Sproul sobre “La justicia de Dios”.

No hay conflicto entre el Dios del Antiguo y el del Nuevo Testamento. Fue el Dios del Antiguo Testamento a quien Cristo llamó, “Padre.” Fue el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, quien de tal manera amó al mundo, que envió a su único Hijo para redimirlo. La comida y la bebida de Jesús fue hacer la voluntad de este Dios. Fue el celo por este Dios lo que consumió a Cristo, el Dios que mató a Nadab, Abiú y a Uza. El mismo Dios que destruyó al mundo con un diluvio, es el mismo que derrama las lluvias de su gracia sobre nosotros.

El falso conflicto entre los dos testamentos puede ser visto en el más brutal acto de la venganza divina jamás registrado en la Escritura. No se encuentra en el Antiguo, sino en el Nuevo Testamento. La más violenta expresión de la ira y la justicia de Dios se pueden ver en la cruz. Si alguien ha tenido razones para quejarse de injusticia, fue Jesús. El fue el único hombre inocente al que Dios ha castigado. Si nos tambaleamos ante la ira de Dios, tambaleémonos ante la cruz. Es aquí donde nuestro asombro debe estar enfocado. Si tenemos causa para indignamos moralmente, dirijamos esa indignación hacia el Gólgota.

La cruz fue a la vez el ejemplo más horrible y el más hermoso de la ira de Dios. Fue el acto más justo y más lleno de gracia en la historia. Dios hubiera sido más que injusto, hubiera sido diabólico en castigar a Jesús, si Jesús no hubiese estado dispuesto a tomar sobre sí los pecados del mundo. Una vez que Cristo se hizo voluntariamente el Cordero de Dios, cargando nuestros pecados, entonces El se convirtió en la cosa más vil y grotesca sobre este planeta. Con la carga de nuestro pecado que El cargó, se hizo completamente repugnante al Padre. Dios derramó su ira sobre esta cosa obscena. Dios hizo a Cristo maldito por el pecado que El llevaba.

Aquí fue donde la justicia de Dios se manifestó perfectamente, y todo fue hecho por nosotros. Pues El tomó lo que la justicia demandaba de nosotros. Este aspecto, “por nosotros”, es lo que despliega la majestad de la gracia de la cruz, en donde se manifestó al mismo tiempo la gracia y la justicia, la ira y la misericordia. Es demasiado extraordinario para comprenderlo.

Este artículo es un extracto tomado de: R. C. Sproul. La santidad de Dios (Editorial Unilit, 1991), pp. 75, 76.

Dios y la tentación.

Mujer con manzana en la mano.

Aunque el decreto de Dios abarca los pecados de los hombres, Dios no es autor del pecado ni se complace en él. Y aunque no sabemos del todo cómo reconciliar ambas verdades, las afirmamos porque la Biblia –que es la verdad– las enseña. Santiago 1:13 nos enseña: “Que nadie diga cuando es tentado: Soy tentado por Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal y El mismo no tienta a nadie”.

Si las tentaciones no vienen de Dios, ¿de dónde vienen? Los versículos 13 y 14 nos responden: “Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado; y cuando el pecado es consumado, engendra la muerte”. Las tentaciones vienen de las pasiones pecaminosas que hay en nuestro corazón. Ellas son las que nos “llevan” y nos “seducen” para que pequemos, no Dios.

Dios no puede ser tentado. Dios nunca ha pensado en el pecado como una opción. Dios no tiene pasiones pecaminosas. Dios nunca se encuentra luchando en su interior entre hacer lo bueno o lo malo. Más bien, Él es «Santo, Santo, Santo» (Is. 6:3) y «muy limpios son [Sus] ojos para mirar el mal» (Hab. 1:13).

Ese mismo Dios, en la persona de Jesucristo, se hizo completamente hombre y fue tentado en todo, pero sin pecado (Heb. 4:15). Jesús no tuvo pasiones pecaminosas como las tenemos nosotros. Pero eso no hizo que las tentaciones que Él experimentó fueran ligeras. Recordemos que Adán tampoco tenía pasiones pecaminosas, pero aun así pecó. Y Jesús, aunque tentado en todo, nunca pecó. Por lo tanto, Jesús es poderoso para –y está dispuesto a– socorrer a los que son tentados. Acerquémonos a Él, antes de la tentación, para ser ayudados a no ceder. Pero al mismo tiempo, Él se sacrificó en la cruz para así perdonar a aquellos que han cedido a las tentaciones. Acerquémonos a Él, después de la tentación –si hemos pecado–, en arrepentimiento y fe.

En resumen, Dios no puede ser tentado y Él no tienta. Pero Dios puede socorrer y Él perdona.

Cómo correr bien la carrera cristiana.

CorredoresUn atleta que corre en una carrera no puede darse el lujo de mirar hacia atrás. Aun cuando está cerca de la meta él no mira hacia atrás, sino que extiende su cuerpo hacia la meta. Mirar atrás, aunque sea por un segundo, podría hacer que el atleta pierda la carrera.

Es muy probable que esa (un atleta corriendo en una carrera) sea la imagen que el apóstol Pablo tenía en mente cuando escribió lo siguiente:

“No que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:12-14).

Pablo admitió que él todavía no había cruzado la meta. Él no era perfecto. Él todavía no había llegado al cielo con Jesucristo, todavía no había sido conformado a la imagen de Jesucristo –ni en cuerpo ni en espíritu–. Todavía pecados y debilidades vivían en él. Pero él seguía corriendo y se dirigía a la meta. Y Pablo corría bien: él olvidaba lo que quedaba atrás y se extendía hacia lo que estaba delante. Continuar leyendo Cómo correr bien la carrera cristiana.

¿Qué nos recuerda la navidad? [Sermón]

La navidad nos recuerda cuán débil somos, pero también nos recuerda cuán fuerte es Dios. La navidad nos recuerda cuán grande es nuestro pecado, pero también cuán grande es el amor de Dios.

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