Un Ădolo es toda aquella persona, cosa o estado que, no siendo el Ăşnico Dios verdadero, hemos sentado en el trono de nuestro corazĂłn. Y, por lo tanto, le damos más importancia y deseamos más que a Dios. Y ya que por el pecado, como dijo Calvino, nuestro espĂritu es un perpetuo taller para forjar Ădolos; las palabras del apĂłstol en 1 Juan 5:21 son una advertencia pertinente: “Hijos, guardaos de los Ădolos”.
Puedo ver dos razones debajo de este mandato o advertencia, ambas se encuentran en el contexto inmediato: “Y sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento a fin de que conozcamos al que es verdadero; y nosotros estamos en aquel que es verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna” (1 Jn. 5:20).
NĂłtese, en primer lugar, que antes de dar paso al versĂculo 21, al final del versĂculo 20 se dice: “Jesucristo. Este es el verdadero Dios”. Debemos guardarnos de los Ădolos porque sĂłlo hay un Dios verdadero (subsiste eternamente en tres personas: Padre, Hijo y EspĂritu Santo). Él es el Creador y el Sustentador de todo lo que existe, es el Redentor, es el Rey supremo. Por lo tanto, Él es el Ăşnico merecedor de toda nuestra adoraciĂłn y de nuestro diligente servicio. Y es una injusticia, una “traiciĂłn cĂłsmica” como lo dirĂa Sproul, tratar a algo o alguien como si fuera Dios cuando no lo es. No olvides que sĂłlo hay un Dios autĂ©ntico, genuino, y no soy yo, no eres tĂş, ni es ninguna otra cosa creada.
NĂłtese, en segundo lugar, que al final del versĂculo 20 tambiĂ©n dice: “Jesucristo. Este es… la vida eterna”. Debemos guardarnos de los Ădolos porque sĂłlo Dios es vida eterna para nosotros. ÂżQuĂ© es vida eterna? La vida eterna incluye existencia eterna, pero es más que esto. Vida eterna es una vida cumpliendo el propĂłsito para el cual fuimos creados: tener una comuniĂłn con Dios que se extenderá para siempre. Entonces nuestra alma es satisfecha; encontramos gozo pleno y deleites para siempre. Tratar a algo o alguien como si fuera Dios cuando no lo es, no es sĂłlo una injusticia, sino tambiĂ©n una necedad. Tratar a la creaciĂłn como si fuera el Creador nos trae desilusiĂłn, vergĂĽenza y confusiĂłn. SĂłlo en el Dios verdadero podemos tener esa calidad de vida que se acaba de mencionar.
1ra parte; 2da parte; 3ra parte