Las madres reflejan de una manera especial el tierno amor de Dios por Sus hijos. Al mismo tiempo, el amor de Dios por Su pueblo excede infinitamente el amor de todas las madres por sus hijos.
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Una promesa que JesĂşs hizo antes de irse.
Antes de que Jesucristo ascendiera al Padre que lo habĂa enviado, Él le hizo la siguiente promesa a Sus discĂpulos que quedaron en este mundo: “En verdad, en verdad os digo: si pedĂs algo al Padre, os lo dará en mi nombre” (Juan 16:23).
Primero, nĂłtese la amplitud de la promesa: “si pedĂs algo”. La promesa es muy amplia ya que no se limita a algunas cosas, sino a “todo lo que le pidan” (NVI).
Segundo, nĂłtese el medio: “si pedĂs… al Padre”. La oraciĂłn es el medio por el cual recibimos de Dios aquellas cosas que queremos. AsĂ lo ha establecido Dios. Si no utilizamos este medio no debemos esperar obtener las cosas que queremos.
Tercero, nĂłtese la promesa en sĂ: “os lo dará”. Jesucristo le prometiĂł a Sus discĂpulos que Dios les concederĂa todo lo que ellos pidieran a Dios por medio de la oraciĂłn. “Obtendrán lo que piden”, Jesucristo prometiĂł a los creyentes que oran.
Cuarto, nótese el fundamento: “en mi nombre”. Esto no es menos importante que todo lo anterior: el fundamento de una oración respondida es el nombre de Jesús. Eso significa que todo lo que se pide es de acuerdo a la voluntad de Dios y confiando únicamente en los méritos de Jesucristo.
Quinto, nĂłtese la seguridad de esta promesa: “en verdad, en verdad os digo”. ÂżSuena todo esto demasiado bueno para ser verdad? Jesucristo asegurĂł que esta promesa es cierta, es verdad. Por lo tanto, no cabe la más mĂnima duda de que se cumplirá.
ÂżCĂłmo puedo saber si amo a JesĂşs?
La importancia de algo es evidente por el número de veces que se repite. Cuando le repetimos varias veces una misma cosa a alguien, esperamos que no lo olvide, porque es importante. En Juan 14 encontramos una verdad que Jesús repite varias veces: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (v. 15); otra vez: “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama” (v. 21); y otra vez: “Si alguno me ama, guardará mi palabra” (v. 23); y una vez más, ahora de forma negativa: “El que no me ama, no guarda mis palabras” (v. 24).
Guardar los mandamientos o las palabras de Jesús no es tener una Biblia o conocerla, nótese que Jesús dijo «el que tiene mis mandamientos y los guarda». Guardar los mandamientos de Jesús es más que conocerlos; es obedecer los mandamientos de Jesús, seguir Sus palabras.
Por el resto de la Biblia sabemos que el amor a Dios no es Ăşnicamente una obediencia externa (sin afecto). Pero este pasaje nos dice algo que no es menos cierto: el amor a Dios no es Ăşnicamente un afecto interno (sin obediencia). El amor a Dios no es afecto o obediencia. El amor a Dios implica afecto y obediencia.
Hay una estrecha relaciĂłn entre tener afecto por JesĂşs y obedecer las palabras de JesĂşs. Y la importante verdad que JesĂşs no quiere que olvidemos es que si tenemos un afecto real por Él, entonces Ă©ste se evidenciará en una obediencia a Sus palabras. Alguien dijo que insistir en que amamos a JesĂşs cuando desobedecemos Sus mandamientos es un auto-engaño. Obedecer Sus mandamientos tiene más peso que decir “¡Te amo, JesĂşs!”, más que “sentir mariposas en el estĂłmago”, más que levantar las manos al cantar. Y tal cosa no deberĂa extrañarnos ya que cuando amamos a alguien buscamos hacer todo lo que agrada a esa persona.
Asà que, ¿cómo puedo manifestar mi amor por Jesús? Guardando Sus mandamientos. ¿Cómo sé que mi afecto por Jesús es real? Guardando Sus mandamientos.
ÂżPor quĂ© aun despuĂ©s de convertirnos en cristianos muchas veces desobedecemos Sus mandamientos? Porque –todavĂa– no siempre amamos a JesĂşs tanto como Él merece ser amado. Pero pidámosle perdĂłn confiadamente cada vez que pequemos y recibiremos Su perdĂłn. Y esa es una faceta de Su belleza, que al ser contemplada hace que amemos más a JesĂşs.
Pink sobre “La bondad de Dios”.
La bondad de Dios es notoria en la variedad de placeres naturales que ha provisto para sus criaturas. Dios podĂa haberse contentado satisfaciendo nuestra hambre sin que la comida fuera agradable a nuestro paladar. ¡QuĂ© evidente es su bondad en la variedad de gustos que ha dado a la carne, las verduras y las frutas! Dios nos ha dado, no sĂłlo los sentidos, sino tambiĂ©n aquello que los satisface; y esto, tambiĂ©n, revela su bondad. La tierra podĂa haber sido igualmente fĂ©rtil sin que su superficie fuera tan deliciosamente variada. Nuestra vida fĂsica podrĂa haberse mantenido sin las flores hermosas que regalan nuestra vista y que exhalan dulces perfumes. PodrĂamos haber andado sin que los oĂdos nos trajeran la mĂşsica de los pájaros. ÂżDe dĂłnde proviene, pues, esta hermosura, este encanto tan generosamente venido sobre la faz de la naturaleza? Verdaderamente, “las misericordias de Jehová sobre todas sus obras” (Salmo 145:9).
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La bondad de Dios apareciĂł más gloriosa que nunca cuando “enviĂł su Hijo, hecho de mujer, hecho sĂşbdito a la ley, para que redimiese a los que estaban debajo de la ley, a fin de que recibiĂ©semos la adopciĂłn de hijos” (Gálatas 4:4, 5). Fue entonces cuando una multitud de las huestes celestes alabĂł a su Creador y dijo: “Gloria en las alturas a Dios, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres” (Lucas 2:14). Si, en el Evangelio, “la gracia (en el original griego “bondad”) de Dios que trae salvaciĂłn a todos los hombres, se manifestó” (Tito 2:11). Tampoco la bondad de Dios puede ser puesta en entredicho porque no hiciera objeto de su gracia redentora a todas las criaturas pecadoras. Tampoco lo hizo asĂ con los ángeles caldos. Si Dios hubiera dejado que todos perecieran, ello no se hubiera reflejado en su bondad. Al que discuta tal afirmaciĂłn le recordamos la soberana prerrogativa de nuestro Señor: “¿No me es lĂcito a mĂ hacer lo que quiero con lo mĂo? o Âżes malo tu ojo, porque yo soy bueno?” (Mateo 20:15).
“Alaben la misericordia de Jehová, y sus maravillas para con los hijos de los hombres” (Salmo 107:8). La gratitud es la respuesta justamente requerida de los que son objeto de su benevolencia; pero, porque su bondad es tan constante y abundante, a nuestro gran Benefactor, le es negada a menudo esta gratitud. Es tenida en poca estima porque es ejercida hacia nosotros en el curso normal de los eventos. No es sentida porque la experimentamos diariamente. “¿Menosprecias las riquezas de su benignidad?” (Romanos 2:4). Su bondad es “menospreciada” cuando no es perfeccionada como medio de llevar, a los hombres al arrepentimiento, sino que, por el contrario, sirve para endurecerlos al suponer que Dios pasa por alto su pecado.
La bondad de Dios es la esencia de la confianza del creyente. Esta excelencia de Dios es la que más apela a nuestros corazones. Su bondad permanece para siempre, y, por ello, nunca deberĂamos desanimarnos: “Bueno es Jehová para fortaleza en el dĂa de la angustia; y conoce a los que en El confĂan” (Nahum 1:7). “Cuando otros se portan mal con nosotros, ello deberĂa llevamos a dar gracias al Señor, porque El es bueno; y, cuando somos conscientes de estar lejos de ser buenos, deberĂamos bendecirle más reverentemente, porque Él es bueno. No debemos permitirnos ni un momento de incredulidad acerca de la bondad de Dios; aunque todo lo demás sea puesto en duda, esto es absolutamente cierto: Jehová es bueno; sus dispensaciones pueden variar, pero su naturaleza es siempre la misma” (C. H. Spurgeon).
Este artĂculo es un extracto tomado de: Arthur W. Pink. Los atributos de Dios (Barcelona, España: El Estandarte de la Verdad, 1997), pp. 83-86.