Todos los hombres son pecadores bajo maldición. Y los que confían en sus propias obras para salvación están diciendo “¡amén!” a la maldición de la ley. Sin embargo, Jesucristo vino a tomar la maldición y a bendecir a todos los que confían en Él.
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¿Malos, pero no para tanto?
Era sábado. Alrededor de la una de la tarde. Yo estaba en la clase de uno de los profesores más temperamentales de la universidad. Una breve lluvia cayó, dejando así más calor que frescura. Fue entonces cuando el profesor interrumpió la clase y dijo en voz alta: “yo sé que somos malos, pero no es para tanto”. Esa era una queja, dirigida hacia Dios. El profesor estaba diciendo que el hombre (varón y hembra) es malo, pero no tanto como para sufrir el calor de aquel momento.
Lamentablemente no pensé en la siguiente respuesta hasta que salí de la clase; sin embargo, he aquí mi respuesta al profesor (y también para todos aquellos que de alguna manera piensan como él):
Aunque usted afirma que somos malos, implícitamente lo que quiere decir es que “somos malos, pero no tan malos”. Pero permítame decirle que sí somos muy malos. Después de Génesis 3 (la caída) Dios vio «que era mucha la maldad de los hombres en la tierra, y que toda intención de los pensamientos de su corazón era sólo hacer siempre el mal». Este es el hombre aparte de la gracia salvífica de Dios: “NO HAY JUSTO, NI AUN UNO; NO HAY QUIEN ENTIENDA, NO HAY QUIEN BUSQUE A DIOS; TODOS SE HAN DESVIADO, A UNA SE HICIERON INÚTILES; NO HAY QUIEN HAGA LO BUENO, NO HAY NI SIQUIERA UNO” (Véase Romanos 3:10ss).
El hombre no se ve “tan” malo porque su corazón no tan sólo es perverso, sino que también es engañoso (Jeremías 17:9). Dice que la total depravación del hombre es una exageración, llamando así mentiroso a Dios. Pero cada vez que hace así, confirma su gran pecado.
Entonces, si el hombre es tan malo, y lo es1, el castigo de éste debe ser terrible. Ahora, sepa que el calor que ha experimentado no es tan terrible como el calor del infierno. El infierno es el lugar donde los pecadores impenitentes serán castigados al estar separados de Dios (2 Ts. 1:8, 9), fuente de gozo pleno y deleites eternos (Sal. 16:11). Así que, aunque usted sí es muy malo –al igual que todos nosotros aparte de la gracia de Dios–, no está sufriendo tanto calor como merece (es decir, todavía no está en el infierno). Y toda esta bondad de Dios tiene el propósito de que se arrepienta sinceramente de todos sus pecados y confíe en Jesucristo como Salvador y Señor (Ro. 2:4), y sea salvo.
1 Alguien dijo que una persona no sabe qué tan mala es, hasta que se dispone con todas sus fuerzas a ser buena y se da cuenta de que no puede.
Una advertencia pertinente [II]
Un ídolo es toda aquella persona, cosa o estado que, no siendo el único Dios verdadero, hemos sentado en el trono de nuestro corazón. Y, por lo tanto, le damos más importancia y deseamos más que a Dios. Y ya que por el pecado, como dijo Calvino, nuestro espíritu es un perpetuo taller para forjar ídolos; las palabras del apóstol en 1 Juan 5:21 son una advertencia pertinente: “Hijos, guardaos de los ídolos”.
Puedo ver dos razones debajo de este mandato o advertencia, ambas se encuentran en el contexto inmediato: “Y sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento a fin de que conozcamos al que es verdadero; y nosotros estamos en aquel que es verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna” (1 Jn. 5:20).
Nótese, en primer lugar, que antes de dar paso al versículo 21, al final del versículo 20 se dice: “Jesucristo. Este es el verdadero Dios”. Debemos guardarnos de los ídolos porque sólo hay un Dios verdadero (subsiste eternamente en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo). Él es el Creador y el Sustentador de todo lo que existe, es el Redentor, es el Rey supremo. Por lo tanto, Él es el único merecedor de toda nuestra adoración y de nuestro diligente servicio. Y es una injusticia, una “traición cósmica” como lo diría Sproul, tratar a algo o alguien como si fuera Dios cuando no lo es. No olvides que sólo hay un Dios auténtico, genuino, y no soy yo, no eres tú, ni es ninguna otra cosa creada.
Nótese, en segundo lugar, que al final del versículo 20 también dice: “Jesucristo. Este es… la vida eterna”. Debemos guardarnos de los ídolos porque sólo Dios es vida eterna para nosotros. ¿Qué es vida eterna? La vida eterna incluye existencia eterna, pero es más que esto. Vida eterna es una vida cumpliendo el propósito para el cual fuimos creados: tener una comunión con Dios que se extenderá para siempre. Entonces nuestra alma es satisfecha; encontramos gozo pleno y deleites para siempre. Tratar a algo o alguien como si fuera Dios cuando no lo es, no es sólo una injusticia, sino también una necedad. Tratar a la creación como si fuera el Creador nos trae desilusión, vergüenza y confusión. Sólo en el Dios verdadero podemos tener esa calidad de vida que se acaba de mencionar.
Una advertencia pertinente.
Un de las maneras más raras de terminar o despedirse en una epístola, en la Biblia, la encontramos en 1 Juan 5:21, que dice: “Hijos, guardaos de los ídolos”. Digo “rara” porque no es común que los autores bíblicos terminen sus epístolas de esa manera. Y si leemos los versículos anteriores, el llamamiento del versículo 21 hasta podría parecernos fuera de lugar –pero no es así–.
¿Qué es un ídolo? Es todo aquello que, no siendo el único Dios verdadero, tratamos como si fuera Dios. Es todo aquello que, no siendo Dios, hemos sentado en el trono de nuestro corazón. Es todo aquello que, no siendo Dios, hemos posicionado en el centro de nuestra vida y ahora toda nuestra vida gira alrededor de ello. De eso, dice el apóstol (inspirado por Dios), debemos guardarnos, cuidarnos, evitarlo, huir. En resumen, Dios nos dice, no sean idolatras.
Este mandato o advertencia no es superflua, no está allí de más. Debido al pecado que mora en nosotros, somos tentados constantemente a tener ídolos en nuestro corazón. En Génesis 1:31 se dice que «vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera»; y en 1 Timoteo 6:17 se dice que Dios «nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos». Sin embargo, debido al pecado en nosotros, estamos expuestos constantemente al peligro de adorar y servir a las criaturas en lugar de al Creador (Ro. 1:24). Y los cristianos no somos inmunes a esto (1 Jn. 5:21). Juan Calvino lo dijo de la siguiente manera: “El espíritu del hombre es un perpetuo taller para forjar ídolos”.
Ahora, hay idólatras escandalosos: estos son los que hacen grandes estatuas de sus maestros religiosos o aquellos que tienen cuadros y pequeñas esculturas de “santos” y los adoran. Pero también hay idólatras sigilosos: estos son los que han posicionado a algo o a alguien en el centro de sus vidas y ahora sus pensamientos, emociones y voluntad son gobernados por eso en lugar de Dios. Puede que no sean cosas pecaminosas en sí mismas, pero que se les ha dado más importancia, son deseadas más que a Dios. Estos ídolos pueden ser personas (p. ej. Familiares), cosas (p. ej. Riquezas materiales) o estados (p. ej. Comodidad).
“Hijos, guardaos de los ídolos.”