Misael Susaña nos invita a ver en el Salmo 51 cómo luce el arrepentimiento sincero.
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Llamados a santidad.
EscuchĂ© a alguien decir que hoy en dĂa nos sorprendemos de los pecados que el mundo comete y toleramos los pecados de la iglesia. Pero los pecados del mundo no deberĂan sorprendernos como si estos fueran lo extraño –aunque sĂ deberĂamos llorar ante ellos y ser luz–; lo que sĂ deberĂa escandalizarnos es el pecado cometido impenitentemente por la iglesia.
En 1 Tesalonicenses, Pablo habla acerca de la segunda venida de Jesucristo. En ese dĂa, mientras los no-creyentes experimentarán la ira de Dios, los creyentes experimentarán la salvaciĂłn final. Y esa doctrina tiene implicaciones para el aquĂ y el ahora, una de ellas se encuentra en el capĂtulo 4: “Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificaciĂłn; es decir, que os abstengáis de inmoralidad sexual; que cada uno de vosotros sepa cĂłmo poseer su propio vaso en santificaciĂłn y honor, no en pasiĂłn de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios” (vv. 3-5).
ÂżCuál es la voluntad de Dios para Su iglesia? Que sean santos, especĂficamente en este pasaje: que se abstengan de la inmoralidad sexual. La inmoralidad sexual abarca: pornografĂa, masturbaciĂłn, homosexualidad, sexo fuera del matrimonio, sexo con otra persona que no es el cĂłnyuge, etc. Todos esos pecados son cometidos por los que no conocen a Dios, aquellos que no han entrado en una relaciĂłn con Dios a travĂ©s de Jesucristo. Y de ellos Dios se vengará si no se arrepienten (v. 6). Pero a nosotros, que sĂ conocemos a Dios, Él nos llama a santificaciĂłn (v. 7). No deberĂa haber ni el más mĂnimo rastro de ellos dentro de la iglesia de Dios.
En todo esto no somos abandonados a nuestras propias fuerzas. El llamamiento a la santidad está acompañado por una oraciĂłn para que el Señor «afirme vuestros corazones irreprensibles en santidad» (1 Ts. 3:13) y con la gloriosa realidad de que Dios nos da «su EspĂritu Santo» (1 Ts. 4:8), quien nos fortalece para vivir tal como Él quiere que vivamos.
Piper sobre “¿Cómo luchar por el gozo?”.
1. Reconoce que el gozo autĂ©ntico en Dios es un regalo: “Mas el fruto del EspĂritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad” (Gálatas 5:22).
2. Reconoce que debes luchar por el gozo: “Y convencido de esto, sé que permaneceré y continuaré con todos vosotros para vuestro progreso y gozo en la fe” (Filipenses 1:25).
3. Resuelve atacar a todo pecado conocido en tu vida: “porque si vivĂs conforme a la carne, habrĂ©is de morir; pero si por el EspĂritu hacĂ©is morir las obras de la carne, vivirĂ©is” (Romanos 8:13).
4. Aprende el secreto de Culpa Valiente –luchar como un pecador justificado–: “No te alegres de mĂ, enemiga mĂa. Aunque caiga, me levantarĂ©, aunque more en tinieblas, el Señor es mi luz. La indignaciĂłn del Señor soportarĂ©, porque he pecado contra El, hasta que defienda mi causa y establezca mi derecho. El me sacará a la luz, y yo verĂ© su justicia” (Miqueas 7:8, 9).
5. Reconoce que la batalla es principalmente una lucha por ver a Dios por quien Él es: “Probad y ved que el Señor es bueno. ¡Cuán bienaventurado es el hombre que en El se refugia!” (Salmos 34:8).
6. Medita en la Palabra de Dios dĂa y noche: “sino que en la ley del Señor está su deleite, y en su ley medita de dĂa y de noche! Será como árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo, y su hoja no se marchita; en todo lo que hace, prospera” (Salmos 1:2, 3).
7. Ora por ojos abiertos del corazón y una inclinación por Dios: “Inclina mi corazón a tus testimonios y no a la ganancia deshonesta” (Salmos 119:36).
8. Aprende a predicarte en vez de escucharte a ti mismo: “¿Por quĂ© te abates, alma mĂa, y por quĂ© te turbas dentro de mĂ? Espera en Dios, pues he de alabarle otra vez por la salvaciĂłn de su presencia” (Salmos 42:5).
9. Pasa tiempo con gente saturada de Dios que te ayude a ver a Dios y a batallar: “Tened cuidado, hermanos, no sea que en alguno de vosotros haya un corazĂłn malo de incredulidad, para apartarse del Dios vivo. Antes exhortaos los unos a los otros cada dĂa, mientras todavĂa se dice: Hoy; no sea que alguno de vosotros sea endurecido por el engaño del pecado” (Hebreos 3:12, 13).
10. Se paciente en la noche en la que Dios parece ausente: “Al Señor esperé pacientemente, y El se inclinó a mà y oyó mi clamor. Me sacó del hoyo de la destrucción, del lodo cenagoso; asentó mis pies sobre una roca y afirmó mis pasos. Puso en mi boca un cántico nuevo, un canto de alabanza a nuestro Dios; muchos verán esto, y temerán, y confiarán en el Señor” (Salmos 40:1-3).
Este artĂculo es una adaptaciĂłn y traducciĂłn, hecha por Misael Susaña, de: John Piper. Desiring God [Desesando a Dios] (Estados Unidos: Multnomah Publishers, 2003), pp. 353-360.
Cuando Dios te reprende.
El segundo libro de CrĂłnicas no termina como esas tĂpicas historias “y fueron felices para siempre”. 2 CrĂłnicas 36:14-16 dice lo siguiente: “Asimismo todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo fueron infieles en gran manera, y siguieron todas las abominaciones de las naciones, y profanaron la casa del Señor que El habĂa consagrado en JerusalĂ©n. Y el Señor, Dios de sus padres, les enviĂł palabra repetidas veces por sus mensajeros, porque El tenĂa compasiĂłn de su pueblo y de su morada; pero ellos continuamente se burlaban de los mensajeros de Dios, despreciaban sus palabras y se mofaban de sus profetas, hasta que subiĂł el furor del Señor contra su pueblo, y ya no hubo remedio”.
Ese pasaje bĂblico dice que el rey SedequĂas, los sacerdotes y el pueblo fueron infieles a Dios al hacer lo que Dios habĂa prohibido. Y debido al pecado de ellos, Dios se enfureciĂł contra ellos: el rey de los Caldeos matĂł despiadadamente a muchos de ellos (v. 17), quemaron la casa de Dios y se llevaron sus objetos a Babilonia (v. 18, 19), los sobrevivientes fueron llevados como siervos a Babilonia (v. 20).
Pero antes de que todo eso pasara, Dios habĂa enviado Su Palabra repetidas veces por medio de Sus mensajeros. Pero en vez de escuchar, la naciĂłn despreciaba y se burlaba de la Palabra de Dios. Por ejemplo, el profeta JeremĂas hablĂł a SedequĂas para que se volviera de su mal camino a Dios, pero el rey no se humillĂł y obstinĂł su corazĂłn (vv. 12, 13).
Dios sigue haciendo lo mismo hoy: Él pone cristianos, con la Biblia en sus corazones, a nuestro alrededor y envĂa Su Palabra a travĂ©s de ellos. Y en ocasiones Su Palabra es de reprensiĂłn, que lo que estamos haciendo está mal y que nos irá mal si continuamos por ese camino.
Y algo que la naciĂłn de Judá en su pecado en ese entonces y que nosotros en nuestro pecado hoy fallamos en ver es eso que dice claramente en la Ăşltima parte del versĂculo 15: “porque El tenĂa compasiĂłn de su pueblo”. Dios enviaba Su Palabra a travĂ©s de Sus mensajeros porque Él tenĂa compasiĂłn de Su pueblo. Su compasiĂłn fue la razĂłn por la cual Él hizo eso repetidas veces. Su Palabra, por más dura que sea, siempre viene de Su corazĂłn compasivo.
AsĂ que la prĂłxima vez que un cristiano venga con la Palabra de Dios a ti y te diga “estás mal”, “debes cambiar”; no obstines tu corazĂłn al continuar en pecado, no te burles del mensajero diciĂ©ndole que Ă©l se cree el más santo de la iglesia, no desprecies la Palabra al decir que el asunto no es tan serio. Mas bien, humĂllate y vuĂ©lvete a Dios. Dios pudo haberte dejado en tu pecado hasta que no haya más remedio, pero en Su gran compasiĂłn Él enviĂł Su Palabra a ti.