En Ezequiel 22 podemos leer el mensaje que Dios le encomendĂł al profeta para que lo entregara a la ciudad de JerusalĂ©n (Judá). En este mensaje, el profeta le harĂa saber al pueblo todos sus pecados y el juicio que Dios traerĂa. La palabra que se utiliza en el versĂculo 2 para referirse al pecado es abominaciĂłn, la cual señala algo repugnante. Los pecados de esta ciudad le daban a Dios deseos de vomitar.
PECADO Y JUICIO
Entre los pecados o abominaciones que el profeta Ezequiel le mostrĂł al pueblo se encuentran los siguientes:
- derramar sangre inocente,
- hacer Ădolos,
- despreciar a los padres,
- hacer violencia a los extranjeros,
- oprimir al huérfano y a la viuda,
- despreciar y profanar lo que es sagrado,
- cometer inmoralidad sexual,
- aceptar soborno y extorsionar,
- robar.
Y Dios, como Juez justo, no podĂa quedarse sin hacer nada ante el pecado del pueblo; por eso Él prometiĂł castigar a la ciudad de la siguiente manera: esparciendo a sus habitantes por toda la tierra y haciendo que quedara profanada a la vista de otras naciones.
NADIE A FAVOR…
El capĂtulo termina con Dios diciendo que aquellos que estaban supuestos a ser de beneficio al pueblo fueron, por el contrario, de perjuicio. Los profetas veĂan visiones falsas y decĂan mentiras. Los sacerdotes violaban la ley y profanaban lo sagrado. Los prĂncipes derramaban sangre y obtenĂan ganancias injustas.
Consideremos lo que dijo Dios en Ezequiel 22:30 y 31, esos versĂculos dicen literalmente lo siguiente: “BusquĂ© entre ellos alguien que levantara un muro y se pusiera en pie en la brecha delante de MĂ a favor de la tierra, para que Yo no la destruyera, pero no lo hallĂ©. He derramado, pues, Mi indignaciĂłn sobre ellos; con el fuego de Mi furor los he consumido; he hecho recaer su conducta sobre sus cabezas», declara el Señor DIOS”.
AquĂ Dios acusĂł al pueblo de que aparte de Ezequiel (y JeremĂas) no habĂa nadie justo que intercediera a favor de ellos. Algo que hizo MoisĂ©s en su tiempo: “Él dijo que los hubiera destruido, de no haberse puesto MoisĂ©s, Su escogido, en la brecha delante de Él, a fin de apartar Su furor para que no los destruyera” (Sal. 106:23). Pero ahora nadie habĂa levantado un muro ni se habĂa puesto en pie en la brecha para que Dios no los destruyera. Y por eso Dios los consumiĂł en Su furor santo y justo.
Hay dos cosas que quiero resaltar del carácter de Dios en los Ăşltimos dos versĂculos de Ezequiel que leĂmos: primero, que Dios quiere y se deleita en salvar (Ez. 18:23). NĂłtese que Dios dijo: “Busqué… alguien que levantara un muro… delante de MĂ a favor de la tierra, para que no la destruyera”. No fue que ese alguien estaba allĂ y Dios lo ignorĂł; Él mismo lo buscĂł, pero no lo encontrĂł. Me imagino a Dios diciendo en voz alta: “¿Hay alguien que se levante a favor de este pueblo? ÂżHay alguien? Estoy a punto de derramar mi indignaciĂłn sobre ellos, pero si tan solo alguien se pusiera en pie delante de mĂ… ÂżHay alguien ahĂ?”. Nadie.
Segundo, Dios es justo. NĂłtese que ya que Dios no habĂa encontrado a alguien que se pusiera en pie a favor del pueblo, Él dijo: “He derramado, pues, Mi indignaciĂłn sobre ellos”. SĂ, Dios es bueno. SĂ, Dios es amor. Pero no por eso Él se hará de la vista gorda ante el pecado, no por eso Él ignorará el pecado. Dios traerá a juicio todo pecador.
… CON LA EXCEPCIĂ“N DE
La sociedad en la cual vivimos hoy también comete pecados que Dios aborrece, por ejemplo: derraman sangre inocente, hacen violencia a los extranjeros, desprecian lo que es sagrado y cometen inmoralidad sexual. ¿Y qué es lo que Dios espera de nosotros los cristianos según lo que hemos visto en Ezequiel 22? Que nos pongamos en pie delante de Dios a favor de la tierra, para que Dios no la destruya.
Y eso no se hace participando de los mismos pecados de nuestra sociedad. Eso se hace viviendo en santidad, eso se hace haciendo buenas obras, eso se hace predicando el evangelio, eso se hace llamando a todos al arrepentimiento y a la fe, eso se hace rogándole a Dios que siga teniendo misericordia de nuestra sociedad y que conceda corrección a sus pecados.
Este artĂculo quedarĂa incompleto si no hablara de JesĂşs. Él es superior a MoisĂ©s, a Ezequiel y a JeremĂas juntos. En Él Dios demostrĂł no Su amor o Su justicia, sino Su amor y Su justicia –ambos atributos–. Él es el justo que se puso en pie delante de Dios a favor de pecadores como tĂş y como yo. Sobre Él Dios derramĂł toda su indignaciĂłn. Su cuerpo en la cruz se levantĂł como un muro que impidiĂł que fuĂ©ramos destruidos por el furor de Dios. Y hasta el dĂa de hoy Él intercede, en base a Su sacrificio, a favor de aquellos que nos arrepentimos y confiamos en Él.