Árbol que nace torcido…

1 Corintios fue la primera carta que el apóstol Pablo (inspirado por Dios) dirigió a la iglesia de Dios en Corinto. Corinto era una ciudad griega, que debido a su ubicación estratégica, había prosperado económicamente.

Al mismo tiempo, y según John MacArthur, “Corinto se volvió tan moralmente corrupta que su nombre mismo se volvió sinónimo de desenfreno y depravación moral. ‘Corintianizar’ llegó a representar inmoralidad descarriada y embriaguez desenfrenada”.

Y en 1 Corintios 6:9 y 10 Pablo escribió una lista de algunos de los pecados que caracterizaban a los Corintios:

“¿O no saben que los injustos no heredarán el reino de Dios? No se dejen engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios”.

Ahora, nótese que dije que esos pecados “caracterizaban” (en el pasado) a los corintios. No en el sentido de que los creyentes corintios ya no pecaban, sino en el sentido de que esos pecados ya no eran su estilo de vida. Lo mismo es cierto para nosotros si somos cristianos verdaderos: ha ocurrido un cambio real, un cambio radical y ya no interactuamos con estos pecados de la misma manera.

¿Cómo podemos estar seguros de todo eso? Por lo siguiente que dice el pasaje bíblico que comenzamos a leer:

“Y esto eran algunos de ustedes; pero fueron lavados, pero fueron santificados, pero fueron justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (v. 11).

Me encanta la primera frase del versículo 11: “Y eso eran algunos de ustedes”. Las personas fuera de la iglesia debe saber y las personas dentro de la iglesia debe recordar que la iglesia está compuesta de exinmorales, exidólatras, exadúlteros, exafeminados, exhomosexuales, exladrones, exavaros, exborrachos, exmaldicientes, exestafadores.

Así que, la madre que lleva mucho tiempo orando por su hijo rebelde debe saber que en Dios hay esperanza para ese hijo. El hijo con un padre que ha practicado algún pecado toda su vida debe saber que en Dios hay esperanza para su padre. En Dios hay esperanza para ese amigo tuyo que está esclavizado a los placeres de este mundo. Aquel que no se convierte por miedo a volver atrás debe saber que en Dios hay esperanza.

No hay pecador demasiado mal como para no tener esperanza en Dios. Árbol que nace torcido… en Cristo, por Su Espíritu, su tronco endereza.

Paz en el versículo que menos te imaginas.

En el libro titulado El misterio de la providencia, el pastor presbiteriano y autor John Flavel relató la historia de un hombre que “se apartó de malas compañías y entró en una vida reformada”. Pero después de algún tiempo, cedió a la tentación tanto externa como interna y “volvió a caer en los caminos del pecado”.

La Providencia le hizo ver su condición trayendo Proverbios 1:24-26, que dice: “Porque he llamado y han rehusado oír, he extendido mi mano y nadie ha hecho caso. Han desatendido todo consejo mío y no han deseado mi reprensión. También yo me reiré de la calamidad de ustedes, me burlaré cuando sobrevenga lo que temen”.

Ese versículo lo dejó muy inquieto, pensando que su pecado no podría ser perdonado. Pero Dios no había terminado con este hombre. Dios le presentó Lucas 17:4, el cual produjo una paz firme tanto en su mente como en su corazón.

EL VERSÍCULO

Ahora, lo interesante de este versículo es que no es un indicativo del perdón de Dios a nosotros. El versículo es un imperativo del perdón nuestro a los que nos ofenden y se arrepienten. En otras palabras: el versículo no habla explícitamente del perdón de Dios a nosotros, sino del perdón nuestro a otras personas. Leámoslo:

“Y si peca contra ti siete veces al día, y vuelve a ti siete veces, diciendo: ‘Me arrepiento’, perdónalo”.

¿Cómo es que ese versículo produjo paz en el corazón de ese hombre? Particularmente a mí, hay dos maneras en las cuales ese versículo ha traído mucha paz a mi corazón.

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El inocente que no se defendió.

Isaías profetizó que el Siervo sufriente del Señor sería oprimido y afligido y, sin embargo, Él no abriría Su boca. Éste sería llevado a la misma muerte y, aun así, permanecería mudo.

Años después, Mateo relata que Jesús (el Siervo sufriente del Señor) es entregado –por los sacerdotes y los ancianos– al gobernador romano Poncio Pilato. Y éste último, después de interrogarlo y no recibir respuesta de Jesús, lo sentencia a muerte.

EL ACUSADO

En los primeros versículos de Mateo 27, vemos que Jesús fue llevado ante el gobernador. Allí, Él es interrogado por Pilato y acusado por los principales sacerdotes y ancianos. Aparte de Su breve respuesta afirmando que Él era el Rey de los judíos, Jesús no respondió nada.

“Entonces Pilato le dijo: «¿No oyes cuántas cosas testifican contra Ti?». Jesús no le respondió ni a una sola pregunta, por lo que el gobernador estaba muy asombrado” (Mateo 27:13-14).

Cuando alguien es acusado de algún crimen, típicamente el acusado responde de una de las siguientes maneras: si es inocente, defendiéndose; si es culpable y admite su crimen, guardando silencio; si es culpable y no admite su crimen, diciendo mentiras.

Pero Pilato estaba muy asombrado de Jesús porque la respuesta de Jesús fue muy peculiar: ¡Él era inocente y guardó silencio ante las acusaciones!

EL INOCENTE

La inocencia de Jesús es claramente vista en el contexto inmediato de este relato de Mateo.
Después de que Jesús fuera condenado, Judas devolvió las treinta monedas de plata que le habían pagado para que entregara a Jesús. El mismo Judas admitió: “He pecado entregando sangre inocente” (v. 4). Es decir que Judas no traicionó a Jesús porque él, en los aproximadamente tres años que éste pasó cerca de Jesús, descubrió algún crimen cometido por Jesús. ¡Jesús era inocente!

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