La bondad de Dios es notoria en la variedad de placeres naturales que ha provisto para sus criaturas. Dios podĂa haberse contentado satisfaciendo nuestra hambre sin que la comida fuera agradable a nuestro paladar. ¡QuĂ© evidente es su bondad en la variedad de gustos que ha dado a la carne, las verduras y las frutas! Dios nos ha dado, no sĂłlo los sentidos, sino tambiĂ©n aquello que los satisface; y esto, tambiĂ©n, revela su bondad. La tierra podĂa haber sido igualmente fĂ©rtil sin que su superficie fuera tan deliciosamente variada. Nuestra vida fĂsica podrĂa haberse mantenido sin las flores hermosas que regalan nuestra vista y que exhalan dulces perfumes. PodrĂamos haber andado sin que los oĂdos nos trajeran la mĂşsica de los pájaros. ÂżDe dĂłnde proviene, pues, esta hermosura, este encanto tan generosamente venido sobre la faz de la naturaleza? Verdaderamente, “las misericordias de Jehová sobre todas sus obras” (Salmo 145:9).
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La bondad de Dios apareciĂł más gloriosa que nunca cuando “enviĂł su Hijo, hecho de mujer, hecho sĂşbdito a la ley, para que redimiese a los que estaban debajo de la ley, a fin de que recibiĂ©semos la adopciĂłn de hijos” (Gálatas 4:4, 5). Fue entonces cuando una multitud de las huestes celestes alabĂł a su Creador y dijo: “Gloria en las alturas a Dios, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres” (Lucas 2:14). Si, en el Evangelio, “la gracia (en el original griego “bondad”) de Dios que trae salvaciĂłn a todos los hombres, se manifestó” (Tito 2:11). Tampoco la bondad de Dios puede ser puesta en entredicho porque no hiciera objeto de su gracia redentora a todas las criaturas pecadoras. Tampoco lo hizo asĂ con los ángeles caldos. Si Dios hubiera dejado que todos perecieran, ello no se hubiera reflejado en su bondad. Al que discuta tal afirmaciĂłn le recordamos la soberana prerrogativa de nuestro Señor: “¿No me es lĂcito a mĂ hacer lo que quiero con lo mĂo? o Âżes malo tu ojo, porque yo soy bueno?” (Mateo 20:15).
“Alaben la misericordia de Jehová, y sus maravillas para con los hijos de los hombres” (Salmo 107:8). La gratitud es la respuesta justamente requerida de los que son objeto de su benevolencia; pero, porque su bondad es tan constante y abundante, a nuestro gran Benefactor, le es negada a menudo esta gratitud. Es tenida en poca estima porque es ejercida hacia nosotros en el curso normal de los eventos. No es sentida porque la experimentamos diariamente. “¿Menosprecias las riquezas de su benignidad?” (Romanos 2:4). Su bondad es “menospreciada” cuando no es perfeccionada como medio de llevar, a los hombres al arrepentimiento, sino que, por el contrario, sirve para endurecerlos al suponer que Dios pasa por alto su pecado.
La bondad de Dios es la esencia de la confianza del creyente. Esta excelencia de Dios es la que más apela a nuestros corazones. Su bondad permanece para siempre, y, por ello, nunca deberĂamos desanimarnos: “Bueno es Jehová para fortaleza en el dĂa de la angustia; y conoce a los que en El confĂan” (Nahum 1:7). “Cuando otros se portan mal con nosotros, ello deberĂa llevamos a dar gracias al Señor, porque El es bueno; y, cuando somos conscientes de estar lejos de ser buenos, deberĂamos bendecirle más reverentemente, porque Él es bueno. No debemos permitirnos ni un momento de incredulidad acerca de la bondad de Dios; aunque todo lo demás sea puesto en duda, esto es absolutamente cierto: Jehová es bueno; sus dispensaciones pueden variar, pero su naturaleza es siempre la misma” (C. H. Spurgeon).
Este artĂculo es un extracto tomado de: Arthur W. Pink. Los atributos de Dios (Barcelona, España: El Estandarte de la Verdad, 1997), pp. 83-86.