DespuĂ©s de que el apĂłstol Pablo nos dice [en Romanos 5] la cruda verdad de que “difĂcilmente habrá alguien que muera por un justo” y que “tal vez alguno se atreva a morir por el bueno”; Ă©l pasa a decirnos la verdad más asombrosa de todas:
“Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (v. 8).
SegĂşn ese versĂculo, Dios no tan solo ha dicho “te amo”; sino que tambiĂ©n lo ha demostrado, lo ha probado, lo ha hecho pĂşblico, lo ha exhibido, lo ha acreditado. ÂżEn quĂ© podemos ver ese amor de Dios? ÂżCĂłmo podemos saber cuán grande es el amor de Dios? ÂżQuĂ© regla puede medirlo? El amor de Dios puede ser visto o puede ser medido sabiendo (1) a quiĂ©nes Ă©l amĂł y (2) quĂ© Él dio a quienes amĂł:
¿A QUIÉNES DIOS AMÓ?
ÂżA quiĂ©nes Dios amĂł? A nosotros. ÂżQuiĂ©nes somos nosotros? Pecadores (lo contrarĂo al justo y al bueno: injustos y malos), dĂ©biles (impotentes para acercarse a Dios o hacer algo lo suficientemente excelente como para que Dios se acerque a ellos), impĂos (aquellos con un carácter diferente al carácter santo de Dios) y enemigos (rebeldes a Dios y Su ley). ¡A esos fue quienes Dios amĂł de pura gracia! Él no le debe amor a nadie, Él quiso amarlos.
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