Whitney sobre “Métodos para meditar en la Escritura”.

1. Haga énfasis en diferentes palabras del texto. Este método toma el versículo o frase de las Escrituras y le da vueltas para examinar cada faceta como si fuera un diamante.

2. Reescriba el texto con sus propias palabras. Con este método, imagine que está enviando el versículo que eligió en un mensaje a alguien. ¿Cómo expresaría exactamente el contenido del versículo, pero sin utilizar las palabras del versículo?

3. Formule un principio del texto: ¿qué enseña? Considérelo una especie de resumen del mensaje principal del pasaje.

4. Piense en una ilustración del texto: ¿qué imagen lo explica? Puede ser una anécdota personal, un acontecimiento de las noticias o de la historia, un cita textual, una analogía, una canción: cualquier cosas que arroje luz sobre el pasaje.

5. Busque cómo aplicar el texto. Pregúntese: ¿Cómo debo responder a este texto? ¿Qué querrá Dios que yo haga como consecuencia de mi encuentro con esta parte de su Palabra? ¿Cómo debería cumplir esta parte de ella? ¿Hay algo que empezar, detener, confesar, orar, creer o decirle a alguien?

6. Pregunte de qué manera señala el texto a la ley o al evangelio. Con este método de meditación, usted busca de qué manera el pasaje en el que está meditando apunta hacia algún aspectos de la ley, del evangelio o de ambos. Continuar leyendo Whitney sobre “Métodos para meditar en la Escritura”.

La enfermedad más terrible del corazón.

Hay una enfermedad que amenaza nuestros corazones: incredulidad que lleva al corazón a endurecerse. Y el remedio contra esta terrible enfermedad es la exhortación cada día.

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La bondad de Dios ilustrada.

En 2 Samuel 9 se relata la bondad de David hacia Mefiboset; bondad que todos los cristianos debemos mostrar hacia aquellos que la necesitan a nuestro alrededor –aunque no la merezcan–. Ahora, no es menos cierto que lo que David hizo aquí no fue nada más que reflejar una bondad que Dios mismo había tenido hacia él. Dicho en palabras del Salmo 34:8, David había gustado y ahora estaba proclamando cuán bueno es Dios. Es por eso que David describe esta bondad que él iba a mostrar como «la bondad de Dios» (v. 3).

Lisiado de piePrimero, vemos en este pasaje la iniciativa del rey. No fueron ni los siervos de David, ni el siervo de la casa de Saúl ni Mefiboset quien le pidió a David que mostrara tal bondad. Más bien, fue el rey David quien tuvo la iniciativa de mostrar bondad aunque él no estaba en la obligación de hacerlo. Asimismo, Dios fue quien tuvo la iniciativa, desde la eternidad, de mostrar Su bondad hacia nosotros (aunque Él no nos necesita).

Segundo, vemos en este pasaje como el rey trae a Mefiboset ante su presencia. Debido a una caída cuando era niño (2 Sam. 4:4), Mefiboset estaba lisiado de ambos pies. Si no le era imposible, a Mefiboset le era sumamente difícil ir a donde el rey. Es debido a eso que David no mandó a decirle que venga, sino que «mandó traerlo». Asimismo, debido a nuestro pecado, ninguno de nosotros quiere ni puede ir a Dios de manera natural, Dios es quien nos atrae a Jesucristo en Su gracia (Jn. 6:44). Continuar leyendo La bondad de Dios ilustrada.

El clamor de la sangre de Jesús.

En Génesis 3 se relata la entrada del pecado al mundo, debido a la desobediencia del hombre; en Génesis 4 vemos al pecado en acción al Caín matar a su hermano Abel. Dios, entonces, le dice a Caín: “¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Génesis 4:10). Dios dice que la voz de la sangre de Abel, más que hablar, clama. ¿Qué clamaba la voz de la sangre de Abel? Clamaba por justicia, retribución, castigo para Caín. Esto es confirmado por el contexto: es debido al clamor de la voz de la sangre de Abel que Dios pronunció las siguientes palabras contra Caín: “Ahora pues, maldito eres de la tierra, que ha abierto su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Cuando cultives el suelo, no te dará más su vigor; vagabundo y errante serás en la tierra” (Gén. 4:11, 12; véase también Apocalipsis 6:10). Dios en Su justicia no podía hacerse de oídos sordos ante tal clamor y por eso maldijo a Caín.

Al igual que la sangre de Abel, la sangre de Jesucristo fue derramada por manos de hombres impíos. Pero el clamor de la voz la sangre de Jesucristo es muy diferente al de Abel: “y a Jesús, el mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la sangre de Abel” (Heb. 12:24). La voz de la sangre de Jesucristo no clama por maldición, sino por bendición; no clama por justicia (pues ya ésta fue satisfecha), sino por misericordia (la cual también es satisfecha); no clama por retribución, sino por gracia. Y es debido a que Dios es justo que Él no se hará de oídos sordos ante este clamor de Jesucristo a favor de nosotros que confiamos en Él y nos arrepentimos de nuestros pecados. Dicho de otra manera, Dios no nos hará pagar por lo que ya Jesucristo pagó por nosotros. El himnos “Ven, alma mía, ven”, escrito por Charles Wesley, lo dice de la siguiente manera:

“Las llagas de la cruz
suplican sin cesar;
Elevan oración,
con fuerza han de clamar:
¡Señor, perdona al pecador!
¡Señor, perdona al pecador!
¡No lo dejes morir! ¡Oh, No!”.