¿Qué nos recuerda la navidad?

“Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo: enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:3, 4).

La ley aquí se refiere a todos los mandamientos revelados por Dios y que el hombre está en la obligación de cumplir. Entre esos mandamientos se encuentran que no se debe robar, que no se debe adulterar y que no se debe tener otros dioses delante del Dios verdadero. ¿Qué es lo que la ley no pudo hacer? Salvar de la culpa del pecado y del dominio del pecado. Por medio de nuestra obediencia a la ley no podemos salvarnos de la condenación y no podemos romper las cadenas que nos esclavizan al pecado.

Ahora, el versículo aclara que la salvación por medio de la obediencia a la ley es imposible no porque haya algún defecto en la ley. La ley es santa, justa y buena (Ro. 7:12). Es imposible debido a que la ley es débil por la carne. En otras palabras, el problema no está en la ley, el problema está en nosotros. El problema está en que la naturaleza humana ha sido debilitada tanto por el pecado que es incapaz de cumplir la ley.

La ley buena y justa de Dios nos dice “no codiciarás”, pero nuestro corazón rebelde nos hace codiciar. La ley buena y justa de Dios nos dice “no matarás”, pero nuestro corazón rebelde nos hace matar. La ley buena y justa de Dios nos dice “no cometerás adulterio”, pero nuestro corazón rebelde nos hace cometer adulterio. La ley buena y justa de Dios nos dice “honra a tu padre y a tu madre”, pero nuestro corazón rebelde nos hace deshonrarlos (véase Ro. 7:8-11). Recordemos que todos esos pecados pueden nunca exteriorizarse, pero siguen siendo pecados y dignos de condenación.

¿Qué nos recuerda la navidad?

  • La navidad nos recuerda cuán débil somos: Somos incapaces de obedecer perfectamente la ley de Dios y así salvarnos.
  • La navidad nos recuerda cuán grande es nuestro pecado: Ningún pecado, por más insignificante que parezca a nuestros ojos, es tan pequeño como para que Dios simplemente lo ignore.

1ra parte; 2da parte

 

Perdón: 100% garantizado.

Hace unos años atrás, estaba predicándole el evangelio a una persona. Y mientras conversábamos esta persona me dijo: “pediré perdón a Dios a ver si me acepta”. ¿A ver si [Dios] me acepta? ¿Es eso todo lo que se ofrece en el cristianismo –una mera posibilidad de perdón y salvación–? Si eso fuera lo que se ofreciera en el cristianismo, éste no sería más que una mera religión.

Por ejemplo, el islamismo no ofrece seguridad de salvación, sino instrucciones para conseguir el favor de su dios. La “esperanza” en el hinduismo es estar atrapado en un ciclo karmático de reencarnación (samsara) hasta su liberación (moksha), “y es abandonado para que busque su propia salida” (Geisler y Brooks). Algo similar se ofrece en el budismo (con la diferencia de que ellos no buscan el cielo o estar con Dios, sino la eliminación de todo sufrimiento, deseo o ilusión del yo).

Pero el cristianismo sí es más que una mera religión. Jesucristo dijo: “al que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera” (Juan 6:37). Jesús no dijo que Él recibirá sólo a algunos de los que van a Él o a la mayoría. No, todo aquel que le da la espalda a sus pecados y va confiadamente a Él será recibido. En la traducción al español no se nota mucho que las palabras de Jesús son enfáticas. Jesucristo utilizó una negación enérgica, es como si Él hubiera dicho: “Yo nunca, nunca rechazaré a aquel que viene a mí”.

Pero eso no es todo, Jesucristo también confirmó que todo aquel que se acerca a Él sinceramente arrepentido será perdonado de todo pecado: “A éste Dios exaltó a su diestra como Príncipe y Salvador, para dar arrepentimiento a Israel, y perdón de pecados.” (Hechos 5:31). Por el contexto sabemos que de quien se está hablando aquí es de Jesús –¡Él es el Príncipe y Salvador!–. También sabemos que Dios lo exaltó por medio de Su resurrección y, posteriormente, Su ascensión.

Ahora nótese el propósito de la exaltación de Jesús: dar arrepentimiento y perdón de pecados. Jesucristo da tanto lo uno como lo otro, arrepentimiento y perdón. Todo aquel que se arrepiente sinceramente de sus pecados también será perdonado de todos sus pecados. Charles Spurgeon dijo: “Arrepentimiento y perdón están entrelazados por el propósito eterno de Dios. Lo que Dios ha juntado, no lo separe el hombre”.

Si tú has ido a Jesucristo sinceramente arrepentido de tus pecados, eres perdonado tan cierto como que Su tumba está vacía.

No tan rápido… Dios ha decretado los medios.

Dios está sentado en Su trono, como el gobernador supremo, dirigiendo toda Su creación. Él, desde la eternidad, ha decretado todo lo que ha de suceder en el tiempo de una manera inalterable. Ahora, eso no significa que nosotros nos vamos a cruzar de brazos mientras miramos a las cosas que sucederán. Dios nos llama a actuar, a obrar, a movernos y nos considera responsables tanto de lo que hacemos como de lo que no hacemos. Y eso es así porque Dios no tan solo ha decretado el fin, sino también el medio para llegar a ese fin.

Eclesiastés 11:6 dice: “De mañana siembra tu semilla y a la tarde no des reposo a tu mano, porque no sabes si esto o aquello prosperará, o si ambas cosas serán igualmente buenas”. Dios es el que hace todas las cosas: Él dirige el camino del viento, la caída de la lluvia y todo lo demás –incluso la formación de los huesos en el vientre de una mujer embarazada–. Y aunque nosotros no conocemos la obra de Dios en ninguna de esas cosas; debemos trabajar si queremos recibir los frutos de nuestro trabajo. ¿Estás trabajando diligentemente?

1 Corintios 1:21 dice: “Porque ya que en la sabiduría de Dios el mundo no conoció a Dios por medio de su propia sabiduría, agradó a Dios, mediante la necedad de la predicación, salvar a los que creen”. El apóstol Pablo nos enseñó que Dios predestinó para salvación a un grupo de personas y que ellas serán salvas sin duda alguna. Y ese mismo apóstol nos enseñó que Dios salva por medio de la predicación del evangelio de Jesucristo. Es importante que ores para que Dios salve a tus seres queridos, pero también es necesario que le prediques el evangelio. ¿Estás predicando?

Filipenses 2:12 dice: “Así que, amados míos, tal como siempre habéis obedecido, no sólo en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”. El Espíritu Santo de Dios que habita en nuestro corazón es quien nos santifica, produciendo en nosotros tanto el querer como el hacer. Y la respuesta apropiada a eso, la respuesta que Dios espera de nosotros, es que nos ocupemos de nuestra salvación –no que la descuidemos–. ¿De qué maneras te estás ocupando de tu salvación en dependencia del Espíritu?

Santiago 4:2 dice: “No tenéis, porque no pedís”. Santiago les dijo a sus lectores que una de las razones por las cuales ellos no tienen aquello que anhelan es porque no lo piden. No debemos esperar recibir aquello que anhelamos cuando primero no lo hemos pedido a Dios en el nombre de Jesús. La oración es el medio que Dios ha decretado por el cual recibimos aquellas buenas cosas que anhelamos. ¿Hay algún anhelo lícito en tu corazón? ¿Ya se lo pediste a Dios en oración?