Ryle sobre “El ministerio de Juan el Bautista”.

[Mateo 3:1-12] describen el ministerio de Juan el Bautista, el precursor de nuestro Señor Jesucristo: es un ministerio que merece toda nuestra atención. Pocos predicadores han producido el mismo efecto que Juan el Bautista: “Salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán”. Nadie recibió jamás el mismo elogio de parte de la gran Cabeza de la Iglesia: Jesús lo llamó “antorcha que ardía y alumbraba” (Juan 5:35); el mismo gran Obispo de las almas declaró que “entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista”. Consideremos, pues, las características principales de su ministerio.

Juan el Bautista habló claramente sobre el pecado. Enseñó la absoluta necesidad de “arrepentimiento” para que alguien pueda ser salvo; predicó que el arrepentimiento ha de ser probado por sus “frutos”; advirtió a los hombres que no confiaran en los privilegios externos, ni en una unión externa a la Iglesia.

Esta es precisamente la enseñanza que todos necesitamos. Por naturaleza estamos muertos, ciegos y dormidos en el ámbito espiritual; estamos dispuestos a contentarnos con una religión meramente ritual, y a engañarnos a nosotros mismos con la idea de que si vamos a la iglesia seremos salvos: es necesario que se nos diga “arrepentíos y convertíos” (Hechos 3:19), y que a menos que lo hagamos, todos pereceremos.

Juan el Bautista habló claramente sobre nuestro Señor Jesucristo. Enseñó a la gente que venía uno “más poderoso que él” a morar entre ellos. Él no era más que un siervo; el que venía era el Rey. Él solo podía “bautizar en agua”; el que venía podía “bautizar en Espíritu Santo” y quitar los pecados, y un día juzgaría al mundo.

Esta, una vez más, es exactamente la enseñanza que le hace falta a la naturaleza humana. Necesitamos que se nos dirija directamente a Cristo, pues todos estamos dispuestos a hacer cualquier cosa, menos eso; queremos confiar en nuestra unión con la Iglesia, nuestra participación de los sacramentos con regularidad y nuestra rigurosa asistencia a un ministerio establecido. Necesitamos que se nos diga que es absolutamente esencial la unión con Cristo por la fe: Él es el que ha sido designado como nuestra fuente de misericordia, gracia, vida y paz; todos y cada uno de nosotros debemos tener un trato con Él en cuanto a nuestras almas. ¿Cuánto conocemos al Señor Jesús? ¿Qué hemos recibido de Él? Estas preguntas forman el eje de nuestra salvación.

Juan el Bautista habló claramente sobre el Espíritu Santo. Predicó que existía un bautismo del Espíritu Santo. Enseñó que era un oficio especial del Señor Jesús dar este bautismo a los hombres.

Esta, de nuevo, es una enseñanza que nos hace mucha falta. Es necesario que se nos diga que el perdón del pecado no es lo único que se requiere para la salvación. Aún falta algo más, que es el bautismo de nuestros corazones por el Espíritu Santo. No tiene que haber solo una obra de Cristo por nosotros, sino también una obra del Espíritu Santo en nosotros; no tiene que haber solo un derecho a entrar en el Cielo, comprado para nosotros por la sangre de Cristo, sino también una preparación para el Cielo desarrollada en nosotros por el Espíritu de Cristo. No descansemos hasta que conozcamos en nuestra experiencia algo del bautismo del Espíritu. El bautismo de agua es un gran privilegio, pero asegurémonos de obtener también el bautismo del Espíritu Santo.

Juan el Bautista habló claramente sobre el terrible peligro que corren los impenitentes e incrédulos. Les dijo a sus oyentes que había una “ira venidera”; predicó sobre un “fuego que nunca se apagará” en el que un día se quemaría la “paja”.

Esta también es una enseñanza extremadamente importante. Es necesario que se nos advierta claramente que la cuestión de si nos arrepentimos o no, no es un asunto trivial; es necesario que se nos recuerde que hay un Infierno además de un Cielo, y un castigo eterno para los impíos además de vida eterna para los piadosos. Tenemos una temible tendencia a olvidar esto; hablamos sobre el amor y la misericordia de Dios, y no nos acordamos lo suficiente de su justicia y su santidad. Tengamos mucho cuidado con esta cuestión. En realidad, no le hacemos un favor a nadie ocultando el temor del Señor: es bueno para todos nosotros que se nos enseñe que la posibilidad de perderse para siempre existe, y que todo inconverso está colgando del borde del abismo.

En último lugar, Juan el Bautista habló claramente sobre la seguridad de los verdaderos creyentes. Enseñó que había un “granero” para todos los que son el “trigo” de Cristo, y que serían juntados allí en el día de su venida.

Esta, una vez más, es una enseñanza que le hace mucha falta a la naturaleza humana. Aun los mejores creyentes necesitan mucho ánimo: aún están en el cuerpo; viven en un mundo impío; a menudo los tienta el diablo. Habría que recordarles con frecuencia que Jesús nunca los desamparará ni los dejará: Él los mantendrá a salvo mientras los guía en esta vida, y al final les dará la gloria eterna. Serán puestos a cubierto en el día de la ira; estarán tan seguros como Noé lo estuvo en el arca.

Dejemos que estas cosas penetren hasta lo más profundo de nuestros corazones. Vivimos en una época en que hay mucha enseñanza falsa; no olvidemos nunca cuáles son los rasgos característicos de un ministerio fiel. ¡Bueno habría sido para la Iglesia de Cristo que todos sus ministros se hubieran parecido más a Juan el Bautista!


Este artículo es un extracto tomado de: J. C. Ryle. Meditaciones sobre los evangelios: Mateo.