Un Padre todo-sabio y todopoderoso.

Hay padres que tienen el poder para darle a sus hijos todo lo que ellos quieran. Pero eso no siempre es algo bueno. Si los padres, sin pensarlo dos veces, les dan a sus hijos absolutamente todo lo que ellos piden; en muchas ocasiones no estarán beneficiando a sus hijos, sino perjudicándolos. ¿Por qué? Porque no es cierto que todo lo que los hijos desean es lo que ellos realmente necesitan; no es cierto que todo lo que los hijos quieren es necesario justo ahora; no es cierto que todo lo que los hijos piden beneficiará sus almas.

Por otro lado, hay padres que saben lo que es mejor para sus hijos y procuran dárselo, pero muchas veces se ven obstaculizados porque ellos no pueden darles a sus hijos todo lo que ellos piensan que realmente necesitan.

Ahora, nuestro Padre celestial, de quien los creyentes venimos a ser hijos gracias a la obra de Jesucristo, no tiene las debilidades que mencionamos anteriormente. Dios no es como ese padre que le da a sus hijos todo lo que ellos piden; porque Él sabe que a veces pedimos mal, para gastar en placeres fuera de Dios que al final nos llevarán a la destrucción (Stg. 4:3, 4).

Pero Dios tampoco es como ese padre que, aunque sabe lo que es mejor para sus hijos, no tiene el poder para dárselo. Dios está comprometido a darle a Sus hijos todo lo que ellos necesitan en el momento en el que ellos realmente lo necesitan (Jn. 16:23). Y así lo hará, porque nada es demasiado difícil o imposible para Él.

Dios es el Padre todo-sabio y todopoderoso. En otras palabras, Dios sabe lo que es mejor para Sus hijos y tiene todo el poder para darle lo mejor a Sus hijos. ¿No estás agradecido de tener a ese Dios como tu padre?

Bloom sobre “La perseverancia”.

Las guerras son agotadoras –especialmente las largas–. Es por eso que a menudo estás cansado. Muchos soldados, que experimentan la ferocidad del combate, quieren salir de él. Es por eso que estás tentado a escapar. Es por eso que estás tentado a rendirte.

Pero no te rindas. No, más bien “esforzaos y no desmayéis, porque hay recompensa por vuestra obra” (2 Crónicas 15:7).

No te rindas cuando ese pecado familiar, que todavía está agachado en tu puerta después de todos estos años, salta otra vez con tentación:

“No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres; y fiel es Dios, que no permitirá que vosotros seáis tentados más allá de lo que podéis soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que podáis resistirla” (1 Corintios 10:13).

No te rindas cuando sientas ese profundo cansancio en tu alma debido a largas batallas con debilidades persistentes:

“Y El me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí” (2 Corintios 12:9).

No te rindas cuando tus largas pedidas-y-buscadas-y-tocadas oraciones todavía no han sido respondidas:

“Y les refería Jesús una parábola para enseñarles que ellos debían orar en todo tiempo, y no desfallecer” (Lucas 18:1).

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Una promesa que Jesús hizo antes de irse.

Antes de que Jesucristo ascendiera al Padre que lo había enviado, Él le hizo la siguiente promesa a Sus discípulos que quedaron en este mundo: “En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre, os lo dará en mi nombre” (Juan 16:23).

Primero, nótese la amplitud de la promesa: “si pedís algo”. La promesa es muy amplia ya que no se limita a algunas cosas, sino a “todo lo que le pidan” (NVI).

Segundo, nótese el medio: “si pedís… al Padre”. La oración es el medio por el cual recibimos de Dios aquellas cosas que queremos. Así lo ha establecido Dios. Si no utilizamos este medio no debemos esperar obtener las cosas que queremos.

Tercero, nótese la promesa en sí: “os lo dará”. Jesucristo le prometió a Sus discípulos que Dios les concedería todo lo que ellos pidieran a Dios por medio de la oración. “Obtendrán lo que piden”, Jesucristo prometió a los creyentes que oran.

Cuarto, nótese el fundamento: “en mi nombre”. Esto no es menos importante que todo lo anterior: el fundamento de una oración respondida es el nombre de Jesús. Eso significa que todo lo que se pide es de acuerdo a la voluntad de Dios y confiando únicamente en los méritos de Jesucristo.

Quinto, nótese la seguridad de esta promesa: “en verdad, en verdad os digo”. ¿Suena todo esto demasiado bueno para ser verdad? Jesucristo aseguró que esta promesa es cierta, es verdad. Por lo tanto, no cabe la más mínima duda de que se cumplirá.

La nación más grande, ¿cuál es?

Rascacielos

“Haz a América grande otra vez” es un eslogan de campaña que popularizó el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Estados Unidos es una gran nación en varios sentidos, por eso miles de personas quieren ser parte de ésta. Pero muchos norteamericanos reconocen que con el pasar del tiempo esta nación ha perdido ciertas cosas que la hacían grande y que deben recuperar.

Como cristianos, tenemos el gran privilegio de ser parte de la nación más grande –y no es EE. UU.–. Nosotros formamos parte del pueblo que Dios ha hecho Suyo y del pueblo que tiene a Dios como suyo. En Deuteronomio 4:7 y 8, Dios dice que debido a su relación con Él, las otras naciones verían a Israel como una gran nación:

“Porque, ¿qué nación grande hay que tenga un dios tan cerca de ella como está el Señor nuestro Dios siempre que le invocamos? ¿O qué nación grande hay que tenga estatutos y decretos tan justos como toda esta ley que hoy pongo delante de vosotros?”.

UN DIOS CERCANO

La primera razón, según el versículo 7, de por qué el pueblo de Dios es la nación más grande es porque su Dios es cercano. Tú no puedes simplemente decir que mañana vas a reunirte con el presidente y hacer que suceda. Tú no puedes simplemente ir al palacio presidencial y hablar con el presidente. Tener acceso al presidente es un privilegio que muy pocas personas tienen.

Pero no es así para el pueblo de Dios. Dios está cerca de Su pueblo, tan cerca que Sus oídos pueden escuchar claramente hasta el susurro que los Suyos dirigen a Él en oración. Y Él, teniendo todo el poder, se ha comprometido a suplir toda necesidad de Su pueblo.

UNA LEY JUSTA

La segunda razón, según el versículo 8, de por qué el pueblo de Dios es la nación más grande es porque tiene una ley justa. La ley que Dios ha dado a los Suyos es justa y, en consecuencia, es beneficiosa para el pueblo que la obedece. Al mismo tiempo, esta ley refleja la sabiduría y la inteligencia de Dios mismo. Esta ley, por lo tanto, es superior a todas las demás leyes de las otras naciones.

No hay otra ley “tan consonante con la equidad natural y los dictados sin prejuicios de la razón correcta, tan consistente consigo misma en todas sus partes y tan propicia para el bienestar y el provecho de la humanidad” (Matthew Henry).

Como pueblo de Dios, hagamos uso de estos grandes privilegios que tenemos al orar siempre y al obedecer Su Palabra.