vez de David correr de Dios, él corre hacia Dios. En vez de David dejar de clamar a Dios, él continúa clamando a Dios. En vez de David continuar en un lamento interminable, él cambia su lamento en alabanza (vv. 22-31).

Esa lucha (entre los sentimientos y la fe) que tuvo lugar en el corazón de David también tiene lugar en el corazón de todo creyente verdadero. Las aflicciones por las cuales pasamos, los sufrimientos que experimentamos, nos hacen sentir como que Dios nos ha abandonado. Pero no es así, podemos seguir aferrándonos a Dios como “mi Dios”; porque Dios sigue estando con Su pueblo y a favor de Su pueblo.

¿Cómo podemos saber que eso es verdad? Precisamente para eso fue que Dios Padre abandonó en ira a Su hijo Jesucristo en la cruz, para nunca tener que abandonarnos a ti y a mí. Él escondió de Jesucristo Su rostro, para hacer resplandecer sobre nosotros Su rostro y tener misericordia de nosotros. Ahora, todas las cosas que experimentamos –incluso los sufrimientos más agudos– obran para nuestro bien (Ro. 8:28). Cuando las aflicciones en nuestro camino abundan, también abunda el consuelo de Dios por medio de Cristo (2 Co. 1:5). Y aun cuando somos disciplinados por Dios, esa disciplina no viene de un corazón airado que quiere destruirnos; sino que la disciplina viene de un corazón amoroso que sabe lo que es mejor para nosotros (Heb. 12:5-11). Así que, cuando las aflicciones vengan a tu vida, recuérdale a tu alma:

“Las nubes que hoy infunden gran temor
Llenas están de gran misericordia
Que manda sobre [ti] en su amor.
[…]
Tras un hecho de un ceño fruncido
Su rostro esconde una sonrisa”.

Dios se mueve de manera misteriosa: el himno.

Dios se mueve de forma misteriosa
Buscando sus prodigios realizar;
Sus huellas deja en la mar anchurosa
Y en la tormenta se ve cabalgar.

En minas insondables que Él perfora,
Mostrando inigualable habilidad,
Sus brillantes diseños atesora
Y cumple su absoluta voluntad.

Que tomen nuevas fuerzas los creyentes;
Las nubes que hoy infunden gran temor
Llenas están de gran misericordia
Que manda sobre ellos en su amor.

No juzgues al Señor por tus sentidos,
Mas bien confía en Él y Su gracia;
Tras un hecho de un ceño fruncido
Su rostro esconde una sonrisa.

Sus designios madura presuroso,
Mostrando cada instante su labor;
Sabor amargo se halla en el capullo,
Mas es muy dulce el gusto de la flor.

En camino al error va el que no cree,
Busca su labor inútilmente;
Mas Dios que a sí mismo se interpreta,
Muestra que su yerro es evidente.